La prueba de esfuerzo con mascarilla y bombona de gases llevaba décadas reservada a deportistas de élite y hospitales. PNOĒ, una startup con sede en Malden (Massachusetts) y oficinas en Atenas, presenta el 1 de octubre su segunda generación de dispositivo, capaz de que cualquier usuario se administre él mismo un test metabólico completo en ocho minutos, sin operador cualificado delante. La mascarilla, que cubre nariz y boca y se sujeta con correas a la nuca, analiza el oxígeno consumido y el dióxido de carbono exhalado para calcular el VO₂ máx y otros 22 biomarcadores relacionados con el metabolismo. El resultado se traduce en recomendaciones de alimentación, entrenamiento y descanso pensadas para gimnasios, clínicas de bienestar e incluso farmacias que hasta ahora no podían permitirse personal formado para operar el equipo anterior.
Un test clínico convertido en autoservicio
El fundamento científico no es nuevo: la ergoespirometría, o análisis de gases respiratorios durante el ejercicio, se emplea desde hace más de un siglo como método de referencia para medir el consumo máximo de oxígeno. Lo que cambia con PNOĒ 2.0 es la interfaz. Según su cofundador y consejero delegado, Apostolos Atsalakis, el proceso se reduce a ponerse la mascarilla, pulsar un botón y sentarse a respirar con normalidad durante el tiempo de la prueba. Esa simplicidad es la que, según la compañía, permite trasladar un procedimiento antes confinado a laboratorios deportivos y hospitalarios a espacios sin personal técnico. El dispositivo capta 23 biomarcadores por respiración, entre ellos la tasa metabólica en reposo (las calorías que el cuerpo quema sin hacer nada) y la flexibilidad metabólica, es decir, la capacidad de alternar entre quemar grasa e hidratos de carbono según la demanda energética.
El diseño detrás de la segunda generación
El nuevo equipo se ha desarrollado junto al estudio milanés Design Group Italia, tras un proceso de iteración especialmente largo porque no existía ningún precedente de dispositivo metabólico autoadministrado. El resultado es un aparato más compacto que su predecesor y con menos piezas móviles, lo que la compañía asocia directamente con una mayor fiabilidad mecánica. Un detalle pensado para la higiene compartida resulta especialmente relevante en un contexto post-pandemia: la electrónica se desmonta de la mascarilla de silicona y de las correas, de modo que varios usuarios pueden turnarse en el mismo hardware —el componente más caro— mientras cada persona conserva su propia pieza de contacto. Esta separación entre módulo sensor y parte desechable es, de hecho, la solución técnica que hace viable el modelo de autoservicio en instalaciones con alta rotación de usuarios.
El negocio detrás de la mascarilla
PNOĒ nació en 2016 a partir de la tesis doctoral de Atsalakis en tecnologías de sensorización en la Universidad de Cambridge, y pasó por el programa de aceleración de Y Combinator en su promoción de invierno de 2019. Desde entonces ha levantado unos 22 millones de dólares en financiación, incluida una ronda reciente de 11 millones, con inversores como 50 Years y el cofundador de Google Maps, Lars Rasmussen. La compañía no vende directamente al consumidor final: opera bajo un modelo B2B en el que cadenas como Equinox, Four Seasons, Restore Hyper Wellness o el sistema hospitalario Mount Sinai pagan una suscripción de entre 400 y más de 1.000 dólares mensuales por lo que Atsalakis describe como un «negocio en una caja», que incluye hardware, software, formación y materiales de marketing. Aproximadamente el 85 % de la facturación procede de Estados Unidos, mercado que la empresa considera el más maduro del mundo en torno a la longevidad, mientras expande su presencia en Europa, Latinoamérica y Asia a través de socios locales. Con 110 empleados, PNOĒ afirma haber alcanzado rentabilidad y crecer por encima del 100 % interanual, cifras que sostienen su intención de cerrar una ronda serie B en los próximos seis a doce meses.
El apetito por el VO₂ máx
El lanzamiento llega en un momento en que el VO₂ máx se ha convertido en palabra de moda entre la comunidad de la longevidad, alimentado por estudios que relacionan una mayor forma cardiorrespiratoria con menor mortalidad general. Un trabajo de referencia publicado en JAMA Network Open, que siguió a más de 122.000 pacientes sometidos a pruebas de esfuerzo en la Cleveland Clinic, encontró que el grupo con condición física de élite presentaba un riesgo de mortalidad ajustado notablemente inferior al de cualquier otro nivel de forma física, sin que se observara techo alguno en el beneficio conforme aumentaba la capacidad aeróbica, tal y como recoge el estudio de la Cleveland Clinic. Atsalakis se apoya en esa evidencia para calificar el VO₂ máx como el predictor individual más potente de longevidad humana, y presenta los datos de su compañía como una especie de marcador de referencia para la creciente industria del bienestar. La propia página de producto de la empresa detalla que su test, de menos de diez minutos, no requiere extracción de sangre ni trabajo de laboratorio, según puede consultarse en la ficha técnica de PNOĒ.
Los límites que la compañía reconoce
PNOĒ es cauta con lo que promete. El dispositivo carece de autorización de la Administración de Alimentos y Medicamentos estadounidense (FDA), y Atsalakis insiste en que la empresa no ofrece recomendaciones médicas: lo compara con una báscula de composición corporal, útil para orientar decisiones de estilo de vida pero no para que un médico prescriba tratamiento. La puerta a un uso clínico más amplio, sin embargo, sigue entreabierta. Desde hace años, distintos grupos de investigación estudian si los compuestos orgánicos volátiles presentes en el aliento pueden servir como biomarcadores de enfermedades como el cáncer, una línea de trabajo resumida en una revisión sistemática sobre análisis de compuestos volátiles en el aliento para la detección de tumores. Atsalakis cree que el creciente volumen de datos que acumula la compañía podría acabar detectando problemas de salud antes de que se manifiesten, aunque admite que un diagnóstico validado está todavía a un par de años vista, con obstáculos regulatorios que probablemente alarguen ese plazo.
Un mercado cada vez más poblado
El terreno en el que compite PNOĒ ya no está vacío. Relojes y pulseras de Apple, Garmin y Whoop estiman el VO₂ máx a partir de la frecuencia cardiaca, mientras dispositivos de consumo como Lumen analizan el aliento para calcular el equilibrio entre quema de grasa e hidratos. En el extremo opuesto siguen los carros metabólicos tradicionales, el equipamiento voluminoso que continúa siendo el patrón de referencia en hospitales y laboratorios deportivos. PNOĒ se posiciona en un punto intermedio: más preciso que un wearable de muñeca, más accesible que un carro metabólico de varios miles de euros, y pensado para integrarse en el proceso de bienvenida de clientes de gimnasios y centros de bienestar como paso previo a la venta de otros servicios.
Reflexiones finales
Lo interesante de PNOĒ 2.0 no es tanto el hardware en sí, que sigue pareciendo sacado de una película de superhéroes, sino la apuesta por eliminar al operador humano de un proceso que durante décadas exigió formación específica. Si la promesa de precisión clínica se sostiene fuera del entorno controlado de un laboratorio, el dispositivo podría normalizar mediciones que hasta ahora quedaban reservadas a un puñado de atletas y ejecutivos con acceso a programas de salud premium. La otra cara de la moneda es regulatoria: mientras la empresa se mantenga en el terreno del bienestar y evite el terreno del diagnóstico médico, puede avanzar sin las trabas de la FDA, pero cualquier salto hacia la detección de enfermedades le obligará a jugar con reglas mucho más estrictas.
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