Cuando hablamos de las peores tarjetas gráficas de la historia, la mente suele irse directamente a monstruos ruidosos de los años 2000 o a chips que llegaron tarde y mal a una guerra que ya estaba perdida. Sin embargo, un repaso reciente por los fracasos más sonados del sector deja claro que el problema no siempre es la potencia bruta: a veces el fallo está en el precio, en el diseño térmico o, directamente, en una decisión de marketing que confunde al comprador. Desde el temido «Dustbuster» de Nvidia hasta la GPU más rápida del mercado actual, que curiosamente también aparece en esta lista negra por motivos muy distintos a los de sus compañeras, el hilo conductor es siempre el mismo: promesas que no se sostienen cuando el hardware se pone a trabajar de verdad.

De aceleradoras a «deceleradoras»: los clásicos que fallaron en lo esencial

A mediados de los noventa, cuando la aceleración 3D en el PC todavía era una novedad, la S3 ViRGE prometía ser el puente perfecto entre el 2D tradicional, en el que la compañía era referencia, y el nuevo mundo tridimensional. El problema fue que, en cuanto se activaban las funciones 3D más avanzadas, el rendimiento se desplomaba hasta el punto de que renderizar la escena directamente por CPU podía resultar más rápido. De ahí que la comunidad la rebautizara con sorna como «decelerador 3D», un apodo que resume mejor que cualquier análisis técnico lo que falló en aquel chip.

Años después, Nvidia protagonizaría su propio episodio bochornoso con la GeForce FX 5800 Ultra, conocida popularmente como Dustbuster. La tarjeta llegó tarde al mercado, montaba memoria GDDR2 de alto consumo sobre un bus de 128 bits y necesitaba un sistema de refrigeración de doble ranura tan agresivo que expulsaba el aire directamente fuera de la caja. El ruido era tal que la propia Nvidia bromeó en un vídeo interno comparándolo con una Harley Davidson y un secador de pelo. Y lo peor es que todo ese escándalo acústico no se tradujo en victorias claras frente a la Radeon 9700 Pro de ATI, lo que convirtió a la FX 5800 Ultra en el ejemplo perfecto de sacrificarlo todo por un rendimiento que ni siquiera llegó.

El problema del calor: cuando la GPU se convierte en un radiador

La GeForce GTX 480 de 2010 es otro caso de manual. Nvidia necesitaba responder a la Radeon HD 5870 de AMD, la primera GPU compatible con DirectX 11, y lo hizo con la arquitectura Fermi. El chip resultante era rápido, especialmente en teselado y cargas de cómputo, pero para conseguirlo disparó el consumo hasta los 250 vatios de potencia máxima de placa, una cifra que hoy resulta habitual pero que en 2010 rozaba lo escandaloso. En pruebas de la época la temperatura bajo carga llegó a los 94 grados centígrados, con el disipador expuesto alcanzando los 67 grados, lo que obligaba al ventilador tipo blower a girar a un régimen tan alto que el ruido se convertía en un problema añadido. AMD tampoco se libró de sus propios tropiezos térmicos: la Radeon HD 2900 XT, pensada para plantar cara a la GeForce 8800 GTX en la era DX10, resultó ser una tarjeta enorme, calurosa y que además perdía buena parte de su rendimiento en cuanto se activaba el antialiasing, quedándose muy por debajo de las expectativas que generaba sobre el papel.

Recortes que salen caros: la lección de la RX 6500 XT

No todos los fracasos vienen de la fuerza bruta mal gestionada; algunos nacen de recortar donde no se debe. La AMD Radeon RX 6500 XT llegó en plena crisis de desabastecimiento de 2021-2022 prometida como salvación asequible a 199 dólares, pero escondía recortes difíciles de justificar incluso en ese contexto: apenas 4 GB de VRAM sobre una interfaz de memoria de solo 64 bits, conexión limitada a cuatro líneas PCIe y ausencia total de codificación por hardware H.264 y H.265. El resultado fue que modelos mucho más antiguos, como la RX 570, la RX 590 o incluso la GTX 1650 Super, la superaban en rendimiento real, sobre todo en sistemas todavía equipados con PCIe 3.0.

Un caso curioso, más que trágico, es el de la GeForce GT 1030 en su variante DDR4. La versión original con memoria GDDR5 tenía sentido como GPU de bajo consumo para equipos compactos, ofreciendo un ancho de banda cercano a los 48 GB/s. Pero cuando Nvidia y sus socios lanzaron una segunda versión con memoria DDR4 bajo el mismo nombre comercial y los mismos 2 GB de VRAM, el ancho de banda cayó hasta apenas 16 GB/s, con relojes también más bajos. El resultado en pruebas fue que la variante DDR4 rendía menos de la mitad que la GDDR5, un engaño de nomenclatura que confundió a muchísimos compradores que asumieron, con toda la lógica del mundo, que estaban comprando el mismo producto.

El gran protagonista: por qué la RTX 5090 está en esta lista

De todas las incluidas, la más llamativa es sin duda la Nvidia GeForce RTX 5090, precisamente porque no es una GPU lenta ni mal diseñada en el sentido tradicional: es, de hecho, la tarjeta gráfica de consumo más potente del mercado en este momento. Su problema no es de rendimiento, sino de todo lo que rodea a ese rendimiento. Lanzada con un precio recomendado de 1.999 dólares, hoy es habitual encontrarla vendiéndose entre 4.000 y 5.000 dólares, una escalada que en gran parte tiene que ver con la crisis de suministro de memoria RAM que ha golpeado al sector en los últimos meses. A eso se suma una disponibilidad errática, con periodos en los que prácticamente desapareció de las tiendas.

Pero el punto más delicado tiene que ver con el conector de alimentación 12V-2×6, heredero directo del polémico 12VHPWR que ya dio problemas en la RTX 4090. Con un TGP de referencia de 575 vatios, y algunos diseños de placas asociadas que se han visto tirando de más de 600 vatios, el margen de seguridad sobre el límite teórico del conector se reduce a prácticamente nada. Analistas independientes como Roman «der8auer» Hartung han documentado con cámara térmica cómo uno de los cables de este conector puede alcanzar hasta 150 grados centígrados en cuestión de minutos, un dato que apunta a un reparto muy desigual de la carga entre pines, tal y como recoge TechPowerUp. Los casos de conectores fundidos no han sido aislados ni puntuales: el medio británico Club386 relató en primera persona cómo perdió su propia unidad de referencia de la RTX 5090 tras un incidente de este tipo, insistiendo en que no se trataba de un error de instalación sino de un fallo estructural del propio conector, según detallan en su reportaje. Incluso fuentes de seguridad especializadas han comprobado que ni siquiera los sistemas de protección térmica integrados en algunas fuentes de alimentación logran evitar el problema en todos los casos, como recoge Notebookcheck en su cobertura del fallo del sensor TempGuard de ASRock. Así que, entre precio disparado, disponibilidad inestable y un historial de incidentes térmicos que se sigue alargando mes tras mes en 2026, la RTX 5090 se ha ganado a pulso un puesto en esta lista, pese a ser, paradójicamente, la reina indiscutible del rendimiento bruto.

Reflexiones adicionales

Lo interesante de repasar estos fracasos es que casi nunca comparten una única causa. Unos pecan de exceso de ambición térmica, otros de recortes mal calculados, y algún caso especialmente sonado —el de la RTX 5090— demuestra que hasta el hardware más potente puede acabar en una lista de «peores» si el ecosistema que lo rodea, desde el precio hasta el conector de alimentación, no está a la altura. También queda claro que la industria repite patrones: el conector de 16 pines que hoy da problemas en las gráficas de gama alta no deja de ser el heredero directo de errores de diseño ya vistos en generaciones anteriores, solo que ahora con mucha más potencia en juego. Con la próxima generación de GPU ya en el horizonte, cabe preguntarse si estas lecciones se aplicarán de verdad o si dentro de unos años estaremos escribiendo un artículo parecido sobre otro modelo que hoy parece intocable.

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