OpenAI, la compañía detrás de ChatGPT, lleva meses en el centro de los rumores tecnológicos por un motivo muy concreto: prepara su primer dispositivo de hardware propio, diseñado junto al mítico exresponsable de diseño de Apple, Sir Jony Ive. No hay confirmación oficial, ni fotografías reales, ni fecha de lanzamiento cerrada, pero la filtración de detalles —procedente sobre todo de fuentes bien conectadas dentro de la industria— ha bastado para desatar la imaginación de medio sector. Se habla de un altavoz sin pantalla, de un compañero doméstico con cámara y sensores, y de una ambición que va mucho más allá de competir con un Echo o un HomePod: la de convertirse en la próxima gran plataforma personal después del smartphone. En este artículo repasamos qué se sabe realmente del proyecto, por qué OpenAI ha decidido meterse en el terreno del hardware pese a que ChatGPT ya está en prácticamente cualquier pantalla, y qué papel juega Ive en todo esto.

Qué se sabe (y qué no) del dispositivo

Lo primero que conviene aclarar es que OpenAI no ha presentado nada de forma oficial. La compañía no ha mostrado el producto, no ha confirmado su nombre y ni siquiera ha verificado del todo su forma final. Casi todo lo que circula procede de informaciones periodísticas, respaldadas después por otras cabeceras, que dibujan un panorama razonablemente coherente: un dispositivo sin pantalla, pensado para funcionar mediante voz, con cámara integrada, micrófonos y sensores ambientales que le permitirían entender el contexto en el que se encuentra.

Internamente, según se ha filtrado, OpenAI no lo concibe como un altavoz inteligente al uso, sino como un tipo de ordenador distinto, construido alrededor de la conversación en lugar de aplicaciones o iconos táctiles. El aparato tendría acceso a información personal como el calendario o el correo, de modo que pudiera anticiparse a necesidades cotidianas —recordar que hay que salir de casa, echar una mano mientras se cocina, avisar de un olvido— en lugar de limitarse a responder preguntas cuando se le pide expresamente.

Uno de los detalles más llamativos es su carácter portátil dentro del hogar: llevaría batería recargable para poder moverlo de una habitación a otra, en lugar de quedar fijo en la encimera de la cocina como ocurre con la mayoría de altavoces domésticos. También se han mencionado elementos mecánicos móviles que le darían cierta expresividad durante las conversaciones, aunque no está claro todavía en qué se traduce eso a nivel práctico. Según las filtraciones más recientes, la banda de precio manejada rondaría entre los 200 y los 300 dólares, una cifra que lo situaría por encima de un Echo Dot básico pero por debajo de un HomePod mini, y su fabricación correría a cargo de Foxconn, con producción prevista en Vietnam.

En cuanto al software, el dispositivo se apoyaría en la tecnología de voz más reciente de OpenAI, conocida como GPT-Live, un sistema de arquitectura full-duplex capaz de escuchar y hablar al mismo tiempo, reconocer interrupciones a media frase y decidir cuándo mantener silencio, en lugar de esperar a que el usuario termine de hablar para procesar toda la petición de golpe. Cuando una consulta requiere más capacidad de razonamiento, ese trabajo se derivaría en segundo plano a un modelo más potente sin que la conversación se vea interrumpida, lo que en la práctica separa la capa conversacional inmediata de la capa de procesamiento profundo. Lo que sí parece bastante asentado es que el diseño ya estaría cerrado y que OpenAI aspira a presentarlo antes de que termine el año, aunque la propia compañía ya avisó anteriormente de que no esperaba enviar su primer hardware antes de finales de febrero de 2027.

Por qué OpenAI quiere fabricar hardware propio

A primera vista, resulta llamativo que una empresa con uno de los productos de IA más populares del mundo decida invertir miles de millones en construir un dispositivo físico desde cero. ChatGPT ya funciona en iPhone, en Android, en Mac, en Windows y en casi cualquier aparato con pantalla, así que el acceso no es precisamente el problema. La clave, según los análisis que han ido apareciendo, está en otro sitio: pese a su enorme popularidad, OpenAI no controla realmente la experiencia. Cada vez que alguien usa ChatGPT lo hace a través de la plataforma de otro —Apple, Google, Microsoft—, y construir hardware propio cambia esa ecuación de raíz.

La idea de fondo parece ser que la inteligencia artificial deje de vivir dentro de una aplicación que hay que abrir cada vez que se necesita algo, para pasar a estar simplemente ahí, disponible en todo momento y consciente de lo que ocurre alrededor sin necesidad de una petición cuidadosamente formulada. Hoy en día, usar ChatGPT todavía se parece bastante a usar un buscador: surge una duda, se abre la aplicación, se pregunta y se obtiene una respuesta. El siguiente paso, al menos sobre el papel, sería un asistente capaz de entender lo suficiente sobre el día a día del usuario como para intervenir antes incluso de que este se dé cuenta de que necesita ayuda. Que eso resulte útil o directamente invasivo dependerá, como suele pasar con este tipo de promesas, de lo bien que funcione en la práctica.

Conviene apuntar además que este altavoz no sería un proyecto aislado, sino el primero de una hoja de ruta de hardware más amplia que incluiría, según se ha filtrado, hasta cinco dispositivos distintos, entre ellos uno descrito como un posible sustituto del smartphone. El anuncio del altavoz llegó, de hecho, apenas un día antes de que OpenAI enviara su primer producto físico real a clientes: un teclado macro para programadores de Codex fabricado junto al fabricante de accesorios Work Louder, lo que da una idea de que la compañía ya está probando el terreno del hardware por varios frentes a la vez.

El papel de Jony Ive y los antecedentes que pesan sobre el proyecto

Si OpenAI cree de verdad que se acerca el mayor cambio en informática personal desde la llegada del smartphone, fabricar el aparato es solo media batalla; la otra mitad consiste en convencer a millones de personas de que realmente lo quieren. Ahí es donde entra Jony Ive. Durante casi tres décadas en Apple ayudó a dar forma a productos como el iMac, el iPod, el iPhone, el iPad y el Apple Watch, dispositivos que no siempre fueron los primeros de su categoría, pero que terminaron marcando el estándar que el resto de la industria acabó imitando.

OpenAI compró la startup de hardware de Ive, io Products, por unos 6.500 millones de dólares, una operación que le dio acceso tanto a la tecnología como a un equipo de exdiseñadores e ingenieros de Apple. Esa cifra, sumada al hecho de que el proyecto lleva gestándose de forma reservada desde hace tiempo —se habló de él por primera vez hace más de un año, cuando todavía se especulaba con un teléfono sin pantalla en lugar de un altavoz—, da una idea del nivel de apuesta que representa para la compañía.

Tanto Ive como el consejero delegado de OpenAI, Sam Altman, han insistido en la idea de que quieren que la tecnología resulte menos invasiva, no más. Altman ha llegado a describir los smartphones actuales como una especie de Times Square particular, ruidoso y saturado de estímulos, frente a la sensación más tranquila que, según él, transmiten los prototipos internos de OpenAI.

Aun así, el terreno no está precisamente despejado de fracasos. La industria del hardware de inteligencia artificial no tiene un historial demasiado brillante: el AI Pin de Humane prometía reducir el tiempo frente al móvil y acabó siendo un fiasco comercial, y algo parecido le ocurrió al colorido R1 de Rabbit, que iba a transformar la forma de usar la tecnología y terminó demostrando, sobre todo, que el smartphone ya hacía casi todo lo que ambos prometían. Ese es precisamente el argumento que OpenAI tendrá que rebatir con hechos, no con promesas, si quiere que su altavoz corra mejor suerte. El contexto tampoco ayuda: Apple ha demandado recientemente a OpenAI por supuesto robo de secretos comerciales, acusando a la compañía y a su responsable de hardware de intentar sonsacar información sobre productos no publicados a antiguos empleados y candidatos de la manzana mordida, una disputa legal que podría complicar los plazos de presentación inicialmente previstos.

Reflexión final

Más allá del morbo que despierta cualquier proyecto envuelto en secretismo, lo interesante de este dispositivo es la apuesta de fondo: que la inteligencia artificial deje de vivir encerrada en una aplicación y pase a formar parte del entorno cotidiano de forma pasiva, casi ambiental. Es una idea seductora sobre el papel, pero también arriesgada, porque toca un terreno —el de la privacidad y la vigilancia doméstica constante— especialmente sensible. El nombre de Jony Ive añade expectación, pero no garantiza nada; la lista de gadgets de IA que prometían revolucionar la forma de relacionarnos con la tecnología y acabaron cogiendo polvo en un cajón es ya bastante larga. Habrá que esperar a ver el producto real, su precio final y, sobre todo, si de verdad resuelve algo que el propio smartphone no resuelve ya, para saber si estamos ante el siguiente gran salto o ante otro capítulo de esa misma lista.

Para quien quiera profundizar, la cobertura original de Bloomberg sobre la personalidad y el enfoque humano del proyecto ofrece más contexto sobre por qué la compañía apuesta por un diseño «con personalidad». El análisis de Inc. sobre cómo el dispositivo desafía directamente a Apple y Amazon detalla además la estrategia de fabricación y distribución. Y el reportaje de The Next Web sobre el lanzamiento de io y la reacción del mercado bursátil explica por qué la noticia hizo temblar, aunque fuera brevemente, a compañías como Sonos.

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