Un estudio internacional con 2 928 personas hispanohablantes de cinco países latinoamericanos sugiere que la forma de hablar contiene pistas sobre cómo envejece el cerebro. Los investigadores analizaron aspectos como el ritmo, las pausas, el tono, el vocabulario y la organización del discurso, y con ellos entrenaron modelos de aprendizaje automático capaces de estimar la edad. La diferencia entre esa edad estimada y la real, la llamada brecha de edad del habla, fue mayor en personas con alzhéimer o demencia frontotemporal. También reflejó el peso de las desigualdades sociales acumuladas durante la vida. El trabajo apunta a herramientas de evaluación remotas, económicas y no invasivas, útiles en lugares sin acceso a resonancias magnéticas. Aun así, los autores advierten de que faltan estudios que sigan a los mismos participantes durante años y que se prueben en otras lenguas.

Qué se ha descubierto

El habla es mucho más que un medio para comunicarse. La melodía y el ritmo transmiten emociones, y la voz funciona como una firma sonora que delata edad, procedencia o nivel educativo. El equipo liderado por el argentino Agustín Ibáñez, del Global Brain Health Institute y el Trinity College de Dublín, ha comprobado que también ofrece información sobre la salud cerebral. En el trabajo participaron 52 investigadores y los resultados se publicaron en Science Advances.

Según los autores, las palabras que elegimos, las pausas entre frases y la pérdida sutil de riqueza léxica permiten intuir la velocidad a la que envejece el cerebro. Esos indicios aparecen además en enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer y el párkinson.

Un consorcio para corregir un sesgo

Buena parte de lo que se sabe sobre las demencias procede de estudios con poblaciones de ascendencia europea y de países ricos. Para compensarlo nació en 2020 el consorcio ReDLat, que reúne a unos 90 investigadores latinoamericanos de 13 instituciones. Su objetivo es entender cómo se combinan la genética, el ambiente y las condiciones sociales en el envejecimiento cerebral.

Durante un año, el equipo recogió la voz de 2 928 personas de entre 18 y 88 años, procedentes de Argentina, Chile, Colombia, México y Perú. Había adultos sanos y pacientes con deterioro cognitivo leve, alzhéimer y varias formas de demencia frontotemporal. Las sesiones se hacían en salas silenciosas y con luz tenue. Cada voluntario veía un breve vídeo animado y escuchaba una historia contada por un examinador. Minutos después, debía repetirla con sus propias palabras y recordar el máximo de detalles. También tenía que nombrar durante un minuto tantos animales y vegetales como pudiera.

Esas pruebas permitieron examinar la producción lingüística, la memoria episódica y la fluidez semántica y fonológica. El neurocientífico Adolfo García, que lleva veinte años estudiando el lenguaje desde una perspectiva cerebral, destaca que el habla acompaña a cualquier persona desde que se levanta hasta que se acuesta. Por eso, al desmenuzarla, se obtiene información a escala individual, de grupo y de población.

TELL: la herramienta que analiza la voz

El análisis se hizo con TELL (Toolkit to Examine Lifelike Language), una plataforma desarrollada por una empresa emergente. Según la información publicada, ya se utiliza en más de quince países.

TELL descompone unos pocos minutos de voz en decenas de componentes. Mide la velocidad, el número de sílabas por segundo, la duración y la frecuencia de las pausas y el tono. También registra las palabras empleadas y hasta el contenido emocional de lo que se dice. El equipo extrajo cientos de características que combinan aspectos acústicos, de pronunciación y de lenguaje, como el vocabulario y la organización del discurso.

Un detalle técnico importante es que el español varía mucho entre países y regiones. Cambian los acentos, las entonaciones y los ritmos. En medio de esa heterogeneidad, el reto era encontrar marcadores que sirvieran más allá del dialecto. García, cocreador de la aplicación, es también uno de los autores del estudio.

Los relojes del habla

Con todas esas piezas, los modelos de aprendizaje automático estimaron la edad de cada persona. De ahí salió la medida central del trabajo, los llamados relojes del habla. Ibáñez recuerda que envejecer no es un proceso único ni lineal. Una persona puede tener una edad cronológica y, a la vez, edades distintas a escala cerebral, biológica, epigenética o conductual.

La diferencia entre la edad estimada por el habla y la edad real es la brecha de edad del habla. Indica cuánto más joven o más envejecida suena alguien respecto a lo esperable para su edad. Una persona de 60 años, por ejemplo, podría tener un patrón de habla parecido al que el modelo suele ver en alguien mayor.

Los participantes sanos mostraron las brechas más pequeñas. Las brechas crecieron de forma progresiva en personas con alzhéimer y con distintas formas de demencia frontotemporal. El estudio también detectó señales tempranas de alteraciones asociadas a enfermedades neurodegenerativas. Además, la exposición prolongada a condiciones socioeconómicas desfavorables, lo que los autores llaman exposoma social, aceleraba el envejecimiento del habla tanto en adultos sanos como en pacientes con demencia.

Un camino que viene de lejos

La idea de que el lenguaje cambia con la enfermedad no es nueva. Alois Alzheimer ya había registrado alteraciones del habla en sus pacientes en 1901. El interés se reavivó en los años noventa y despegó en la década de 2000, cuando las grabaciones digitales permitieron analizar miles de fragmentos y cruzar cómo se dice algo con lo que se dice.

En 2020, un grupo de científicos analizó 703 grabaciones de 270 personas de la ciudad estadounidense de Framingham para buscar señales tempranas de deterioro cognitivo. Ese trabajo se publicó en eClinicalMedicine.

Los hallazgos acumulados son muy concretos. Las pausas son, de media, más largas en personas con deterioro cognitivo leve y con alzhéimer. Otros resultados sorprenden más. La riqueza del vocabulario aumenta con la edad en adultos mayores sanos, que conservan un repertorio amplio. Con el alzhéimer ocurre lo contrario, porque se repiten más palabras y se usan términos más simples y menos variados.

Reflexiones adicionales

Lo más atractivo del trabajo es su coste. Hernán Hernández, del Instituto Latinoamericano de Salud Cerebral de la Universidad Adolfo Ibáñez, destaca que el método es accesible, sencillo y no invasivo, y mucho más económico que una resonancia magnética. En muchos países en desarrollo, los centros de salud carecen de equipos de neuroimagen de última generación o de material para análisis de sangre que detecten signos de neurodegeneración. Un registro de voz podría servir de primer filtro para decidir quién necesita una evaluación más profunda, incluso a distancia.

Conviene, sin embargo, no precipitarse. Los propios autores reconocen que hacen falta estudios longitudinales, que sigan a las mismas personas durante años, idealmente desde antes de que enfermen. Solo así se sabrá si las señales iniciales anticipan cambios posteriores, como la atrofia cerebral. Tampoco hay que perder de vista la dimensión lingüística. Existen unas 7 000 lenguas vivas y la mayor parte de la evidencia procede del inglés. García advierte de que las alteraciones asociadas al envejecimiento no son las mismas en hablantes de español, turco, urdu o chino mandarín. Es un reto que el campo todavía no ha abordado bien.

Desde el punto de vista tecnológico, es un buen ejemplo de cómo el análisis de audio y el aprendizaje automático pueden salir del laboratorio hacia la salud pública. La condición es que se entrenen con datos diversos y representativos, como ha intentado este estudio al centrarse en Latinoamérica.

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