La ganadería está en el punto de mira de la agenda climática mundial. Aunque aporta alimentos básicos, también es responsable de una parte importante de las emisiones de metano, un gas que calienta la atmósfera mucho más rápido que el dióxido de carbono. Para afrontar este desafío, se están desarrollando distintas soluciones: desde modificar el ecosistema de bacterias que vive en el estómago de las vacas hasta diseñar una vacuna que reduzca de forma directa la producción de metano en el proceso digestivo.
En España, investigadores del CSIC en Granada trabajan en una vacuna contra unos microorganismos clave en la generación de este gas, mientras que a escala internacional crecen los proyectos que usan la herramienta de edición genética CRISPR para cambiar la composición del microbioma intestinal del ganado. Ambas propuestas no compiten entre sí, sino que podrían funcionar como piezas complementarias de un mismo objetivo: reducir la huella climática de la carne y la leche.
Microbiomas hechos a medida con CRISPR
Una de las líneas de investigación más comentadas es la que busca ajustar el microbioma de las vacas. En su sistema digestivo conviven cientos de tipos de bacterias y otros microorganismos que transforman el alimento en energía. Entre ellos están las arqueas metanogénicas, responsables de que el animal expulse metano al eructar.
Lo que plantean los científicos es introducir bacterias diseñadas con CRISPR capaces de ocupar el lugar de esas arqueas o de procesar los nutrientes de otra forma, evitando que se produzca tanto gas. Según Agencia SINC, los primeros ensayos muestran que este tipo de microbiomas “a medida” podrían reducir las emisiones en torno a un 20 %.
El reto está en que estas bacterias se mantengan estables dentro del animal. El estómago de la vaca es un entorno cambiante y, a veces, las nuevas especies introducidas no logran sobrevivir a largo plazo. La biotecnología trata de resolver este problema reforzando a esas bacterias para que se adapten mejor y formen parte estable del ecosistema digestivo.
La vacuna desarrollada en Granada
En paralelo, en la Estación Experimental del Zaidín, dependiente del CSIC en Granada, se investiga una solución diferente: una vacuna contra las arqueas productoras de metano. El proyecto cuenta con financiación de la Bezos Earth Fund y forma parte de una red internacional de equipos de investigación.
La idea es que el sistema inmunitario de los animales aprenda a identificar y reducir la presencia de estos microorganismos en su aparato digestivo. Si se consigue, la producción de metano podría bajar entre un 30 % y un 50 %, lo que tendría un impacto enorme, dado que el sector ganadero es responsable de una tercera parte del metano generado por actividades humanas en el planeta, según datos de la FAO.
El trabajo se centra en vacas jóvenes, porque es en las primeras semanas de vida cuando se forma de manera más estable el microbioma intestinal. El objetivo es que con una o dos dosis a lo largo de la vida del animal se pueda conseguir un efecto duradero, lo que diferenciaría a esta vacuna de otros métodos que requieren añadir aditivos constantemente a la alimentación.
Puntos en común y diferencias
Aunque los caminos son distintos, tanto la edición genética del microbioma como la vacuna buscan el mismo resultado: reducir la población de arqueas metanogénicas o desplazar su función dentro del sistema digestivo de la vaca. No son soluciones excluyentes, y de hecho podrían llegar a reforzarse mutuamente. Una vacuna que disminuya parte de la población de arqueas podría hacer más fácil que bacterias diseñadas con CRISPR se establezcan en el rumen del animal.
El beneficio adicional es que estas intervenciones no solo recortarían las emisiones, sino que podrían mejorar la eficiencia con la que el ganado aprovecha la comida. Algunas proyecciones apuntan a que, si se logra un cambio en el equilibrio de la digestión, la producción de leche podría aumentar hasta un 5 % con la misma cantidad de alimento.
Entre la ciencia y la aceptación social
No todo son ventajas automáticas. Modificar el microbioma con técnicas de biología molecular despierta cierto recelo social, aunque no implique cambiar directamente el ADN de la vaca. La vacuna también genera dudas sobre su seguridad y su aplicación masiva en explotaciones de gran escala o en ganaderías extensivas.
Además, la aceptación por parte de los ganaderos dependerá de factores económicos: cuánto cuesta implementar estas soluciones y qué apoyo recibirán desde los gobiernos y las políticas europeas. En Alemania, por ejemplo, las tensiones entre agricultores y autoridades se han hecho visibles con protestas masivas contra medidas ambientales, tal y como explica Deutsche Welle.
Mirando hacia el futuro
La presión internacional es clara: el Global Methane Pledge compromete a más de 150 países a reducir un 30 % sus emisiones de metano para 2030 respecto a los niveles de 2020. Alcanzar esa meta sin incluir a la ganadería es prácticamente imposible.
Tanto la vacuna del CSIC en Granada como los proyectos de microbiomas modificados ofrecen un camino realista para avanzar. Si ambas tecnologías cumplen lo que prometen, el recorte global de emisiones podría situarse cerca del 50 % en el sector bovino. Esto no resolvería todos los problemas del cambio climático, pero sí aliviaría una de sus fuentes más inmediatas.
Conclusión
La ciencia agraria está en un momento decisivo. Lo que antes era solo un campo de estudio académico se está convirtiendo en herramientas aplicables que podrían marcar la diferencia en el balance climático global. Vacunas y microbiomas hechos a medida no son soluciones mágicas, pero sí pasos tangibles para que la producción de carne y leche deje de ser sinónimo de emisiones descontroladas. El reto ahora es comprobar su eficacia en condiciones reales y, sobre todo, lograr que sean aceptadas y accesibles para quienes trabajan día a día en el campo.
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