Las gafas con cámara, auriculares y asistente de inteligencia artificial integrados han dejado de ser un experimento para convertirse en un producto de consumo. Meta acaba de presentar nuevos modelos de Ray-Ban, otras marcas más pequeñas lanzan los suyos y se rumorea que Apple también prepara algo en esta categoría. La comodidad es evidente, pero tiene una cara menos agradable: cualquiera puede grabar vídeo o hacer fotos sin sacar el móvil, y el pequeño LED que avisa de la grabación no siempre se ve bien. Ante esa situación han aparecido aplicaciones que escanean las señales Bluetooth de tu alrededor para avisarte de que hay unas gafas inteligentes cerca. Repasamos cómo funcionan, qué ofrecen las dos más conocidas, Nearby Glasses y ZuckOff, y hasta dónde pueden llegar.

Un problema de privacidad que crece con la tecnología

El atractivo de estas gafas es fácil de entender. Permiten escuchar música o pódcast, preguntar a un asistente por lo que tienes delante y capturar imágenes con las manos libres, algo muy práctico en una bajada en bici de montaña o mientras los niños abren los regalos. El inconveniente es que esa misma discreción sirve a quien quiere grabar sin que nadie se entere. Los modelos de los grandes fabricantes incorporan una luz que indica cuándo se graba, pero según la guía de Popular Science esa luz no siempre resulta visible y en algunos casos puede manipularse.

La reacción social no se ha hecho esperar. Aunque en la mayoría de los lugares todavía no existe una legislación específica, ya se ven las primeras prohibiciones: el sistema judicial del estado de Nueva York vetó el uso de gafas inteligentes dentro de sus edificios, tal como explicó la asociación de abogados del estado. En España y en el resto de la Unión Europea el debate llegará por la vía del derecho a la propia imagen y de la protección de datos personales, pero mientras tanto lo único que tiene el ciudadano a mano es la detección técnica.

Cómo se detecta unas gafas con Bluetooth

El principio es sencillo y, a la vez, bastante elegante. Todo dispositivo Bluetooth de bajo consumo emite periódicamente paquetes de anuncio para que otros equipos puedan descubrirlo. Esos paquetes viajan por tres canales dedicados, el 37, el 38 y el 39, situados en 2402, 2426 y 2480 MHz, con intervalos configurables que van de 20 milisegundos a unos 10 segundos. Dentro de cada paquete hay datos que identifican al fabricante y, a menudo, un nombre o patrón característico del modelo. Las aplicaciones de detección se limitan a escuchar esos anuncios y compararlos con una lista de identificadores conocidos de gafas inteligentes. No hay magia ni análisis de imagen: solo reconocimiento de patrones en señales de radio que el propio aparato emite.

La otra mitad de la ecuación es la distancia. El teléfono mide la potencia con la que recibe cada señal, un valor llamado RSSI que se expresa en decibelios-milivatio, con cifras típicas entre unos -40 dBm para algo muy cercano y -90 dBm para algo casi inaudible. En espacio libre, cada caída de aproximadamente 6 dB equivale a duplicar la distancia, aunque en la práctica el cuerpo humano, las paredes o los muebles pueden restar entre 10 y 20 dB adicionales. Por eso las apps permiten ajustar un umbral: cuanto más estricto sea, más cerca tienen que estar las gafas para saltar la alarma. Con Bluetooth de bajo consumo, el alcance útil suele moverse entre unos pocos metros en interior y algunas decenas de metros al aire libre.

Nearby Glasses: gratuita y de código abierto

Nearby Glasses es la aplicación veterana de las dos. Está disponible sin coste en Android y iOS, y su código es abierto, de modo que cualquiera puede revisarlo o adaptarlo. Según describe Popular Science, está cuidada, se actualiza con regularidad y se centra en hacer una sola cosa bien: escanear el entorno, comparar los identificadores Bluetooth con los de modelos conocidos y avisar cuando encuentra uno.

En los ajustes se puede regular la sensibilidad mediante el umbral de RSSI, lo que determina con qué frecuencia recibirás avisos. Un umbral muy permisivo te alertará de gafas situadas a bastante distancia, con más falsas alarmas, mientras que uno estricto solo reaccionará cuando estén muy cerca. Hay una diferencia importante entre sistemas: las alertas en segundo plano, con la aplicación cerrada, solo funcionan en Android. En iOS, por tanto, hay que mantener la app abierta para que sea útil, una limitación que conviene tener presente si pensabas guardar el teléfono en el bolsillo y olvidarte.

ZuckOff: más pulida, pero con parte de pago

ZuckOff es la recién llegada, y su nombre alude sin disimulo al máximo responsable de Meta. También está disponible para Android y iOS, pero en este caso no es de código abierto y buena parte de sus funciones son de pago. La detección básica es gratuita, aunque el escaneo en segundo plano y el historial completo de detecciones requieren una suscripción de 14,99 dólares al año o un pago único de 29,99 dólares por acceso de por vida. Haciendo cuentas, la compra vitalicia sale rentable a partir de poco más de dos años de uso.

Como Nearby Glasses, analiza las señales Bluetooth cercanas y permite fijar el umbral de RSSI, además de mostrar un desglose de lo cerca o lejos que está cada dispositivo detectado. Entre sus rasgos propios destaca que puede hacer vibrar el teléfono cuando unas gafas entran en la zona que has definido, tanto en Android como en iOS, aunque esa función es de pago. También ofrece la posibilidad de registrar tus propios dispositivos para que no se marquen como falsos positivos, algo que tiene poco sentido si no tienes gafas de ese tipo. Popular Science valora que es una aplicación fiable y bien presentada, y que el historial merece la pena si te compensa pagar.

Lo que estas aplicaciones no pueden hacer

Conviene ser realista con las expectativas. Ambas herramientas dependen de que las gafas tengan el Bluetooth activo y emitan anuncios; si el usuario lo desactiva, la detección falla. Tampoco señalan a la persona concreta que las lleva, de modo que en un lugar concurrido quedará a tu criterio averiguar quién es, o simplemente marcharte. A esto se suma que las listas de identificadores dependen de que los desarrolladores las mantengan al día frente a los nuevos modelos, algo que en un mercado que cambia cada pocos meses no es trivial. En resumen, son una guía y no un detector infalible: cuando saltan, hay motivo para estar atento, pero cuando callan no garantizan que no haya nadie grabando.

Reflexiones adicionales

Lo más llamativo de este asunto es que la respuesta a un problema de privacidad creado por un nuevo dispositivo llega desde la propia tecnología que lo hace posible. Un aparato que se anuncia por radio es, por definición, localizable, y eso abre una vía de defensa sencilla y barata que no depende de leyes ni de la buena voluntad del fabricante. Pero también muestra los límites del enfoque: la protección cae sobre quien no quiere ser grabado, que debe llevar una aplicación activa, y no sobre quien graba.

Cabe esperar que el debate se traslade pronto a normas más claras sobre dónde puede usarse este tipo de gafas, como ya ocurre en los juzgados neoyorquinos, y a exigencias técnicas sobre el indicador de grabación. Hasta entonces, la combinación de sentido común, atención al entorno y alguna de estas apps es una opción razonable para quien se sienta incómodo. Para quienes llevamos años escribiendo sobre wearables, queda además una lección práctica: cuando una categoría de producto madura rápido, el ecosistema de contramedidas aparece casi a la vez.

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