El verano de 2026 está poniendo de nuevo a Francia y España en primera línea de la crisis climática, con decenas de miles de hectáreas calcinadas y cientos de miles de personas desalojadas de sus casas. Pero detrás de las imágenes de columnas de humo y de hidroaviones sobrevolando el Gironda o la sierra de Ávila hay un ecosistema tecnológico cada vez más sofisticado que intenta cambiar las reglas del juego: cámaras con inteligencia artificial capaces de detectar una columna de humo a veinte kilómetros, drones que despegan solos en cuanto salta una alarma y plataformas de datos que cruzan satélites, sensores y modelos meteorológicos para anticipar por dónde va a avanzar el fuego. No sustituyen a los bomberos, pero están cambiando radicalmente los minutos —a veces las horas— que separan un conato controlable de un incendio fuera de control.

Un verano que está volviendo a poner a prueba a dos países

Los incendios que están azotando el suroeste de Francia y el centro de España en las últimas semanas no son un episodio aislado, sino la confirmación de una tendencia que se repite verano tras verano con mayor intensidad. Solo en España, los incendios ya han arrasado más de 121.000 hectáreas en lo que va de año, por encima de la media anual de la última década, que se sitúa en torno a las 101.000 hectáreas, según cifras oficiales citadas por el propio Gobierno. En Francia, la región de Gironda ha vivido de nuevo un incendio de grandes dimensiones que ha obligado a evacuar a más de 250.000 personas y ha quemado más de 40.000 hectáreas de bosque, en un contexto de olas de calor cada vez más tempranas y persistentes. Este escenario es precisamente el que ha acelerado la adopción de tecnologías de detección temprana y de apoyo a la extinción en ambos países, con inversión pública y proyectos piloto que llevan varios años gestándose y que ahora empiezan a desplegarse a escala real.

Cámaras con inteligencia artificial: centinelas en lo alto del monte

Uno de los desarrollos más interesantes de los últimos meses es la instalación de redes de cámaras inteligentes en zonas de alto riesgo. En el departamento francés de Pirineos Orientales, por ejemplo, se ha puesto en marcha desde el 1 de julio una red de diez emplazamientos equipados con cámaras de vigilancia dotadas de inteligencia artificial, situadas en puntos elevados a unos 500 metros sobre el nivel del mar y capaces de detectar humo o focos de fuego a una distancia de hasta 20 kilómetros, tal y como recoge Connexion France. El sistema combina software de detección capaz de distinguir entre un incendio real y una falsa alarma —niebla, polvo o incluso el vapor de una industria cercana— con paneles fotovoltaicos que garantizan el funcionamiento autónomo en zonas remotas sin acceso a la red eléctrica, y transmite las alertas en tiempo real a la central de coordinación del servicio de bomberos SDIS 66. Este tipo de infraestructura bebe de proyectos como Pyronear, la iniciativa francesa de código abierto que ha llegado a detectar un incendio forestal en Fontainebleau a 35 kilómetros de distancia, estableciendo un nuevo récord para este tipo de sistemas de visión por computador entrenados específicamente para reconocer penachos de humo incipientes.

El producto que centra la conversación: la red de cámaras del SDIS 66

Si hay un desarrollo concreto que merece detenerse es precisamente esa red de vigilancia del departamento de Pirineos Orientales, porque resume bien hacia dónde va la detección temprana de incendios en el sur de Europa. No se trata de un dron ni de un satélite, sino de un sistema relativamente sencillo y barato de desplegar: cámaras fijas de alta resolución, conectividad autónoma vía energía solar y un modelo de inteligencia artificial entrenado con decenas de miles de imágenes reales de incendios en Francia, España, Chile y Estados Unidos. Los conjuntos de datos que alimentan estos algoritmos, como el que ha documentado recientemente el propio equipo de Pyronear, incluyen alrededor de 150.000 anotaciones manuales sobre 50.000 imágenes correspondientes a 640 incendios distintos, lo que da una idea de la escala de entrenamiento necesaria para que un algoritmo aprenda a diferenciar un penacho de humo real de una nube baja o de la calima. Lo interesante de este enfoque es que prioriza el bajo coste y la facilidad de despliegue frente a soluciones satelitales más caras, lo que permite multiplicar el número de puntos de vigilancia en zonas rurales que hasta ahora dependían casi exclusivamente de torres de vigía con personal humano y de los avisos ciudadanos.

Drones que despegan solos hacia el humo

Además de las cámaras fijas, cada vez es más habitual ver drones autónomos entrar en acción en cuanto se detecta un posible foco. La empresa alemana Dryad Networks, por ejemplo, ha desarrollado un sistema combinado formado por sensores de gas de bajo consumo distribuidos por el bosque, cada uno capaz de vigilar una superficie equivalente a un campo de fútbol, y un dron llamado Silvaguard que se activa automáticamente cuando la red detecta indicios de combustión en fase de fuego latente, mucho antes de que sea visible a simple vista. En una línea similar trabaja la startup danesa Robotto, cuyos cuadricópteros vuelan de forma autónoma sobre zonas predefinidas equipados con cámaras térmicas conectadas a una unidad de procesamiento con inteligencia artificial, capaz de calcular en minutos la posición, el tamaño y la intensidad de un incendio, según explica su cofundador en declaraciones recogidas por Euronews. La ventaja frente a la imagen satelital, que puede acumular retrasos de doce o incluso veinticuatro horas, es evidente: los drones ofrecen una foto del terreno en tiempo real que permite a los mandos de bomberos decidir con datos frescos cuántos efectivos movilizar y hacia dónde.

Cuando el dato se convierte en decisión operativa

Toda esta avalancha de información —imágenes de cámaras, lecturas de sensores de gas, datos satelitales, telemetría de drones— sería inútil sin plataformas capaces de fusionarla y convertirla en algo que un mando de extinción pueda usar sobre el terreno. Iniciativas como WIFIRE Commons, en Estados Unidos, o el programa FireAId, impulsado por el Foro Económico Mundial tras los devastadores incendios de Turquía de 2021, trabajan precisamente en esa capa intermedia: emplean modelos de aprendizaje automático para combinar datos de distintas fuentes y organizaciones, homogeneizar su resolución y alimentar modelos de propagación del fuego que ayudan a anticipar su comportamiento con horas de antelación. Este tipo de sistemas ya ha demostrado en la práctica que puede reducir tanto los tiempos de respuesta como el riesgo asumido por el personal de extinción, un factor especialmente relevante cuando se trata de decidir si merece la pena enviar brigadas terrestres a zonas de difícil acceso o si es más seguro concentrar los medios aéreos.

Los medios tradicionales no desaparecen, se coordinan mejor

Toda esta capa digital no sustituye a los recursos clásicos de extinción, sino que los complementa. Los aviones anfibios tipo Canadair, los helicópteros bombarderos de agua y los grandes aviones de carga capaces de descargar retardante químico siguen siendo, hoy por hoy, la herramienta más eficaz para frenar un incendio ya declarado, tal y como se ha visto de nuevo esta semana en la operación desplegada cerca de Burdeos. Lo que cambia es la forma en que se coordinan: con datos de detección temprana y modelos de propagación más fiables, los mandos pueden decidir con más precisión dónde posicionar preventivamente esos medios aéreos, en lugar de reaccionar únicamente cuando el fuego ya es visible desde el aire. La propia cobertura reciente de la crisis, recogida por NPR, refleja esa combinación de esfuerzo humano y apoyo tecnológico, con cuadrillas trabajando contrarreloj sobre el terreno mientras las autoridades intentan anticiparse a la siguiente ola de calor.

Reflexiones finales

Nada de esto convierte los incendios forestales en un problema resuelto, y sería ingenuo presentarlo así. El cambio climático está alargando las temporadas de riesgo y endureciendo las condiciones meteorológicas hasta el punto de que la vegetación llega cada vez más seca al verano, lo que anula parte de las ventajas que ofrece detectar un fuego antes. Pero sí queda claro que la combinación de cámaras inteligentes, drones autónomos y plataformas de datos está empezando a ganar minutos valiosos en la fase más crítica de cualquier incendio, la que va desde que prende la primera chispa hasta que llegan los primeros efectivos. Si algo demuestran los despliegues en Pirineos Orientales o los proyectos como Pyronear, Dryad o Robotto es que buena parte de la innovación no está en sustituir al bombero, sino en darle información mejor y más rápida para que su trabajo, que sigue siendo insustituible, resulte algo menos temerario.

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