Un paciente con parálisis en la mano tras una lesión medular ha recuperado parte del movimiento gracias a un chip cerebral fabricado por la empresa china Neuracle. El dispositivo, bautizado como NEO, ha sido el primero en obtener el visto bueno de un organismo regulador nacional para su comercialización, adelantando por la vía rápida a Neuralink, la compañía de interfaces cerebro-máquina de Elon Musk que todavía espera la autorización de la FDA estadounidense. El hito no solo tiene relevancia médica, sino también geopolítica, ya que confirma la apuesta de Pekín por las neurotecnologías como sector estratégico dentro de su último plan quinquenal.

Un chip del tamaño de una moneda que traduce pensamientos en movimiento

El implante se realizó esta semana a un hombre que, tras sufrir una lesión de médula espinal hace una década, había perdido la movilidad de una de sus manos. Según recogieron varios medios chinos, entre ellos South China Morning Post y China Daily, la intervención corrió a cargo de Neuracle, también conocida como Borui Kang Medical Technology, una firma de neurotecnología con sede en China que lleva años desarrollando sistemas de interfaz cerebro-computadora (BCI, por sus siglas en inglés) orientados a la rehabilitación motora.

NEO —acrónimo de Neural Electronic Opportunity— es un dispositivo del tamaño aproximado de una moneda que integra ocho electrodos y se coloca quirúrgicamente sobre la superficie de la corteza sensoriomotora, la región del cerebro encargada de planificar y ejecutar los movimientos voluntarios. Cuando el paciente imagina que mueve la mano, el implante capta la actividad eléctrica generada por el disparo sincronizado de las neuronas en esa zona y envía esa señal a un ordenador externo. Ese sistema decodifica el patrón neuronal y lo traduce en órdenes motoras que ejecuta un guante robótico metálico que el paciente lleva puesto, permitiéndole cerrar los dedos o sujetar objetos sin depender de la conexión nerviosa original, que quedó interrumpida por la lesión.

Lo distintivo de este caso no es tanto la tecnología en sí —los BCI invasivos llevan más de una década en fase experimental en distintos laboratorios— sino el paso administrativo que lo acompaña. En marzo, la Administración Nacional de Productos Médicos de China aprobó formalmente NEO, convirtiéndolo en el primer sistema de interfaz cerebro-computadora invasivo autorizado para uso comercial por una agencia reguladora nacional, según recoge un análisis publicado en Nature. Esa aprobación regulatoria es la que marca la diferencia frente a Neuralink, cuyo dispositivo Blindsight y su sistema N1 siguen operando bajo el paraguas de ensayos clínicos experimentales, sin luz verde para su venta como producto médico.

Neuracle adelanta a Neuralink en la carrera regulatoria

La comparación con la empresa de Elon Musk resulta casi inevitable. Neuralink logró implantar su primer chip en un cerebro humano en 2024, aunque conviene matizar que no fue el primer implante BCI exitoso de la historia: esa distinción recae en compañías como Synchron, que ya había completado implantes en pacientes estadounidenses años antes utilizando un abordaje menos invasivo, introducido a través del sistema vascular en lugar de mediante cirugía craneal abierta. A comienzos de este año, Neuralink informó que contaba con veintiún pacientes enrolados en sus ensayos clínicos, una cifra que sigue estando muy por debajo de lo necesario para solicitar una aprobación comercial ante la FDA, agencia que exige fases de ensayo mucho más prolongadas y exhaustivas antes de autorizar cualquier tratamiento invasivo destinado al sistema nervioso central.

Este contraste regulatorio ilustra una diferencia de fondo entre los dos países: mientras Estados Unidos mantiene un proceso de aprobación de dispositivos médicos históricamente largo y garantista, China ha mostrado en los últimos años una disposición mayor a acelerar los trámites para tecnologías consideradas prioritarias, lo que le permite ganar terreno en mercados emergentes como el de las neuroprótesis. No es un dato menor: la ventaja de salida al mercado en biotecnología suele traducirse en ventaja competitiva a largo plazo, tanto por la acumulación de datos clínicos reales como por la captación de inversión.

Las alternativas no invasivas también avanzan

El avance de Neuracle no ocurre en el vacío. El mismo ecosistema de interfaces cerebro-máquina está viviendo un momento de efervescencia con propuestas que evitan la cirugía. Meta, por ejemplo, presentó el mes pasado una nueva versión de su sistema Brain2Qwerty, que combina electroencefalografía no invasiva con un modelo de lenguaje de gran tamaño para traducir la actividad cerebral registrada en el cuero cabelludo directamente en texto escrito. La compañía sostiene que esta vía podría ayudar a personas con ELA u otras enfermedades neurodegenerativas que han perdido la capacidad de hablar a recuperar una forma de comunicación, sin necesidad de someterse a ninguna intervención quirúrgica.

Por su parte, otra firma china, BrainCo, ha optado por una tercera vía: una prótesis biónica de mano que combina inteligencia artificial con electromiografía, una técnica que capta la actividad eléctrica residual de los músculos del antebrazo para inferir la intención de movimiento del usuario, sin necesidad de implante alguno. Esta diversidad de enfoques —invasivo con electrodos corticales, no invasivo con electroencefalografía y periférico con electromiografía— refleja que el sector todavía no ha decidido cuál será el estándar dominante, y es probable que distintas soluciones convivan según el tipo de discapacidad y el nivel de riesgo que esté dispuesto a asumir cada paciente.

Una pieza más del tablero tecnológico chino

El caso de NEO conviene leerlo también en clave de política industrial. Las interfaces cerebro-computadora figuran entre las prioridades explícitas del último plan quinquenal del gobierno chino, junto a la computación cuántica, la robótica impulsada por inteligencia artificial y la fusión nuclear, según ha informado Reuters citando a analistas del sector. La agencia recogió además declaraciones de expertos que anticipan una adopción generalizada de este tipo de tecnología neuronal en un plazo de tres a cinco años, un horizonte bastante más corto que las estimaciones que suelen manejarse en Occidente para dispositivos médicos de esta complejidad.

Este empuje estatal no es casual: China lleva tiempo intentando reducir la distancia que la separa de Estados Unidos en inteligencia artificial y semiconductores, y las neurotecnologías representan un nicho en el que la combinación de inversión pública, un mercado interno enorme y menores barreras regulatorias puede traducirse en una ventaja competitiva real. Si el ritmo de aprobaciones se mantiene, no sería descabellado que en los próximos años Neuracle y otras empresas chinas del sector empiecen a exportar tanto la tecnología como el propio modelo regulatorio a otros países interesados en acelerar sus procesos de autorización.

Reflexiones adicionales

Más allá del titular llamativo, el caso de NEO abre varias preguntas que probablemente marcarán el debate sobre los BCI en los próximos años. La primera tiene que ver con la seguridad a largo plazo: los implantes corticales conllevan riesgos quirúrgicos evidentes, y todavía existe relativamente poca literatura sobre el comportamiento de estos electrodos pasados varios años tras la cirugía, incluyendo posibles procesos de cicatrización glial que podrían degradar la calidad de la señal captada. La segunda pregunta es económica: para que estos dispositivos dejen de ser tratamientos de nicho, sus fabricantes tendrán que resolver el coste de la cirugía, el mantenimiento del hardware implantado y la actualización del software de decodificación, que en la práctica funciona como un modelo de inteligencia artificial que debe reentrenarse para cada paciente. Y la tercera, quizá la más delicada, es la de la privacidad de los datos neuronales, un tipo de información especialmente sensible que plantea retos regulatorios todavía no resueltos en ninguna jurisdicción, incluida la propia China. Lo que sí parece claro es que el mercado de las interfaces cerebro-máquina ha dejado de ser terreno exclusivo de startups estadounidenses, y que la competencia internacional —con China moviendo ficha primero en el plano regulatorio— va a acelerar tanto la innovación como el escrutinio ético en torno a esta tecnología.

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