La relación entre el uso excesivo del smartphone y la salud mental ha sido objeto de creciente interés científico. Un reciente ensayo clínico aleatorizado en Austria analizó cómo la reducción del tiempo frente a la pantalla influye no solo en el bienestar psicológico, sino también en indicadores fisiológicos como la variabilidad de la frecuencia cardíaca (HRV). Este análisis secundario, publicado en Health Psychology and Behavioral Medicine, aporta claves valiosas para comprender los beneficios y también los retos fisiológicos de limitar el uso del teléfono móvil en un mundo hiperconectado.
Smartphones y salud mental: una relación compleja
Los teléfonos móviles son herramientas indispensables para la vida cotidiana: facilitan la comunicación, el acceso a la información y el entretenimiento. Sin embargo, un uso excesivo puede estar relacionado con síntomas de ansiedad, depresión y alteraciones del sueño. La literatura científica ya había mostrado esta tendencia; por ejemplo, Twenge et al. (2018) observaron una disminución del bienestar psicológico en adolescentes estadounidenses a partir de 2012, coincidiendo con la masificación de los smartphones.
En la investigación realizada en Austria, denominada Digital Detox Study, se confirmó que reducir el tiempo de pantalla a menos de dos horas diarias produce mejoras significativas en la percepción de la salud mental: menos estrés, más calidad de sueño y mayor bienestar general. Lo relevante de este nuevo análisis es que no se limitaron a cuestionarios subjetivos, sino que también se emplearon relojes Fitbit para registrar la variabilidad de la frecuencia cardíaca, un indicador objetivo del equilibrio entre el sistema nervioso simpático y parasimpático. De esta forma, se combinó evidencia subjetiva y fisiológica para ofrecer una visión más completa de cómo el control del móvil repercute en el organismo.
Diseño del ensayo y metodología utilizada
El estudio clínico aleatorizado reclutó a 111 estudiantes universitarios de entre 18 y 29 años que utilizaban su teléfono móvil al menos tres horas diarias. Ninguno de ellos presentaba un diagnóstico de trastorno mental ni recibía tratamiento psicológico o farmacológico. Los participantes se dividieron en dos grupos:
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Grupo de intervención: debía reducir su tiempo de uso a un máximo de dos horas diarias durante tres semanas.
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Grupo de control: continuaba con sus hábitos habituales, aunque más tarde también participó en la intervención, siguiendo un diseño cruzado.
Durante todo el ensayo se recogieron datos mediante wearables Fitbit Inspire 3, que registraban la HRV cada noche. Además, los estudiantes completaban cuestionarios semanales sobre estrés, ansiedad, craving (deseo intenso de usar el móvil), problemas de sueño y síntomas de adicción digital. En total, 45 participantes aportaron datos completos que hicieron posible este análisis fisiológico.
Cabe destacar que el estudio contó con aprobación ética por parte de la Universidad de Krems (Austria) y se desarrolló siguiendo la Declaración de Helsinki. Aunque el proyecto no recibió financiación específica, los relojes Fitbit fueron costeados por instituciones académicas locales.
Resultados: mejora subjetiva pero aumento del estrés fisiológico
Los resultados revelaron una aparente paradoja. Por un lado, los estudiantes que redujeron el uso del móvil informaron sentirse menos estresados, más tranquilos y con mejor calidad de vida. Por otro, los datos fisiológicos de HRV mostraron un descenso durante la intervención, lo que indica mayor estrés corporal o, al menos, mayor activación del sistema nervioso simpático.
Este hallazgo sugiere que el cuerpo reacciona a la reducción del móvil como si se tratase de un proceso de abstinencia. De hecho, los autores comparan el fenómeno con lo que ocurre en otras adicciones conductuales, como el juego en línea o el abuso de internet, donde al reducir el estímulo aparecen síntomas de craving y alteraciones fisiológicas.
Durante la intervención se observaron dos correlaciones relevantes:
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Mayor craving se asoció con menor HRV, es decir, con más estrés fisiológico.
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Mejor calidad del sueño se relacionó con mayor HRV, mostrando que el descanso nocturno ayuda a amortiguar el impacto de la reducción.
En cambio, no se encontraron asociaciones significativas entre HRV y la ansiedad general ni con las escalas de adicción al smartphone, lo que refuerza la idea de que el estrés fisiológico está vinculado al propio proceso de cambio de hábito más que al uso previo del dispositivo.
En definitiva, aunque los estudiantes reportaron sentirse mejor psicológicamente, su organismo mostró señales de tensión, probablemente relacionadas con el esfuerzo de adaptación a una nueva rutina digital.
Implicaciones y futuras líneas de investigación
Este estudio abre un debate de gran relevancia social: ¿puede una intervención beneficiosa para la salud mental provocar, al menos inicialmente, un coste fisiológico? La respuesta parece afirmativa, pero también indica que estos efectos pueden ser temporales. Tal como sucede en los programas para dejar de fumar o de reducir el consumo de alcohol, el cuerpo atraviesa una fase de “retirada” antes de alcanzar un nuevo equilibrio.
Los investigadores plantean que futuras intervenciones deberían incluir medidas adicionales para facilitar este proceso, como programas de biofeedback de HRV, técnicas de relajación o pautas de higiene del sueño. Si se logra controlar el craving y mejorar el descanso, es posible que el estrés fisiológico disminuya y que los beneficios subjetivos se consoliden.
Otra cuestión pendiente es comprobar qué ocurre a largo plazo. ¿Se recupera la HRV tras varios meses de reducción del uso del móvil? ¿Llega incluso a mejorar más allá de los niveles iniciales? Estas preguntas son esenciales para entender si el efecto observado es solo una respuesta transitoria o un cambio sostenido en el funcionamiento del sistema nervioso autónomo.
Por último, conviene resaltar que el estudio se centró únicamente en el uso del smartphone, pero muchas personas recurren a otros dispositivos digitales (tablets, ordenadores, consolas). En futuras investigaciones sería recomendable medir el tiempo de exposición global a pantallas, no solo el del móvil, para tener un panorama más preciso del impacto en la salud.
Conclusión
La investigación sobre la reducción del uso del smartphone ofrece una visión compleja y enriquecedora. Por un lado, confirma que limitar el tiempo de pantalla mejora el bienestar psicológico y disminuye el estrés percibido. Por otro, revela que el cuerpo experimenta una reacción fisiológica de estrés al inicio del proceso, probablemente vinculada a la dificultad de desprenderse de un hábito fuertemente arraigado.
Este hallazgo no debería interpretarse como un obstáculo, sino como una oportunidad para diseñar intervenciones más completas, que incluyan apoyo psicológico, educación sobre sueño y técnicas de autorregulación. Así, se puede acompañar mejor a quienes deseen implementar un “detox digital” y conseguir que la transición hacia un uso más consciente y saludable del móvil sea sostenible en el tiempo.
En conclusión, aprender a convivir con la tecnología de manera equilibrada no significa renunciar a sus ventajas, sino integrarla de forma consciente en la vida diaria. El reto está en usar el smartphone como una herramienta y no como una fuente de dependencia.
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Comparado con estar siempre pegado al móvil, el problema no es solo personal (estrés, distracción), sino global: cada scroll y cada vídeo consumen energía y recursos. La hiperconectividad tiene un coste ambiental que solemos ignorar.
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