Científicos han desarrollado un hongo genéticamente editado capaz de producir proteína de forma muy eficiente, con un perfil nutricional mejorado, menor impacto ambiental y un sabor similar al de la carne. Utilizando CRISPR, han modificado el hongo Fusarium venenatum para que su pared celular sea más delgada, lo que facilita su digestión, y para optimizar su metabolismo, de modo que necesita menos azúcar para crecer. Los resultados muestran que esta cepa modificada reduce hasta un 61 % las emisiones de gases de efecto invernadero en comparación con la producción tradicional, consume un 44 % menos de azúcar y acelera el proceso de producción en un 88 %. Su huella ambiental es menor que la de la proteína animal, requiriendo significativamente menos tierra y agua. Esta proteína fúngica representa una alternativa interesante a la carne tradicional, especialmente para satisfacer la demanda creciente de fuentes más sostenibles de alimento.

El hongo que apunta alto: CRISPR al servicio de la proteína

En un estudio reciente publicado en la revista Trends in Biotechnology, investigadores de la Universidad de Jiangnan han empleado tecnología CRISPR para modificar el hongo Fusarium venenatum. Esta especie ya se usa para producir micoproteína, pero su versión natural presenta ciertos límites: tiene una pared celular gruesa difícil de digerir y requiere muchos recursos para crecer. Al eliminar dos genes —uno relacionado con la síntesis de quitina y otro con la descarboxilación del piruvato— los científicos han logrado hacer que el hongo sea más eficiente. Al suprimir la enzima quitina sintetasa, la pared celular se vuelve más delgada, lo que deja más proteínas accesibles para la digestión. Por otra parte, la eliminación del gen de la piruvato descarboxilasa ajusta el metabolismo del hongo para que use menos nutrientes durante su crecimiento.

El resultado técnico es impresionante: la nueva cepa, llamada FCPD, necesita un 44 % menos de azúcar para generar la misma cantidad de proteína que la cepa no modificada, y lo hace un 88 % más rápido. Además, su producción simula un ciclo industrial y cuando se extrapola a gran escala, la huella de carbono se reduce hasta un 61 % frente a la producción tradicional. Este cálculo tiene en cuenta desde las esporas en el laboratorio hasta el producto final tipo “carne” inactivado.¿

Por qué es relevante para el planeta y para nosotros?

La agricultura animal contribuye a alrededor del 14 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Producir esta nueva proteína fúngica genera mucha menos contaminación, al tiempo que reduce el uso de agua y tierra. Al compararla con la producción de pollo en China, los investigadores estimaron que esta micoproteína requiere un 70 % menos de terreno y reduce los riesgos de contaminación del agua dulce en un 78 %.

Además, al mejorar la digestibilidad, este hongo se convierte en una fuente más atractiva de proteína para humanos: sus nutrientes están más disponibles gracias a la modificación genética, lo que puede favorecer la absorción de aminoácidos esenciales. La velocidad de producción y la menor demanda de insumos también permiten proyectar un modelo industrial más escalable y eficiente.

Conexión con otras investigaciones de micoproteína

Este desarrollo no surge de la nada, sino que está en línea con una tendencia creciente en biotecnología alimentaria. Las micoproteínas son ya objeto de estudio por ser una alternativa más sostenible que la proteína animal tradicional: requieren menos recursos para producirse y generan una menor huella ambiental.

Por ejemplo, estudios recientes publicados en Frontiers in Food Science analizan cómo los productos a base de micelio (la parte filamentosa del hongo) pueden replicar la textura fibrosa de la carne, gracias a su estructura natural, y ofrecen un perfil nutritivo interesante, con fuentes de fibra, vitaminas y minerales.

Además, esta línea biotecnológica se suma a otras exploraciones más amplias sobre hongos: no solo como fuente de alimento, sino como material funcional. Investigadores han desarrollado materiales vivos basados en micelio que son biodegradables, resistentes al desgarro e incluso comestibles, lo que abre la puerta a aplicaciones en sensores ecológicos o empaques sostenibles.

Ventajas prácticas y desafíos

Desde un punto de vista técnico, la cepa FCPD representa una mejora clara: una mayor eficiencia de producción significa costes más bajos para escalar, y su metabolismo optimizado permite usar menos insumos, algo clave cuando se trata de bioprocesos industriales. El hecho de que esta modificación no introduce ADN foráneo sino que se limita a “editar” genes propios también puede facilitar su aceptación regulatoria en algunos mercados sensibles a la tecnología génica.

No obstante, hay retos por delante. A pesar de la mejora de la digestibilidad, será necesario investigar cómo se comporta esta proteína en dietas humanas a largo plazo, evaluar su seguridad, alergenicidad o posibles reacciones. Además, aunque la huella de carbono se reduce dramáticamente, la producción industrial a gran escala podría tener cuellos de botella técnico-económicos: los bioreactores, el coste energético y la materia prima (azúcares para fermentar) seguirán siendo factores clave.

Tampoco hay que olvidar la percepción social: muchas personas podrían mostrarse reticentes ante alimentos modificados genéticamente, incluso si no contienen ADN foráneo. Será importante combinar innovación científica con comunicación transparente y estudios de impacto.

Futuro y potencial real

De consolidarse como opción comercial viable, esta micoproteína editada con CRISPR puede servir como una alternativa seria a la carne convencional, especialmente en un momento en que la sostenibilidad alimentaria es una prioridad global. No solo se podría usar para productos “tipo carne” (hamburguesas, filetes vegetales, sustitutos de pollo), sino también como una fuente proteica para alimentos procesados, snacks o suplementos.

Además, esta investigación abre la puerta a otros usos: la misma técnica podría emplearse para optimizar distintas cepas fúngicas, ajustando no solo su eficiencia sino también su perfil nutricional, su textura o su sabor, lo que ampliaría el catálogo de “micoproteínas de diseño”.

Además, se integraría muy bien dentro de un modelo circular: los hongos podrían crecer usando desechos orgánicos, y su producción podría combinarse con otras tecnologías limpias para minimizar aún más su huella ecológica.

Reflexiones finales

Lo que han hecho estos investigadores no es simplemente crear un “filete de hongo”: han mejorado radicalmente un organismo ya utilizado para producir proteína alternativa, reduciendo costes, acelerando su crecimiento y aligerando su huella ambiental. Es un paso muy concreto hacia fuentes de proteína más sostenibles y eficientes, que se apoya tanto en la biología moderna (CRISPR) como en una comprensión profunda de la fisiología fúngica.

El desarrollo de esta micoproteína no resolverá por sí solo todos los retos alimentarios del planeta, pero sí podría formar parte fundamental de una estrategia más amplia. Si se combina con otras alternativas —proteínas vegetales, fermentaciones microbianas, carne cultivada—, se vislumbra un modelo alimentario futuro más equilibrado, donde el consumo de proteína no implique necesariamente un coste alto para el medio ambiente.

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