Un reciente análisis divulgado por New Atlas vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que lleva años generando debate: hasta qué punto el consumo habitual de café y té puede influir en el riesgo de desarrollar demencia. A partir de datos epidemiológicos y estudios longitudinales con miles de participantes, los investigadores han observado asociaciones interesantes entre la ingesta moderada de cafeína y una menor incidencia de deterioro cognitivo. En este artículo analizamos el alcance real de esos resultados, los mecanismos biológicos implicados y las limitaciones metodológicas que aún obligan a ser prudentes.
Un vínculo que va más allá del hábito diario
Durante décadas, el café y el té han sido estudiados por sus posibles efectos sobre la salud cardiovascular y metabólica. Ahora, el foco se desplaza hacia el cerebro. Según el análisis recogido por New Atlas, basado en investigaciones publicadas en revistas científicas revisadas por pares, el consumo regular de café y té se asocia con un menor riesgo de desarrollar demencia, incluida la enfermedad de Alzheimer.
Los datos proceden de grandes cohortes poblacionales en las que se ha seguido a decenas de miles de adultos durante periodos superiores a diez años. En algunos casos, las muestras superan los 350.000 participantes, lo que permite obtener una potencia estadística elevada y detectar reducciones de riesgo del orden del 15 % al 30 % en consumidores moderados frente a quienes apenas ingieren estas bebidas. Desde el punto de vista epidemiológico, una reducción relativa del 20 % en la incidencia de demencia en una cohorte de 100.000 personas podría traducirse en miles de casos evitados a largo plazo.
No obstante, conviene subrayar que hablamos de asociaciones observacionales, no de ensayos clínicos aleatorizados. Es decir, no se puede afirmar de forma categórica que el café o el té prevengan la demencia. Factores como el nivel educativo, la actividad física o la dieta global podrían actuar como variables de confusión. Aun así, los resultados son consistentes con otros trabajos previos que apuntan en la misma dirección.
En términos técnicos, algunos estudios han utilizado modelos de regresión multivariante ajustados por edad, sexo, índice de masa corporal, tabaquismo y comorbilidades. Tras estos ajustes, la ingesta diaria de entre 2 y 4 tazas de café —equivalente aproximadamente a 200-400 mg de cafeína— se asoció con una menor tasa de deterioro cognitivo medido mediante pruebas estandarizadas como el Mini-Mental State Examination (MMSE).
La cafeína como protagonista biológico
Aunque el café y el té contienen múltiples compuestos bioactivos —polifenoles, flavonoides, diterpenos—, la atención se centra en la cafeína. Esta molécula actúa como antagonista de los receptores de adenosina A1 y A2A en el sistema nervioso central. Al bloquear estos receptores, se reduce la inhibición neuronal mediada por adenosina y se incrementa la liberación de neurotransmisores como dopamina y noradrenalina.
Desde un punto de vista neurobiológico, la activación crónica moderada de estos circuitos podría contribuir a mantener la plasticidad sináptica y reducir procesos inflamatorios. Algunos modelos animales han mostrado que la cafeína puede disminuir la acumulación de beta-amiloide en el cerebro, una de las características patológicas de la enfermedad de Alzheimer.
Además, estudios in vitro sugieren que la cafeína puede modular la fosforilación de la proteína tau, otro marcador clave en la fisiopatología de la demencia. Aunque estos resultados experimentales no son directamente extrapolables a humanos, ofrecen una base mecanicista plausible para las asociaciones observadas en estudios poblacionales.
Un aspecto relevante es la dosis. El consumo excesivo de cafeína, superior a 600 mg diarios, puede generar efectos adversos como ansiedad, alteraciones del sueño o incremento de la presión arterial. Organismos como la World Health Organization han señalado que hasta 400 mg de cafeína al día es generalmente seguro para la mayoría de adultos sanos, lo que equivale aproximadamente a cuatro tazas de café filtrado.
El producto principal: café frente a té
Aunque el titular suele mencionar tanto café como té, el producto que concentra mayor atención es el café. En varios estudios citados, el efecto protector aparente es más robusto en consumidores habituales de café que en quienes solo beben té. Esto podría deberse a la mayor concentración de cafeína por taza. Una taza estándar de café filtrado contiene entre 80 y 120 mg de cafeína, mientras que una de té negro suele aportar entre 40 y 60 mg.
Además, el café contiene ácidos clorogénicos y otros antioxidantes que podrían tener un papel adicional en la reducción del estrés oxidativo cerebral. Desde el punto de vista cuantitativo, algunos análisis han estimado que el café es una de las principales fuentes de antioxidantes en la dieta occidental, aportando hasta el 60 % de la ingesta total en determinados grupos poblacionales.
En este contexto, incluso reducciones modestas del riesgo relativo —en torno al 10 % o 20 %— pueden tener un impacto considerable cuando se aplican a millones de personas.
Limitaciones y prudencia científica
Pese al interés creciente, existen limitaciones claras. La medición del consumo de café y té suele basarse en cuestionarios de frecuencia alimentaria autodeclarados, lo que introduce sesgos de recuerdo. Además, la preparación de la bebida —espresso, filtrado, instantáneo— modifica la concentración de cafeína y de otros compuestos, algo que no siempre se detalla con precisión en los estudios.
Desde el punto de vista metodológico, la heterogeneidad entre cohortes dificulta la comparación directa de resultados. Diferencias culturales en el consumo, variaciones genéticas en el metabolismo de la cafeína y desigualdades en el acceso a la atención sanitaria pueden influir en los desenlaces observados. Variantes en el gen CYP1A2, por ejemplo, afectan a la velocidad de metabolización de la cafeína, lo que podría alterar su impacto fisiológico a largo plazo.
Reflexiones finales
El debate sobre el café, el té y la demencia muestra cómo pequeñas modificaciones en el estilo de vida podrían tener efectos acumulativos relevantes. Los datos actuales sugieren que un consumo moderado de café, en el rango de 2 a 4 tazas diarias, podría asociarse con un menor riesgo de demencia, posiblemente a través de mecanismos relacionados con la cafeína y otros compuestos antioxidantes.
Sin embargo, la clave sigue estando en el equilibrio. Mantener la presión arterial bajo control, realizar actividad física regular y seguir una dieta equilibrada son estrategias con un respaldo científico sólido. El café puede formar parte de ese estilo de vida saludable, siempre que se consuma con moderación y teniendo en cuenta las características individuales de cada persona.
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