El pasado verano, Google nos volvió a sorprender con la noticia de que era capaz de traducir hasta los jeroglíficos gracias a Fabricius, una herramienta de inteligencia artificial (AI) que sirve para traducirlos e incluso escribir en este lenguaje. La verdad es que la piedra Rosetta ha dado mucho de sí.

Más mérito si cabe, lo tienen científicos del MIT que han desarrollado un nuevo algoritmo de inteligencia artificial capaz de descifrar de forma automática lenguas ya perdidas que se han resistido durante décadas a los esfuerzos de los lingüistas.

Lo más increible es que tan solo necesitan unos pocos miles de palabras y sin contar con información previa sobre su relación con otras lenguas. El algoritmo se basa en lo que ya sabemos sobre la evolución de los lenguajes a lo largo del tiempo, pues la mayoría evoluciona siguiendo unos patrones predecibles: así, un sonido ‘p’ puede convertirse en ‘b’ en un idioma descendiente (capitia > cabeza), pero será menos probable que lo haga en ‘k’, por la distancia fonética.

Dichas distancias son analizadas por el algoritmo insertando los sonidos que usamos los humanos dentro un modelo multidimensional que facilita la detección de patrones y, con ello, de relaciones de parentesco interlingüístico que hasta ahora no habíamos sido capaces de hallar.

Este trabajo se basa en una investigación previa con la que consiguieron el pasado año descifrar dos alfabetos ya olvidados: el ugarítico y la escritura ‘linear B’ micénica.

A futuro, confían en aplicar esta tecnología para identificar el significado semántico de las palabras, incluso si aún no sabemos leerlas lo que permitiría identificar referencias a personas y lugares en los textos, permitiendo así a los historiadores dotarlos de contexto

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