Un equipo de la Universidad de Bonn ha logrado que células sanguíneas de un donante de 80 años adopten un reloj biológico inferior a los 20. No es magia ni una terapia. Es un resultado de laboratorio con un detalle que interesa más que la cifra: el rejuvenecimiento ocurrió despacio y se pudo seguir durante más de 100 días. Los investigadores partieron de precursores de glóbulos rojos y los convirtieron en células madre neurales sin pasar por la fase pluripotente. Esa ruta directa permite observar el proceso paso a paso. Hasta ahora solo veíamos el resultado final. En este artículo repasamos cómo funciona el método, qué mide exactamente ese reloj biológico y por qué este modelo puede ser útil para estudiar el envejecimiento del cerebro. También explicamos qué no se ha demostrado.
Qué han hecho en Bonn
El grupo de Oliver Brüstle, director del Instituto de Neurobiología Reconstructiva del Hospital Universitario de Bonn, trabaja con reprogramación celular desde hace años. Todas las células de nuestro cuerpo salen del mismo óvulo fecundado. Comparten por tanto el mismo genoma, que ronda los 3.100 millones de pares de bases. Lo que cambia es qué partes del genoma se leen en cada tejido.
Una célula de la piel no se convierte en hepática por sí sola. Una célula sanguínea tampoco se convierte en neurona. En el laboratorio sí se puede forzar ese cambio mediante una combinación de factores de transcripción. Son proteínas que alteran qué genes se activan y cuáles se silencian.
Según la nota de prensa de la Universidad de Bonn, los investigadores tomaron precursores de glóbulos rojos y los transformaron directamente en células madre neurales. De estas células pueden derivarse neuronas. El estudio incluye donantes de edad muy avanzada: la propia universidad publica imágenes de células obtenidas de la sangre de una persona de 101 años.
El dato que ha llamado la atención es este. Las células de un donante de 80 años mostraron después de la conversión una edad molecular inferior a 20 años. Eso supone una reducción de más de 60 años, es decir, cerca del 75 % de la edad de partida.
Un reloj que se reinicia despacio
La edad que se maneja aquí no es la del carné de identidad. Se trata de la edad epigenética. Los relojes epigenéticos leen modificaciones químicas del ADN que se acumulan con los años, sobre todo patrones de metilación. Esas marcas no cambian la secuencia genética. Cambian la frecuencia con la que se leen los genes.
Algunos relojes clásicos se calculan a partir de unos pocos cientos de posiciones del genoma. El de Horvath, por ejemplo, usa 353. Con ese número tan reducido se obtiene una estimación bastante fiable de la edad biológica de un tejido.
El estudio se ha publicado en Aging Cell donde se puede ver la metodología completa. Participaron grupos del Hospital Universitario de Bonn, de la Universidad de Bonn y de la Universidad Técnica de Aquisgrán (RWTH Aachen). La financiación llegó del programa Horizon 2020 de la UE, de la Fundación Alemana de Investigación (DFG) y del ministerio federal alemán de investigación.
Aquí está la novedad. El rejuvenecimiento ya se conocía, pero se había visto con una estrategia en dos pasos. Primero se convierte la célula adulta en célula madre pluripotente. Después se dirige esa célula hacia el tipo deseado. En ese caso el reinicio del reloj es muy rápido. En el método de Bonn, que salta la fase pluripotente, el proceso se extendió durante más de 100 días, algo más de 14 semanas. El titular de la propia nota de prensa menciona que se alcanzan 60 años menos en unos 50 días.
El método como modelo de laboratorio
El producto principal de este trabajo no es un fármaco ni un dispositivo. Es un método: la conversión directa de células sanguíneas en células madre neurales inducidas, conocidas por sus siglas en inglés como iNSC. Su valor está en que funciona como banco de pruebas.
Con la ruta de dos pasos, el reinicio del reloj ocurre tan deprisa que apenas se puede intervenir. Con la ruta directa, el reloj avanza hacia atrás de forma gradual durante semanas. Eso permite tomar muestras a distintos tiempos, medir la edad epigenética en cada una y comparar condiciones.
Brüstle lo resume así: con un proceso tan lento se puede estudiar qué factores y sustancias aceleran o frenan el rejuvenecimiento. Sería posible, por ejemplo, añadir un compuesto en el día 30 y comprobar si la curva se desplaza. Con el método rápido no habría margen para ese ensayo.
Hay otra ventaja práctica. La sangre es un material de partida sencillo de obtener. Una extracción rutinaria basta, sin biopsias de tejido. Además, los mismos investigadores ya habían demostrado en trabajos anteriores que las neuronas generadas con este enfoque forman conexiones con las neuronas existentes tras trasplantarse al cerebro de ratones.
Para el estudio del cerebro tiene sentido. La edad es el principal factor de riesgo de enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer. Un modelo celular que conserve o reinicie la edad biológica de forma controlada ayuda a separar qué parte del daño depende del envejecimiento y qué parte depende de la enfermedad.
Lo que este resultado no demuestra
Conviene poner los pies en el suelo. Como recuerda el análisis de Men’s Journal sobre el estudio, los científicos rejuvenecieron células en condiciones de laboratorio. No revirtieron el envejecimiento de una persona de 80 años. Tampoco demostraron una mayor esperanza de vida ni un tratamiento contra la demencia.
Hay varias razones para ser prudente. Una célula en placa de cultivo no se comporta como un órgano completo. Un reloj epigenético es un indicador, no una medida directa de salud. Y el estudio describe un proceso celular, no un ensayo clínico. Entre un resultado así y una terapia hay años de trabajo, y muchos candidatos se quedan por el camino.
Lo que sí aporta es una herramienta mejor para hacer preguntas. Qué moléculas aceleran el reinicio, cuáles lo frenan y qué ocurre con las neuronas resultantes son cuestiones que ahora pueden abordarse con datos.
Reflexiones adicionales
Este tipo de noticias suele llegar con titulares exagerados. Aquí el titular es llamativo, pero la parte interesante está en la metodología. Ralentizar un proceso para poder observarlo es una idea clásica en ingeniería y en ciencia. Si algo ocurre demasiado rápido, no se puede medir ni intervenir.
También conviene fijarse en lo que se mide. Pasar de 80 a menos de 20 años depende de un reloj concreto y de un tipo celular concreto. Otros relojes podrían dar cifras distintas. La comunidad tendrá que reproducir el resultado en otros laboratorios y con más donantes antes de sacar conclusiones generales.
Desde nuestra perspectiva de divulgación tecnológica, es un buen ejemplo de cómo la biología empieza a funcionar con lógica de ingeniería de datos. Series temporales, puntos de muestreo, variables controladas y modelos reproducibles. Seguiremos de cerca las siguientes publicaciones del grupo de Bonn.
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