Cada verano, bajar a una estación del metro neoyorquino se convierte en una experiencia casi tropical: calor húmedo, aire estancado y la sensación de que la temperatura sube según se desciende, en lugar de bajar. La Metropolitan Transportation Authority (MTA) ha decidido probar una solución que hasta ahora se asociaba más a edificios de oficinas o aeropuertos asiáticos que a infraestructuras subterráneas centenarias: la refrigeración radiante. El proyecto piloto, instalado en la estación de East Broadway, en el Lower East Side de Manhattan, utiliza tecnología de la startup Cascara Energy para absorber calor de forma pasiva mediante tuberías ocultas en el techo, sin necesidad de las obras masivas que exigiría instalar aire acondicionado convencional en un sistema con más de cien años de antigüedad y escaleras abiertas al exterior.

Un problema de diseño, no solo de clima

El calor en el metro de Nueva York no es únicamente una cuestión meteorológica, sino también estructural. Las estaciones se construyeron sin previsión de climatización, con accesos abiertos directamente a la calle, lo que hace que cualquier sistema de aire acondicionado tradicional resulte ineficaz: el aire frío se escaparía constantemente hacia el exterior. Paradójicamente, los propios trenes, que sí cuentan con climatización para comodidad de los pasajeros, agravan el problema, ya que sus unidades de aire acondicionado expulsan aire caliente directamente a los túneles y andenes. Jamie Torres-Springer, presidente de construcción y desarrollo de la MTA, ha reconocido que la agencia se encuentra en modo de experimentación, buscando alternativas que convivan con las limitaciones físicas de una red que además debe lidiar con inundaciones costeras y lluvias torrenciales cada vez más intensas.

Cómo funciona la refrigeración radiante

A diferencia de un aparato de aire acondicionado convencional, que enfría el aire de una habitación mediante un flujo de aire frío, la refrigeración radiante actúa sobre las superficies y, por extensión, sobre los cuerpos que irradian calor hacia ellas. El sistema instalado en East Broadway consiste en tuberías con agua refrigerada, integradas en arcos del techo y ocultas tras rejillas, que absorben el calor ambiental y lo transportan fuera de la estación. En esta fase piloto se emplea un refrigerante para enfriar el agua, aunque versiones futuras podrían prescindir del agua como intermediario y usar refrigerante directamente en el circuito. Según los datos aportados por Cascara, este enfoque permite un ahorro energético de entre el 25% y el 35% frente a sistemas de climatización tradicionales, precisamente porque no depende de enfriar grandes volúmenes de aire que se pierden con facilidad en espacios abiertos.

La zona de pruebas es un pasillo de unos 93 metros cuadrados, donde el objetivo no es conseguir una sensación de frío, sino mantener una temperatura en torno a los 29 grados centígrados, incluso con el calor que sigue entrando por las escaleras abiertas, los trenes y la propia afluencia de viajeros. La clave técnica reside en que este tipo de sistema enfría directamente a las personas por radiación, no solo el aire circundante, por lo que resulta menos sensible a las variaciones térmicas que introduce el ir y venir constante de pasajeros y convoyes.

Cascara Energy, la empresa detrás del piloto

El protagonista tecnológico de este proyecto es Cascara Energy, una startup que ha desarrollado una variante de refrigeración radiante pensada específicamente para retrofit, es decir, para instalarse en edificios e infraestructuras ya existentes sin necesidad de obras estructurales profundas. Mientras que muchos sistemas radiantes se integran directamente en paredes durante la construcción de un edificio, la propuesta de Cascara se presenta como un módulo añadido, adaptable a espacios reducidos e irregulares, como precisamente los arcos del techo de una estación de metro de principios del siglo XX. Robert Croghan, consejero delegado de la compañía, ha planteado una visión más ambiciosa que el simple confort térmico: convertir el calor residual capturado por el sistema en un recurso vendible. Según Croghan, cada ciudad cuenta ya con una especie de intercambiador geotérmico natural bajo sus calles, sobre el que además circulan trenes que generan calor de forma constante, un potencial que hasta ahora apenas se ha explotado. La MTA planea precisamente monitorizar durante un año no solo la variación de temperatura en la zona piloto, sino también cuantificar el valor económico de ese calor residual, evaluando la posibilidad de venderlo en el futuro a edificios cercanos para climatización de agua caliente sanitaria.

Precedentes: Londres y la reutilización del calor del metro

Nueva York no sería pionera en este terreno. En Londres, una estación abandonada del metro se transformó en un centro energético equipado con un enorme ventilador que extrae el calor acumulado en los túneles subterráneos, aprovechándolo para calentar agua destinada a una red de calefacción urbana que abastece a más de dos mil viviendas cercanas, tal y como recoge la ingeniería Ramboll en la documentación de su proyecto de Bunhill. Este tipo de iniciativas encajan dentro de una tendencia más amplia de electrificación y reutilización de calor residual en infraestructuras urbanas, un campo que analistas del sector energético siguen de cerca porque combina eficiencia energética con reducción de emisiones sin requerir grandes inversiones en generación nueva. Un análisis del Rocky Mountain Institute sobre sistemas de calor residual urbano apunta que aprovechar fuentes de calor de baja temperatura, como las que genera el transporte subterráneo, puede reducir significativamente la dependencia de combustibles fósiles en calefacción de distrito, especialmente en ciudades con infraestructura de túneles ya existente.

Los límites del piloto y el reto de escalar

Conviene no perder de vista que se trata, por ahora, de una prueba muy acotada. El sistema de metro de Nueva York cuenta con 472 estaciones, y aunque los resultados en East Broadway sean positivos, la MTA no tiene todavía un plan concreto para extender la tecnología al resto de la red. La agencia explora en paralelo otras vías, como la refrigeración geotérmica, que aprovecharía las temperaturas más estables que existen a mayor profundidad bajo la ciudad, un principio físico bien documentado en ingeniería geotérmica y que el Departamento de Energía de Estados Unidos explica en detalle en su portal técnico sobre bombas de calor geotérmicas. La comparación entre ambos enfoques no es trivial: mientras la refrigeración radiante de Cascara actúa a nivel superficial y puede instalarse con relativa rapidez, la geotérmica implicaría perforaciones más profundas y una inversión inicial considerablemente mayor, aunque con un potencial de eficiencia energética a largo plazo también superior.

Mientras se resuelve qué tecnología, o combinación de tecnologías, terminará implantándose de forma masiva, la MTA insiste en que la medida más eficaz a corto plazo sigue siendo puramente operativa: aumentar la frecuencia y fiabilidad del servicio. Torres-Springer ha subrayado que, por muy calurosa que esté una estación, lo que realmente alivia a los pasajeros es no tener que esperar mucho tiempo antes de subir a un tren con aire acondicionado. Esta perspectiva recuerda que la innovación tecnológica, por prometedora que sea, convive con soluciones de gestión mucho más sencillas y ya probadas.

Reflexiones adicionales

Lo interesante del caso de East Broadway no es tanto la novedad de la refrigeración radiante en sí, una tecnología con más de una década de recorrido en edificios comerciales, sino su aplicación a un entorno tan hostil como una estación de metro centenaria, con flujos de calor constantes e imposibles de aislar por completo. El verdadero valor añadido, si el piloto confirma las expectativas, estaría en la segunda fase del proyecto: la monetización del calor residual como recurso energético compartido con el entorno urbano. Ese modelo, ya ensayado en Londres a menor escala, plantea una forma distinta de entender las infraestructuras de transporte, no solo como consumidoras de energía, sino como generadoras de un subproducto aprovechable. Queda por ver si los números —ahorro energético, coste de instalación por estación y valor de reventa del calor— terminan de cuadrar cuando se multipliquen por las 472 estaciones de la red, o si el proyecto se quedará, como tantos pilotos de innovación urbana, en una demostración de concepto interesante pero de escalado limitado.

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