El último informe de la Royal Society alerta de los graves riesgos de intervenir deliberadamente en el sistema climático terrestre. Las propuestas de geoingeniería, especialmente las que buscan reflejar parte de la radiación solar para enfriar el planeta, parecen prometedoras sobre el papel, pero en la práctica podrían desencadenar alteraciones profundas en los patrones de lluvia, los océanos y la biodiversidad. Este artículo analiza con detalle el contenido del informe, explica el funcionamiento técnico de las principales tecnologías de intervención solar y examina las implicaciones éticas y políticas que acompañan a su posible aplicación. También se aborda la cuestión de por qué, a pesar de su potencial, la ingeniería climática no puede sustituir las estrategias de reducción de emisiones.
Qué es la ingeniería del clima y por qué genera tanta preocupación
La llamada ingeniería del clima —también conocida como geoingeniería— engloba una serie de técnicas que buscan modificar deliberadamente el sistema terrestre para compensar los efectos del cambio climático. Estas intervenciones se dividen principalmente en dos categorías: gestión de la radiación solar (SRM) y remoción de dióxido de carbono (CDR).
En teoría, el enfoque SRM consiste en reflejar una fracción de la luz solar de vuelta al espacio, reduciendo así la temperatura global. Pero como explica el informe de la Royal Society, este tipo de técnicas no eliminan los gases de efecto invernadero ni abordan las causas del calentamiento. Actúan únicamente sobre el síntoma térmico.
Una de las propuestas más comentadas es la inyección de aerosoles estratosféricos, una técnica que imita los efectos de grandes erupciones volcánicas. El ejemplo más citado es el del Monte Pinatubo en 1991, cuya erupción liberó alrededor de 15 millones de toneladas de dióxido de azufre (SO₂), reduciendo la temperatura media global en unos 0,5 °C durante casi dos años. Sobre el papel, reproducir ese fenómeno podría parecer viable, pero los modelos climáticos actuales muestran que el sistema terrestre no responde de forma lineal: un cambio en la radiación afecta también a las lluvias, a los vientos y a las corrientes oceánicas.
Según un artículo de The Guardian, los científicos advierten de que reducir la radiación solar de manera descontrolada podría desplazar los monzones, alterar el régimen de precipitaciones en África y el Sudeste Asiático y afectar gravemente a la producción agrícola. Si, además, el programa se interrumpiera de forma abrupta, el planeta sufriría un rápido repunte térmico —un fenómeno conocido como termination shock— que podría superar 1 °C en pocas décadas.
El propio informe británico insiste en otro aspecto crítico: la gobernanza internacional. En palabras del documento, “no existe un marco jurídico global que determine quién puede o no manipular el clima de la Tierra”. El Parlamento británico ya había planteado esa inquietud en un análisis de 2010 donde advertía de los riesgos de una intervención unilateral. Si un país decidiera modificar la radiación solar sin consenso, los efectos podrían sentirse en todo el planeta, provocando tensiones políticas o incluso conflictos.
Tecnología clave: la inyección estratosférica de aerosoles
Dentro del abanico de técnicas SRM, la Stratospheric Aerosol Injection (SAI) es la más desarrollada conceptualmente. Su mecanismo es relativamente simple: liberar aerosoles —por ejemplo, sulfatos o carbonato cálcico— en la estratosfera, a unos 20 km de altitud, para aumentar el albedo del planeta y reflejar más radiación solar.
Sin embargo, como recuerda la Royal Society, llevar esa idea a la práctica requiere una infraestructura colosal. Los cálculos más optimistas estiman que para reducir 1 °C de temperatura global se necesitarían entre 5 y 10 millones de toneladas de material al año, con costes que oscilarían entre 5.000 y 10.000 millones de dólares anuales. Y eso sin contar los gastos de monitorización y compensación ambiental.
Desde el punto de vista técnico, el procedimiento presenta varios desafíos. La dispersión de partículas no sería homogénea y variaría en función de las corrientes estratosféricas. Además, los aerosoles tienden a permanecer en suspensión entre 12 y 24 meses, por lo que el proceso debería repetirse continuamente. Si se detuviera, el planeta experimentaría una subida térmica súbita.
La publicación de The Guardian señala que algunos modelos apuntan incluso a un aumento de la intensidad de los huracanes en el Atlántico Norte o a una reducción de las lluvias en el Amazonas. En otras palabras, podría resolverse parcialmente el problema de la temperatura, pero a costa de generar otros no menos graves.
El otro método en estudio, el blanqueamiento de nubes marinas, consiste en pulverizar microgotas de agua salina para aumentar su reflectividad. Aunque requiere menos material y energía, los resultados experimentales han sido irregulares. Un exceso de sal puede alterar el equilibrio químico local y modificar la captura de carbono por parte de los océanos.
En ambos casos, los investigadores coinciden: el efecto es rápido, pero superficial. El dióxido de carbono seguiría acumulándose en la atmósfera, y los océanos continuarían acidificándose.
Por qué la Royal Society desaconseja su uso como estrategia principal
El punto más contundente del informe de la Royal Society es su advertencia sobre el riesgo moral. Es decir, confiar en la ingeniería climática podría reducir la presión política y económica para recortar emisiones. La institución insiste en que estas técnicas no son una solución alternativa, sino, como mucho, una medida de emergencia complementaria.
Los modelos climáticos que se manejan actualmente sugieren que la reducción de 0,5 a 1 °C mediante SRM podría venir acompañada de variaciones del 10 % o más en los patrones de precipitación en regiones tropicales y subtropicales. En áreas dependientes de monzones, un cambio así podría afectar a cientos de millones de personas.
A esto se suman los riesgos logísticos y tecnológicos. Una operación de SAI a escala planetaria requeriría decenas de aeronaves especializadas o globos estratosféricos, una red de satélites para el control espectral, laboratorios de análisis atmosférico y mecanismos de compensación climática. Mantener todo eso operativo durante décadas supondría un coste acumulado similar al de las grandes misiones espaciales internacionales.
Incluso si esas dificultades se superaran, el informe recuerda que la ingeniería climática no aborda otros problemas derivados del CO₂, como la acidificación de los océanos o el deshielo del permafrost. En el mejor de los casos, sería un “parche termodinámico”, incapaz de estabilizar el clima a largo plazo si no se acompañara de una profunda descarbonización.
Perspectiva ética y de gobernanza global
Más allá de la técnica, la ingeniería climática plantea un desafío moral y político de gran calado. En un informe reciente del Center for International Environmental Law (CIEL), se señala que permitir la manipulación climática sin un marco legal podría vulnerar derechos humanos fundamentales. ¿Quién asume la responsabilidad si un país sufre sequías o inundaciones por una intervención ajena?
Además, algunos expertos han advertido de la posibilidad de que estas tecnologías sean empleadas de forma estratégica o militar. Controlar la radiación solar, aunque sea con fines científicos, equivale a tener capacidad para modificar las condiciones meteorológicas regionales, un poder que ningún Estado posee en exclusiva.
Por eso, el informe de la Royal Society propone que cualquier investigación o experimento se realice bajo supervisión multilateral, con transparencia pública y participación de organismos internacionales. No se trata de prohibir la investigación, sino de establecer límites claros y protocolos de responsabilidad.
Reflexiones finales: ciencia, límites y responsabilidad
La ingeniería climática es, técnicamente, posible. Los modelos matemáticos y las simulaciones por ordenador muestran que reflejar parte de la radiación solar puede reducir la temperatura global en cuestión de años. Pero como recuerda el informe británico, no existen soluciones sencillas para un sistema tan complejo.
Algunos cálculos apuntan a que mantener una intervención solar sostenida durante medio siglo requeriría liberar más de 200 millones de toneladas de partículas acumuladas, además de generar un consumo energético significativo. Por otro lado, las tecnologías de captura directa de carbono (DAC) ofrecen una alternativa más estructural, aunque su coste actual oscila entre 150 y 600 € por tonelada de CO₂ retirada del aire.
La conclusión del informe es inequívoca: el mayor valor de la geoingeniería no reside en aplicarla, sino en comprender sus límites. Saber qué puede hacerse y qué no, qué efectos secundarios implicaría y bajo qué condiciones éticas podría considerarse siquiera su uso.
Europa y España, según los expertos, deberían centrar sus esfuerzos en reducir emisiones, reforzar la transición energética y mejorar la resiliencia climática. Solo así la investigación en geoingeniería tendrá sentido: como último recurso, no como excusa.
580