Starling, un estudio de diseño sonoro fundado por Joel Corelitz y Colin Coogan, ha puesto el foco en uno de los sonidos más molestos de la vida doméstica: el pitido agudo del microondas. Sin cambiar una sola pieza de hardware, el proyecto propone reprogramar el software que controla los zumbadores piezoeléctricos que llevan décadas emitiendo ese tono metálico e insoportable cada vez que pulsamos un botón o termina el temporizador. La idea, que ha empezado a circular en redes a través de vídeos demostrativos, plantea una pregunta sencilla pero poco explorada por la industria: ¿por qué los electrodomésticos siguen sonando igual de mal que hace treinta años, y hace falta gastar dinero para arreglarlo?
Un problema de diseño más que de tecnología
Corelitz y Coogan no son ingenieros de electrónica de consumo, sino diseñadores de sonido con un currículum que incluye colaboraciones con marcas como Netflix, Sony y Microsoft. Su estudio, dedicado a lo que ellos llaman «sonic branding», ayuda a empresas a desarrollar identidades sonoras, música de marca y sonidos de interfaz. Este verano decidieron aplicar ese mismo enfoque a un objeto tan cotidiano como olvidado por el diseño: el microondas.
Según explicó Corelitz en varios vídeos publicados en Instagram, el motivo por el que estos aparatos suenan siempre igual es puramente económico. Los fabricantes recurren a zumbadores piezoeléctricos pasivos, unos componentes extremadamente simples que vibran al recibir una carga eléctrica y que apenas cuestan unos céntimos de fabricar. Su limitación técnica es evidente: solo pueden reproducir pitidos y tonos básicos, sin matices tímbricos ni capacidad para generar secuencias sonoras más elaboradas. Sustituir ese componente por un altavoz real encarecería de forma notable un electrodoméstico que, como recuerda Corelitz, puede venderse por apenas 80 dólares en su gama más básica, un margen que no deja espacio para mejoras de este tipo.
Programar el sonido sin tocar el hardware
La solución que proponen Corelitz y Coogan no pasa por rediseñar el microondas, sino por reescribir el código que gobierna esos zumbadores. Para demostrarlo, desarrollaron una herramienta de software bautizada como Microwave Sound Bench, que permite programar la frecuencia y la duración exacta de cada sonido emitido por el buzzer. El prototipo utiliza un microcontrolador Arduino conectado a varios zumbadores distintos como banco de pruebas, pero según Corelitz el código en C++ que hay detrás podría ejecutarse directamente en los microcontroladores que ya llevan integrados los microondas comerciales, sin necesidad de añadir un solo componente nuevo.
El resultado, a juzgar por las demostraciones publicadas, es una experiencia sonora radicalmente distinta: pulsaciones de botón más suaves y táctiles, y breves secuencias de chirridos y tonos escalonados que sustituyen al pitido único y estridente que todos conocemos. La clave técnica está en que, aunque el hardware siga siendo el mismo componente barato de siempre, la manipulación fina de frecuencia, duración y cadencia entre pulsos permite construir patrones sonoros con una jerarquía de información mucho más rica que un simple bip repetido.
El potencial para diferenciar marcas
Más allá de hacer menos irritante la experiencia diaria, Corelitz apunta a una segunda ventaja que probablemente interese más a los fabricantes: la posibilidad de crear identidades sonoras propias para cada marca. Si el código es programable, nada impide que Samsung, Panasonic o cualquier otro fabricante de electrodomésticos desarrolle su propia firma sonora, del mismo modo que Apple o Windows tienen sonidos de arranque reconocibles al instante. Un microondas dejaría así de sonar como cualquier otro microondas del mercado para convertirse en parte de la experiencia de marca, algo que hasta ahora se ha limitado casi en exclusiva al software de los teléfonos y a los coches eléctricos.
Corelitz ha señalado que el requisito técnico para adoptar este sistema es mínimo: los fabricantes solo tendrían que aceptar cargar un nuevo firmware en sus placas de control, ya que el planteamiento es, en teoría, compatible con cualquier hardware que ya exista dentro de un microondas actual. No se trata de una patente cerrada ni de un secreto industrial que Starling proteja con celo. El propio Corelitz ha comentado, en declaraciones recogidas por Wired, que no le preocupa demasiado que otra empresa copie la idea, ya que confía en que la sensibilidad y el criterio de diseño del estudio tengan más valor que el concepto en sí mismo.
El producto en el centro: Microwave Sound Bench
El verdadero protagonista de esta historia es Microwave Sound Bench, la herramienta de software que Starling ha construido como banco de pruebas para experimentar con el sonido de los electrodomésticos. No es un producto comercial cerrado ni una aplicación lista para instalar, sino más bien un entorno de desarrollo pensado para diseñadores de sonido e ingenieros que quieran programar patrones acústicos sobre zumbadores piezoeléctricos convencionales. Su arquitectura se apoya en un microcontrolador Arduino como plataforma de prototipado, conectado físicamente a distintos modelos de buzzers para comparar cómo responde cada uno a los mismos parámetros de frecuencia y duración. Esa capa de abstracción es la que permite a Corelitz y Coogan iterar con rapidez sobre decenas de variantes sonoras sin tener que fabricar hardware nuevo en cada prueba, algo que reduce drásticamente el coste y el tiempo de desarrollo respecto a integrar un altavoz real. Lo interesante desde el punto de vista técnico es que la herramienta separa claramente la capa de diseño sonoro de la capa de hardware, de modo que el mismo código en C++ que hoy corre sobre un Arduino de pruebas podría trasladarse, con ajustes mínimos, al microcontrolador de bajo coste que ya trae integrado cualquier microondas de producción. Esa portabilidad es, precisamente, el argumento comercial de Starling ante los fabricantes: no vende un componente, vende una capa de software.
Reflexiones finales
Lo llamativo de esta propuesta no es tanto la sofisticación tecnológica —al fin y al cabo, seguimos hablando de zumbadores piezoeléctricos que cuestan céntimos— sino la constatación de que buena parte del ruido molesto que nos rodea en el día a día no responde a una limitación física insalvable, sino a decisiones de diseño heredadas y nunca cuestionadas. El caso del microondas es paradigmático porque afecta prácticamente a todos los hogares, pero el mismo razonamiento podría aplicarse a lavadoras, hornos, cafeteras o cualquier electrodoméstico que use un buzzer para comunicarse con el usuario. Que la solución dependa exclusivamente de software y no de hardware nuevo abre además una puerta interesante: en teoría, algunos fabricantes podrían incluso ofrecer esta mejora como actualización de firmware en modelos ya fabricados, sin coste de producción añadido. El estudio, que puede consultarse en su página oficial, y sus demostraciones en Instagram, muestran que a veces basta con mirar con otros ojos —o mejor dicho, con otros oídos— un problema que llevábamos décadas dando por inevitable.
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