La reducción de la movilidad por la crisis de la COVID–19 ha provocado una mejora sin precedentes de la calidad del aire, también en relación al ozono troposférico. Sin embargo, casi 36 millones de españoles han seguido respirando aire contaminado por ozono durante el pasado verano.

En este escenario de reducciones, tampoco se han dado casi superaciones del umbral marcado para informar a la población y los indicadores solo han subido una vez por encima del umbral de alerta, en Puertollano. Algo que no se había producido desde que se empezaron a medir de forma sistemática los niveles del contaminante, a inicios de la década de los noventa del siglo pasado.

El conocido como ozono “malo” en contraste con el bueno, que protege de la radiación ultravioleta en la estratosfera, es un contaminante secundario muy complejo que necesita para formarse de otras sustancias precursoras. El ozono aparece en verano cerca de la superficie terrestre por una combinación de la radiación solar con los óxidos de nitrógeno (NOx), procedentes sobre todo de los tubos de escape de los coches y con otros compuestos orgánicos volátiles (COV) por la combustión de carbón, petróleo o gas en centrales eléctricas, vehículos a motor y calderas.

Por eso este año es lógico que se haya reducido a nivel general «gracias» al estado de alarma, confinamiento social y limitación de la movilidad que estamos sufriendo.

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