El litio es un elemento asociado casi siempre a las baterías de los dispositivos electrónicos o al tratamiento del trastorno bipolar. Pocas personas lo relacionan con la nutrición diaria, pese a que está presente en el agua potable y en alimentos como la col, la patata o los cereales integrales. Un estudio publicado en la revista Nature, liderado por el doctor Bruce Yankner, catedrático de genética y neurología en la Facultad de Medicina de Harvard, ha situado a este metal en el centro de la investigación sobre el alzhéimer. Tras una década de trabajo analizando tejido cerebral post mortem, el equipo encontró que los niveles de litio disminuyen de forma notable en las personas con deterioro cognitivo. El hallazgo no implica que tomar un suplemento resuelva el problema, pero abre una vía de investigación que hasta ahora había pasado inadvertida. A continuación se explica qué se ha descubierto, qué matices plantean otros especialistas y qué relación guarda todo esto con la alimentación.
Diez años de análisis en tejido cerebral
El estudio partió de una pregunta amplia: ¿existe alguna relación entre los metales presentes en el cerebro y el desarrollo del alzhéimer, la forma más común de demencia? Para responderla, el equipo de Yankner midió la concentración de 27 metales distintos en muestras de cerebros post mortem procedentes de tres grupos: personas cognitivamente sanas, personas con deterioro cognitivo leve y personas diagnosticadas con alzhéimer. El análisis se centró especialmente en la corteza prefrontal, una región asociada a las funciones ejecutivas y una de las más afectadas por esta enfermedad, aunque también se examinaron otras zonas del cerebro. De los 27 metales estudiados, solo el litio mostró una correlación clara y consistente con el estado cognitivo de los pacientes. En los cerebros con deterioro cognitivo o alzhéimer, los niveles de litio en la corteza prefrontal aparecían significativamente reducidos, mientras que ningún otro metal presentó una asociación comparable. Este dato cuantificable es el punto de partida de toda la investigación posterior, y marca una diferencia respecto a estudios previos que habían señalado al aluminio, al cobre o al hierro como posibles sospechosos sin resultados concluyentes.
De los cerebros humanos a los ratones de laboratorio
Una correlación observada en tejido humano no basta para establecer una causa. Por eso, el equipo de Harvard trasladó la investigación a un modelo animal: ratones modificados genéticamente para desarrollar síntomas cerebrales similares a los del alzhéimer. En estos animales, los científicos comprobaron que el litio se une a la proteína beta amiloide, una molécula que, cuando se agrega en exceso, contribuye a las fases iniciales de la enfermedad. Cuando algunos ratones recibieron dietas con niveles de litio más bajos de lo normal durante toda su vida, desarrollaron cambios cerebrales de tipo alzhéimer de forma acelerada. Por el contrario, los ratones con niveles normales de litio mostraron una protección cerebral notablemente mayor frente a esos mismos cambios. Este experimento permitió establecer una relación de causalidad, al menos en el modelo animal, algo que el análisis de cerebros humanos por sí solo no podía demostrar.
El matiz clave: no todo el litio actúa igual
Aquí aparece uno de los detalles más técnicos del estudio, y también el más relevante para entender por qué no basta con tomar un suplemento cualquiera. Cuando el cerebro humano desarrolla alzhéimer, la proteína beta amiloide se une tanto al litio que producimos de forma natural como al litio recetado en forma de carbonato de litio, el compuesto habitual para tratar el trastorno bipolar. Esa unión atrapa el mineral dentro de los depósitos amiloides, reduce la cantidad disponible para las neuronas y podría explicar por qué los niveles de litio aparecen más bajos precisamente en los cerebros afectados por la enfermedad. Sin embargo, cuando los ratones del estudio recibieron una forma distinta del mineral, el orotato de litio, la proteína amiloide no se unió a él de la misma manera, y los síntomas de tipo alzhéimer se redujeron de forma apreciable. Esta diferencia química entre compuestos —carbonato frente a orotato— es la que convierte al orotato de litio en el protagonista real de la investigación, aunque conviene subrayar que, por ahora, estos resultados solo se han confirmado en animales.
El orotato de litio, la molécula que despierta más interés
El orotato de litio es una sal orgánica del litio que ya se comercializa como suplemento nutricional en dosis muy inferiores a las empleadas en psiquiatría. A diferencia del carbonato de litio, que se administra en miligramos por kilogramo de peso corporal bajo control médico estricto por su estrecho margen terapéutico, el orotato circula en el mercado del bienestar en cantidades mucho más bajas, del orden de microgramos o pocos miligramos por dosis. El propio Yankner advierte de que este mineral no está reconocido oficialmente como nutriente esencial ni en Estados Unidos ni en Reino Unido, y recuerda que cantidades elevadas de litio, en cualquiera de sus formas, pueden resultar tóxicas para el organismo. La doctora Lisa Barnes, neuropsicóloga cognitiva y catedrática de gerontología en el Rush University Medical Center, no participó en este estudio, pero mantiene una postura prudente. Barnes señala que un ensayo clínico reciente, publicado en la revista JAMA Neurology y centrado en pacientes con deterioro cognitivo leve, no encontró mejoras en las pruebas de memoria ni en las métricas de resonancia magnética tras dos años de tratamiento con carbonato de litio, aunque reconoce que la muestra era pequeña y la dosis utilizada era inferior a la empleada en otros contextos clínicos. Esta comparación entre carbonato y orotato de litio puede consultarse con más detalle en el artículo original de BBC Science Focus, que recoge las declaraciones completas de ambos investigadores.
Qué dice la ciencia sobre la alimentación y el cerebro
Mientras se aclara el papel exacto del litio, los expertos coinciden en que la dieta sigue siendo la herramienta más sólida disponible hoy para proteger la función cognitiva. Yankner recomienda seguir un patrón alimentario basado en la dieta mediterránea, rica en alimentos vegetales, aceite de oliva virgen extra y pescado, y con un consumo limitado de productos ultraprocesados. Barnes, por su parte, ha participado en la investigación que dio origen a la dieta MIND, un acrónimo que combina el patrón mediterráneo con la dieta DASH, diseñada originalmente para controlar la hipertensión. La dieta MIND prioriza las verduras de hoja verde, el aceite de oliva, los frutos secos, las zanahorias, el boniato y las legumbres, alimentos que aportan vitamina E, vitamina K, ácido fólico y compuestos antiinflamatorios como los carotenoides y los polifenoles. Según Barnes, existe evidencia consistente de que estos nutrientes resultan protectores para la salud cerebral a largo plazo.
Las carencias nutricionales que pasan desapercibidas
Más allá del litio, el estudio también pone el foco en deficiencias nutricionales frecuentes en las poblaciones de Reino Unido y Estados Unidos que podrían influir en el deterioro cognitivo. La carencia de vitamina D está especialmente documentada entre las personas mayores que viven en climas del norte, donde la exposición solar disminuye durante buena parte del año. Esta vitamina es esencial para huesos, dientes y músculos, y su déficit tiende a agravarse en invierno, cuando el cuerpo no puede sintetizarla a partir de la luz solar. Por este motivo, el servicio nacional de salud británico recomienda a la población tomar un suplemento de vitamina D durante los meses fríos, una medida que según Yankner podría además reducir el riesgo de deterioro cognitivo en la población de mayor edad. A esto se suma la deficiencia de vitamina B12, también habitual entre personas mayores, cuya corrección mediante suplementación puede mejorar de forma significativa la función cognitiva y el estado de ánimo, e incluso revertir parcialmente síntomas neurológicos como la pérdida de sensibilidad en brazos y piernas. Yankner añade que la suplementación con un multivitamínico general también podría contribuir a ralentizar el ritmo de declive cognitivo asociado a la edad, aunque insiste en que la dieta equilibrada sigue siendo la base de cualquier estrategia preventiva. Para quien quiera profundizar en los mecanismos moleculares descritos en la investigación original, el artículo científico completo está disponible en la revista Nature, mientras que los resultados del ensayo clínico mencionado por Barnes pueden consultarse en JAMA Neurology.
Reflexiones finales
Los datos presentados por el equipo de Harvard son sólidos dentro de su ámbito, pero conviene mantener las expectativas ajustadas a lo que la ciencia ha demostrado hasta el momento. La reducción de litio en cerebros con alzhéimer es un hallazgo consistente y respaldado por un diseño experimental cuidadoso, incluida la validación en modelo animal con orotato de litio. Sin embargo, la traducción de estos resultados a un tratamiento seguro y eficaz en humanos todavía no existe, y los ensayos clínicos disponibles con carbonato de litio no han mostrado beneficios claros en memoria o cognición. Antes de pensar en suplementos, la evidencia acumulada durante décadas sigue señalando a la dieta mediterránea, al patrón MIND y a la corrección de carencias como la vitamina D o la B12 como las estrategias más razonables y mejor probadas para cuidar el cerebro a largo plazo. El litio, de momento, permanece como una pieza prometedora pero incompleta dentro de ese rompecabezas.
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