La misión Fram2 de SpaceX, lanzada a finales de marzo de 2025, ya tenía asegurado un hueco en los libros de historia por ser el primer vuelo tripulado en alcanzar una órbita polar. Pero lo que ha terminado de consagrar esta misión no fue visible desde fuera de la cápsula: durante los tres días y medio que pasaron en el espacio, los cuatro astronautas amateur consiguieron algo que ningún ser humano había logrado antes, tomar radiografías médicas en microgravedad. El hallazgo, publicado recientemente en la revista Radiology, abre una puerta que la medicina aeroespacial llevaba décadas intentando entreabrir, y lo hace justo cuando la exploración lunar y marciana vuelve a estar en boca de todos.
De la ecografía como único recurso a un nuevo estándar diagnóstico
Durante décadas, la ecografía ha sido la única técnica de imagen médica realmente viable a bordo de naves como la Estación Espacial Internacional. Su ventaja es evidente: no necesita una fuente de radiación ionizante y el equipo es relativamente compacto. Pero tiene un límite físico que resulta difícil de sortear, ya que depende de un medio conductor de las ondas sonoras. Los músculos, los órganos y los vasos sanguíneos, al tener un alto contenido en agua, se visualizan con relativa nitidez, mientras que el hueso apenas ofrece contraste. Un técnico experto puede intuir ángulos que capten algo de señal, pero la estructura interna del hueso suele quedar fuera de alcance. En un entorno donde las fracturas, los golpes y las caídas son casi inevitables a medida que se alargan las misiones, esa limitación empieza a pesar.
Ahí es donde entra el experimento liderado por Sheyna Gifford, profesora adjunta de medicina aeroespacial en la Clínica Mayo, cuyo equipo llevaba desde 2022 sentando las bases de este trabajo. Aquel año publicaron un estudio en el que se probó un equipo de rayos X portátil durante un vuelo parabólico, es decir, en condiciones de microgravedad simulada, y los resultados fueron lo bastante prometedores como para plantear el siguiente paso lógico: llevarlo a una órbita real. Ese salto se materializó con Fram2, en colaboración con SpaceX.
El experimento a bordo de Fram2
Antes del despegue, tres de los cuatro tripulantes recibieron apenas cuatro horas de formación como operadores del equipo, un dato que por sí solo dice mucho sobre la facilidad de uso que se buscaba desde el diseño del experimento. Se tomaron radiografías previas al vuelo como referencia y, ya en órbita, a bordo de la cápsula Crew Dragon situada entre 425 y 450 kilómetros de altitud en una inclinación de 90 grados, la tripulación escaneó una mano, un antebrazo, el abdomen, la pelvis y el tórax, sin ninguna instrucción en tiempo real desde el centro de control. Las imágenes se transmitieron de inmediato a un ordenador de a bordo para su revisión por parte de la propia tripulación, lo que demostró que la radiografía en vuelo no solo es posible técnicamente, sino que puede gestionarse de forma autónoma, sin depender de la comunicación constante con Tierra, algo especialmente relevante para misiones a la Luna o a Marte, donde el retraso en las comunicaciones puede alcanzar varios minutos.
Curiosamente, el equipo no se limitó a escanear tejido humano. También radiografiaron un reloj inteligente, con una resolución que llegó a la escala micrométrica, para comprobar si el sistema también podía servir para detectar fallos en dispositivos electrónicos o daños estructurales en equipamiento. Esa doble función, diagnóstico médico y control de calidad de material, es uno de los aspectos que más interés ha despertado entre los especialistas.
Tras el amerizaje de la cápsula frente a la costa de Oceanside, California, el 4 de abril de 2025, el generador de rayos X presentó daños superficiales derivados del propio proceso de recuperación, pero su electrónica interna y la calidad del haz de rayos X permanecieron intactas. Ya en tierra, un operador ajeno a la tripulación repitió el protocolo, replicando las condiciones de las tomas previas y posteriores al vuelo. Tres radiólogos independientes evaluaron después el conjunto completo de imágenes atendiendo a criterios de calidad, resolución espacial, resolución de contraste y posicionamiento del paciente. El resultado fue notable, ya que, aunque el posicionamiento varió ligeramente entre tomas, el resto de parámetros se mantuvo equiparable, y las imágenes captadas en órbita alcanzaron un nivel diagnóstico plenamente válido.
El aparato que lo ha hecho posible
El protagonista técnico de esta historia es un sistema de rayos X portátil de tipo comercial, es decir, no diseñado específicamente para el espacio sino adaptado a partir de equipos ya disponibles en el mercado civil. Este detalle es relevante porque reduce drásticamente los costes y los tiempos de desarrollo respecto a construir un instrumento desde cero pensado exclusivamente para condiciones orbitales. Aun así, sus dimensiones siguen siendo notablemente más compactas que las de los equipos hospitalarios convencionales o que los escáneres de seguridad aeroportuaria, aunque Gifford ha sido clara al señalar que, para que este tipo de tecnología se convierta en algo rutinario a bordo de futuras naves, el volumen del sistema tendría que reducirse a una fracción del actual, dado lo limitado que resulta el espacio disponible para carga útil en cualquier misión tripulada.
Más allá del tamaño, la investigadora apunta a otras dos líneas de mejora imprescindibles: por un lado, blindar estos sistemas para que soporten el vacío y puedan acompañar a los astronautas durante paseos espaciales o caminatas lunares, y por otro, dotarlos de asistencia y guiado en tiempo real que facilite su manejo a personal sin formación radiológica específica. De conseguirse, el mismo aparato que hoy permite diagnosticar una posible fractura podría, mañana, revisar la integridad de un guante de traje espacial en busca de microperforaciones o analizar la composición mineral de una roca recogida durante una caminata lunar, ampliando su utilidad mucho más allá de la medicina.
Por qué esto importa de cara a la Luna y Marte
El argumento de fondo que sostiene todo el estudio es casi matemático: cuanto más se alarguen las misiones y más lejos se aventuren los astronautas de la atención médica terrestre, mayor será la probabilidad de sufrir algún incidente que requiera diagnóstico por imagen. Gifford lo resume con una comparación gráfica, recordando que la gravedad lunar, de aproximadamente una sexta parte de la terrestre, ya ha bastado en pruebas previas para desestabilizar a un astronauta, y que la combinación de trajes pesados, terreno irregular y herramientas de bordes afilados hace que la probabilidad de sufrir golpes, magulladuras, caídas y fracturas en la próxima fase de exploración humana sea, en sus propias palabras, prácticamente del cien por cien.
Frente a ese escenario, contar con una herramienta capaz de ofrecer velocidad, precisión y facilidad de manejo por parte de personal no especializado, sin necesidad de un medio conductor de ondas sonoras como exige la ecografía, cambia por completo el margen de maniobra de una tripulación aislada. Y el propio equipo de investigación subraya que las mejoras derivadas de este tipo de sistemas no se quedarán en el espacio, ya que unidades más compactas, robustas y fáciles de operar también beneficiarían a comunidades remotas o con escaso acceso a infraestructura hospitalaria en la propia Tierra.
El trabajo previo de 2022 sobre vuelos parabólicos, que sentó las bases metodológicas de este experimento, puede consultarse aquí. Y para quienes sigan la actividad de la misión Fram2 en su conjunto, la cobertura original sobre su órbita polar histórica está recogida en gizmodo.com.
Reflexiones adicionales
Lo llamativo de este avance no es tanto la imagen en sí, técnicamente similar a cualquier radiografía tomada en un hospital terrestre, sino el contexto operativo en el que se ha conseguido: sin supervisión médica en tiempo real, con apenas cuatro horas de formación previa y usando equipamiento derivado del mercado civil. Es una demostración de que la miniaturización y la simplificación de procesos pueden ser tan determinantes para la exploración espacial como el desarrollo de tecnología completamente nueva. A medida que los programas Artemis y las futuras misiones a Marte avancen, parece razonable esperar que el diagnóstico por imagen deje de depender exclusivamente del ultrasonido y se convierta en una capacidad estándar de cualquier nave con tripulación de larga duración.
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