La anosmia, la pérdida total o parcial del sentido del olfato, suele explicarse por infecciones, traumatismos o causas neurológicas claras. Sin embargo, no siempre hay una razón evidente. En mi caso, el pasado año perdí completamente el olfato sin causa aparente y sin un diagnóstico concluyente. Más allá de la anécdota personal, esta experiencia sirve para entender hasta qué punto el olfato está integrado en la vida cotidiana y cómo su ausencia obliga al cerebro a reorganizarse. En este contexto, nuevas investigaciones están explorando soluciones que no pasan por “recuperar” el olfato clásico, sino por traducir la información química del entorno a otros canales sensoriales, en especial el tacto mediado por el nervio trigémino. Un prototipo reciente propone precisamente eso: captar olores mediante sensores y convertirlos en estímulos táctiles interpretables por el cerebro. Los resultados iniciales apuntan a que esta vía alternativa podría ofrecer información útil incluso a personas con anosmia completa.
Vivir sin olfato: más allá de no oler nada
Perder el olfato no significa únicamente dejar de percibir aromas agradables. En mi experiencia, la ausencia de este sentido afecta a aspectos tan básicos como la percepción del sabor, la detección de riesgos cotidianos o incluso ciertos recuerdos que antes se activaban de forma automática. Técnicamente, la olfacción está conectada de manera directa con estructuras cerebrales como el sistema límbico, lo que explica por qué su pérdida tiene un impacto emocional difícil de cuantificar. A nivel funcional, estudios clínicos estiman que hasta un 80 % de lo que percibimos como “sabor” depende de la retronasalidad, un mecanismo olfativo que deja de funcionar cuando el nervio olfatorio no transmite señales de forma correcta.
Lo interesante es que la nariz no es solo una “antena química”. En la mucosa nasal también actúa el nervio trigémino, responsable de detectar estímulos mecánicos, térmicos e irritantes. Gracias a él notamos el escozor del amoníaco, el frescor del mentol o el picante del wasabi, incluso cuando no identificamos un olor concreto. Investigaciones previas ya habían señalado que muchas moléculas odoríferas activan simultáneamente receptores olfativos y fibras trigeminales, lo que abre la puerta a rutas sensoriales alternativas. Esta dualidad se analiza en profundidad en trabajos académicos como los disponibles en repositorios universitarios especializados en neurociencia sensorial, por ejemplo en estudios accesibles a través de plataformas académicas anglosajonas.
Un dispositivo que “traduce” olores en sensaciones táctiles
El artículo original publicado por New Atlas describe un prototipo experimental que aborda la anosmia desde un enfoque poco convencional. En lugar de intentar regenerar el nervio olfatorio o estimular directamente el bulbo olfatorio, el sistema separa la detección química del acto perceptivo. Primero, una matriz de sensores químicos artificiales analiza el aire y genera una firma digital asociada a determinados compuestos volátiles. Después, esa información se transforma en patrones de estimulación del nervio trigémino dentro de la cavidad nasal.
Desde un punto de vista técnico, el dispositivo funciona con sensores capaces de discriminar variaciones en la concentración de compuestos orgánicos volátiles en rangos de partes por millón, una resolución suficiente para diferenciar estímulos químicos simples. La señal procesada se convierte en impulsos eléctricos con parámetros controlados de intensidad, frecuencia y duración, estimulando distintas zonas trigeminales. En ensayos controlados, estos patrones fueron capaces de generar sensaciones diferenciables por los participantes, aunque no se correspondan con un “olor” tradicional.
Los resultados del estudio, publicados posteriormente en una revista científica revisada por pares, incluyeron a más de 60 voluntarios, tanto con olfacción normal como con anosmia completa. De forma llamativa, ambos grupos lograron distinguir entre diferentes estímulos con tasas de acierto similares tras un breve periodo de entrenamiento. Esto sugiere que la vía trigeminal puede actuar como un canal sensorial relativamente independiente del estado del nervio olfatorio, algo especialmente relevante para quienes, como yo, hemos perdido el olfato sin una causa clara ni opciones terapéuticas evidentes.
Límites actuales y preguntas abiertas
A pesar del interés del planteamiento, conviene no exagerar sus implicaciones inmediatas. El prototipo actual es voluminoso y está pensado para laboratorio, no para un uso cotidiano. Además, las sensaciones generadas no reproducen la complejidad semántica ni emocional del olfato humano. Desde un punto de vista cuantitativo, el sistema solo permite discriminar un número limitado de estímulos, y la tasa de aprendizaje varía notablemente entre individuos, probablemente debido a diferencias en la sensibilidad trigeminal y en la plasticidad cortical.
Otro aspecto clave es la integración multisensorial. El cerebro no procesa los sentidos de forma aislada, y la sustitución sensorial plantea interrogantes sobre cómo se combinan estas nuevas señales con la visión, el gusto o el tacto tradicional. Estudios neurofisiológicos clásicos ya apuntaban a una interacción compleja entre el sistema olfativo y el trigeminal, pero trasladar ese conocimiento a un dispositivo funcional sigue siendo un reto.
Reflexiones desde la experiencia personal
Para quienes hemos perdido el olfato sin una explicación clara, este tipo de investigaciones no son solo curiosidades tecnológicas. Representan la posibilidad de recuperar, aunque sea de forma indirecta, una parte de la información sensorial perdida. No se trata de volver a oler un café recién hecho tal y como lo recordamos, sino de disponer de señales que alerten, informen y ayuden a reinterpretar el entorno. La clave está en la capacidad del cerebro para aprender nuevas asociaciones, algo que la neurociencia lleva décadas demostrando.
A largo plazo, estos sistemas podrían evolucionar hacia dispositivos más compactos y personalizados, con algoritmos de aprendizaje adaptativo que ajusten la estimulación a cada usuario. Mientras tanto, ponen sobre la mesa una idea interesante: quizá la solución a ciertas pérdidas sensoriales no pase por restaurar exactamente lo que se ha perdido, sino por enseñar al cerebro nuevas formas de percibir.
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