La medición de la frecuencia cardíaca se ha convertido en una pieza central del entrenamiento moderno y del seguimiento de la salud cardiovascular. Desde los clásicos monitores con banda en el pecho hasta los relojes inteligentes capaces de registrar pulsaciones las 24 horas del día, la tecnología ha avanzado de forma notable en la última década. Sin embargo, más allá de la comodidad y el diseño, surge una pregunta clave: ¿qué nivel de precisión ofrecen realmente estos dispositivos? El artículo publicado en Triathlete analiza precisamente esta cuestión, poniendo el foco en las diferencias entre tecnologías y en cómo interpretar los datos que obtenemos. A partir de esa información, en este texto profundizamos en los aspectos técnicos, en los márgenes de error y en las situaciones en las que un sistema puede ser claramente superior a otro.

El valor real de medir la frecuencia cardíaca

La frecuencia cardíaca, expresada en latidos por minuto (bpm), es un parámetro fisiológico directo del esfuerzo cardiovascular. En términos técnicos, el corazón responde al aumento de demanda metabólica incrementando el gasto cardíaco, que es el producto de la frecuencia cardíaca por el volumen sistólico. Cuando entrenamos por zonas, por ejemplo entre el 60 % y el 85 % de la frecuencia cardíaca máxima, estamos trabajando en rangos que se asocian con adaptaciones concretas como mejora de la capacidad aeróbica o aumento del umbral anaeróbico.

La fiabilidad de esta métrica depende del método de medición. Los monitores de pecho utilizan electrodos que detectan la actividad eléctrica generada en cada contracción cardíaca, de forma muy similar a un electrocardiograma (ECG). En condiciones controladas, la desviación típica respecto a un ECG clínico suele situarse en torno a ±1 o ±2 bpm, con coeficientes de correlación superiores a 0,98. Esto los convierte en el estándar de referencia para deportistas que necesitan datos muy precisos.

Por otro lado, la mayoría de relojes y pulseras actuales emplean tecnología de fotopletismografía, o PPG. Este sistema proyecta luz verde —y en algunos casos también infrarroja— sobre la piel y analiza los cambios en la absorción lumínica provocados por la variación del volumen sanguíneo. Es una estimación indirecta del pulso. Según el análisis publicado en Triathlete, sobre la precisión de los monitores de frecuencia cardíaca, esta tecnología puede ser bastante fiable en reposo o durante ejercicio estable, pero su margen de error aumenta en condiciones dinámicas.

Sensores eléctricos frente a sensores ópticos

Desde el punto de vista técnico, la diferencia principal entre ambos sistemas radica en la naturaleza de la señal captada. El sensor eléctrico mide directamente el potencial bioeléctrico generado por el nodo sinusal y transmitido por el sistema de conducción cardíaco. La señal tiene una morfología clara y repetitiva, lo que facilita su detección incluso en presencia de movimiento moderado.

En cambio, el sensor óptico depende de variables externas como la presión del dispositivo sobre la piel, el tono cutáneo, la temperatura ambiente o la perfusión periférica. Durante ejercicio intenso, especialmente cuando se superan los 150 o 160 bpm, la vasoconstricción periférica puede alterar la señal óptica y generar lecturas erráticas. En estudios comparativos se observan errores medios absolutos que pueden oscilar entre 3 y 10 bpm dependiendo de la intensidad del ejercicio y del modelo evaluado.

En términos cuantitativos, una diferencia de 10 bpm en un entrenamiento por intervalos puede suponer trabajar fuera de la zona objetivo. Si un atleta pretende mantener 170 bpm y el reloj marca 160 bpm debido a un retraso en la lectura, la carga real será mayor de la planificada. Este desfase puede afectar a la periodización del entrenamiento y a la recuperación.

El impacto del movimiento y la dinámica del ejercicio

Uno de los puntos que más se repiten en la literatura es la influencia del movimiento. Actividades como el ciclismo en carretera irregular, el trail running o los entrenamientos funcionales con movimientos explosivos generan artefactos que afectan a la señal óptica. El desplazamiento relativo entre sensor y piel produce ruido en la lectura. En cambio, la banda de pecho, al estar más estable y centrada en el torso, mantiene una señal más limpia.

Un estudio clínico publicado en JAMA Cardiology sobre la exactitud de dispositivos de muñeca mostró que algunos modelos comerciales presentaban desviaciones superiores al 5 % durante ejercicio intenso en cinta rodante. Aunque para un usuario recreativo esto puede ser aceptable, en contextos médicos o de alto rendimiento puede resultar insuficiente.

También existe un fenómeno conocido como “lag” o retraso de respuesta. Cuando la frecuencia cardíaca cambia bruscamente, por ejemplo al iniciar un sprint, el sensor óptico puede tardar varios segundos en reflejar el aumento real. Ese retraso puede situarse entre 5 y 15 segundos dependiendo del algoritmo de procesamiento de señal. En esfuerzos de corta duración, esa latencia reduce la utilidad del dato en tiempo real.

Precisión en reposo y seguimiento continuo

No todo es negativo para los sensores ópticos. En reposo o durante actividad ligera, como caminar a ritmo constante, los errores suelen ser pequeños, a menudo inferiores a ±5 bpm. Además, ofrecen la ventaja de la monitorización continua durante el sueño, lo que permite estimar la frecuencia cardíaca en reposo, la variabilidad de la frecuencia cardíaca (HRV) y patrones circadianos.

Desde un punto de vista fisiológico, la variabilidad de la frecuencia cardíaca es un indicador indirecto del equilibrio entre el sistema nervioso simpático y parasimpático. Para este tipo de mediciones, la estabilidad en reposo favorece lecturas relativamente consistentes incluso con tecnología PPG. Sin embargo, cuando se requiere análisis de intervalos RR con precisión milisegundo a milisegundo, el ECG o la banda de pecho siguen siendo más fiables.

En términos numéricos, la variabilidad de la frecuencia cardíaca puede presentar diferencias de 5 a 20 milisegundos entre dispositivos ópticos y eléctricos, lo que puede alterar la interpretación del estado de recuperación si se utilizan protocolos exigentes.

¿Qué dispositivo conviene elegir?

La respuesta depende del objetivo. Si el propósito principal es entrenar con precisión, realizar test de umbral o controlar sesiones de alta intensidad, la banda de pecho continúa siendo la referencia técnica. Su margen de error reducido y su capacidad de respuesta inmediata ofrecen datos más consistentes. En deportes como triatlón o ciclismo competitivo, donde una diferencia de 3 o 4 bpm puede influir en la estrategia, esa precisión adicional resulta relevante.

En cambio, si el usuario prioriza comodidad y seguimiento global de la salud, los relojes inteligentes proporcionan información suficiente para la mayoría de escenarios. Permiten integrar datos de pasos, sueño, oxígeno en sangre y estrés percibido en un único ecosistema digital. Para entrenamientos moderados o mantenimiento de la forma física general, la desviación típica no suele comprometer el resultado final.

Algunos deportistas optan por combinar ambos sistemas: reloj óptico para el día a día y banda de pecho para sesiones clave. Esta estrategia permite aprovechar la comodidad sin renunciar a la exactitud cuando más importa.

Innovaciones y mejoras tecnológicas

El sector de los wearables continúa evolucionando. Se están desarrollando sensores multiespectrales que combinan diferentes longitudes de onda para mejorar la penetración en la piel y reducir el ruido. También se emplean algoritmos de aprendizaje automático capaces de filtrar artefactos de movimiento en tiempo real.

En laboratorio, algunos prototipos han demostrado errores medios inferiores a 2 bpm frente a ECG en condiciones dinámicas. Sin embargo, trasladar estos resultados al mercado masivo requiere equilibrar consumo energético, tamaño del dispositivo y coste de producción.

Otra línea de investigación explora la integración de sensores ultrasónicos en dispositivos portátiles, lo que permitiría medir el flujo sanguíneo de forma más directa. Aunque aún no es una tecnología extendida comercialmente, podría mejorar la precisión sin recurrir a electrodos adhesivos.

Reflexiones finales

Medir la frecuencia cardíaca es relativamente sencillo; medirla con precisión en cualquier circunstancia no lo es tanto. La diferencia entre capturar una señal eléctrica directa o inferir el pulso mediante cambios ópticos en el flujo sanguíneo explica buena parte de las discrepancias observadas. En reposo, los dispositivos de muñeca cumplen su función con solvencia razonable. Bajo estrés fisiológico elevado o cambios bruscos de intensidad, las limitaciones se hacen más evidentes.

Entender estos matices permite interpretar mejor los datos. No se trata solo de mirar un número en pantalla, sino de conocer su contexto y su margen de error. Para quien entrena con objetivos ambiciosos, la inversión en un sensor más preciso puede tener sentido. Para quien busca controlar su salud general y mantener hábitos activos, la comodidad puede pesar más que la exactitud absoluta.

La tecnología seguirá avanzando, pero mientras tanto conviene recordar que ningún dispositivo sustituye la escucha del propio cuerpo ni el asesoramiento profesional cuando se trata de salud cardiovascular.

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