El próximo 5 de agosto una etapa superior de un cohete Falcon 9 de SpaceX terminará su vida útil de la forma menos habitual posible: estrellándose contra la superficie lunar. No se trata de un accidente reciente ni de un fallo de última hora, sino del desenlace de una trayectoria que lleva casi año y medio gestándose desde que el cohete cumplió su misión original en enero de 2025. El suceso, detectado y calculado con meses de antelación por el astrónomo independiente Bill Gray, se ha convertido en una oportunidad científica poco frecuente para estudiar cómo se comporta un objeto artificial de gran tamaño al chocar contra el suelo lunar, además de servir como recordatorio incómodo de la cantidad de chatarra espacial que se va acumulando entre la Tierra y su satélite.
Por qué esta etapa de un Falcon 9 va a chocar contra la Luna
La pieza en cuestión es la etapa superior del cohete que despegó el 15 de enero de 2025 desde el Centro Espacial Kennedy de la NASA, encargada de poner rumbo a la Luna a dos módulos de aterrizaje privados: el Blue Ghost Mission 1 de Firefly Aerospace y el Resilience de ispace, en el marco de su misión Hakuto-R. Una vez cumplido su cometido de impulsar a ambas naves hacia la órbita translunar, lo lógico habría sido que la etapa reentrara en la atmósfera terrestre y se desintegrara, que es el final habitual de los segundos cuerpos del Falcon 9 tras misiones en órbita baja. En este caso no ocurrió así: la energía necesaria para la inyección translunar dejó al cuerpo, catalogado como 2025-010D, en una órbita muy elíptica alrededor de la Tierra que oscila entre unos 220.000 y 510.000 kilómetros de distancia, justo en el mismo vecindario gravitatorio que ocupa la Luna.
Durante año y medio, la atracción gravitatoria lunar fue remodelando poco a poco esa órbita hasta que el impacto se volvió matemáticamente inevitable. Fue Bill Gray, creador del software de seguimiento orbital Project Pluto, quien dio la voz de alarma en septiembre de 2025 tras analizar más de 1.000 observaciones recogidas por programas de rastreo de asteroides y astrónomos aficionados desde puntos tan dispares como Misisipi, Utah, Pekín o Inglaterra. Gray lo resumió de forma muy gráfica: la órbita de la Luna y la del objeto se cruzan, y el 5 de agosto ambos llegarán a ese punto de encuentro exactamente al mismo tiempo.
Fecha, hora y velocidad exactas del impacto
Según las estimaciones más recientes de Gray, publicadas en la página de seguimiento del objeto 2025-010D la colisión se producirá el 5 de agosto de 2026 en torno a las 06:35-06:44 UTC, es decir, alrededor de las 08:35 y las 08:46 de la mañana en España… por lo que casi seguro no podremos verlo. El punto de impacto previsto se sitúa cerca del cráter Einstein, en el límite entre la cara visible y la cara oculta de la Luna, sobre terreno iluminado por el Sol en el momento del choque. La etapa golpeará la superficie a una velocidad aproximada de 8.700 kilómetros por hora (unas 5.400 millas por hora), lo que equivale a cerca de siete veces la velocidad del sonido.
Para hacerse una idea del tamaño del objeto: se trata de un cuerpo cilíndrico de unos 12 metros de longitud y 4 metros de diámetro, con un peso aproximado de 4.000 kilogramos, es decir, tan alto como un edificio de cinco plantas. Al tratarse de un componente conocido y bien documentado del Falcon 9, sus dimensiones y su masa están perfectamente caracterizadas, lo que permite a los investigadores afinar bastante las predicciones sobre el cráter resultante. Tomando como referencia un impacto lunar similar registrado en 2022, atribuido a una etapa del cohete chino Chang’e-5 T1, se calcula que el nuevo cráter tendrá un diámetro de entre 20 y 30 metros, sensiblemente menor que el que dejaría un asteroide sólido de tamaño equivalente, precisamente porque la etapa del cohete es en gran parte hueca por dentro.
El Falcon 9, un veterano con más de 600 lanzamientos a sus espaldas
Conviene detenerse un momento en el propio cohete que ha originado todo esto. El Falcon 9 es el vehículo de lanzamiento más utilizado por SpaceX, un cohete de dos etapas en el que la primera, de mayor tamaño, impulsa la carga útil y la segunda etapa hasta gran parte del camino hacia la órbita, para después regresar a la Tierra y aterrizar de forma vertical sobre una barcaza o una plataforma en tierra, lo que permite su reutilización en misiones posteriores. La etapa superior, en cambio, no está diseñada para recuperarse: continúa en solitario hasta completar su función y, salvo excepciones como esta, suele reentrar en la atmósfera o quedar en órbitas relativamente próximas a la Tierra. Desde su debut en 2010, el Falcon 9 ha acumulado más de 600 lanzamientos, la inmensa mayoría de cuyas etapas superiores terminan reentrando en la atmósfera terrestre o quedando en órbitas cercanas; solo un puñado, como esta, ha acabado desviándose hacia trayectorias lunares o incluso solares. Es precisamente esa rareza estadística la que convierte el suceso del 5 de agosto en algo digno de atención tanto para astrónomos profesionales como para aficionados.
¿Se podrá ver el impacto desde la Tierra?
Aquí conviene moderar las expectativas. El choque tendrá lugar en una zona cercana al límite entre las dos caras de la Luna, con buena parte de la energía del impacto liberándose fuera del campo de visión directo desde nuestro planeta, por lo que ver el destello en tiempo real a simple vista es muy improbable. Sin embargo, según recoge la cobertura del suceso, sí existe una posibilidad real de observar tanto el destello como la nube de eyecta —el polvo y los fragmentos de regolito lunar proyectados hacia arriba— utilizando telescopios de aficionado de tamaño medio o grande desde ubicaciones favorables, especialmente en el continente americano. Un equipo de veintitrés investigadores ha organizado una campaña de observación coordinada para intentar captar el momento exacto del impacto, con el objetivo de documentar tanto la pluma de eyección como, más adelante, el propio cráter resultante, que probablemente será fotografiado por el Lunar Reconnaissance Orbiter de la NASA en órbita alrededor de la Luna.
Una oportunidad científica con trasfondo incómodo
Más allá de la anécdota, el suceso tiene una lectura científica genuina. Estudiar un impacto de estas características, con una masa y una velocidad conocidas con precisión, permite calibrar modelos sobre cómo se forman los cráteres en la superficie lunar y comparar esos datos con impactos naturales de meteoritos, cuya masa y composición suelen ser mucho más inciertas. Los datos que se recojan también podrían resultar útiles para las agencias espaciales que están planificando misiones tripuladas y de aterrizaje a la Luna en los próximos años, al mejorar la comprensión de cómo reacciona el regolito lunar ante impactos de alta energía.
Pero el episodio también deja una lectura menos amable, tal y como recoge el análisis publicado aquí. El propio Bill Gray ha señalado que, aunque el impacto no representa ningún peligro para nadie, sí pone de manifiesto cierta despreocupación a la hora de gestionar el destino final del hardware espacial una vez cumplida su misión. A diferencia de los satélites en órbita baja, que suelen desintegrarse al reentrar en la atmósfera en cuestión de meses o pocos años, los objetos enviados hacia la Luna o más allá pueden permanecer vagando por el espacio durante mucho tiempo antes de acabar colisionando con algo, sea la Luna, otro objeto artificial o, en última instancia, quedando atrapados en una órbita estable indefinida.
Reflexión final
Lo que a primera vista puede parecer una simple curiosidad astronómica —un trozo de metal que llevaba año y medio dando vueltas sin rumbo aparente— termina siendo un buen ejemplo de las dos caras de la exploración espacial actual. Por un lado, la capacidad de predecir con semanas de antelación la hora, el lugar y la velocidad exactas de un impacto sobre otro cuerpo celeste, algo impensable hace apenas unas décadas, gracias al trabajo silencioso de astrónomos independientes y redes de observación distribuidas por medio mundo. Por otro, la evidencia de que el espacio cislunar, esa franja entre la Tierra y la Luna cada vez más transitada por misiones comerciales, carece todavía de un marco regulatorio claro sobre qué hacer con el material que se abandona allí. A medida que se multipliquen las misiones lunares de aquí a final de década, este tipo de sucesos podrían dejar de ser una rareza puntual para convertirse en una cuestión de gestión de tráfico espacial que habrá que empezar a tomarse más en serio.
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