La ciencia está descubriendo que los olores que desprendemos pueden revelar mucho más de lo que imaginamos. Desde afecciones neurodegenerativas hasta enfermedades infecciosas, cada aroma corporal esconde una huella química única que puede convertirse en una herramienta diagnóstica temprana y no invasiva. Lo que comenzó con el caso de una mujer escocesa capaz de identificar el párkinson por el olor, se ha transformado en una línea de investigación prometedora que combina medicina, química y biotecnología.

El caso de Joy Milne: cuando el olfato supera a la ciencia

En 2012, durante una charla en Edimburgo, la vida de la química analítica Perdita Barran cambió radicalmente. Una mujer jubilada llamada Joy Milne aseguró que podía reconocer la enfermedad de Parkinson por el olor. Al principio, la afirmación sonó a disparate: ¿cómo iba alguien a detectar una dolencia neurológica simplemente con la nariz? Sin embargo, Milne relató cómo había percibido un aroma almizclado en su marido años antes de que fuera diagnosticado, y más tarde reconoció ese mismo olor en otros pacientes.

Intrigados, los científicos organizaron una prueba con camisetas de personas con y sin párkinson. El resultado dejó a todos atónitos: Milne identificó correctamente a los enfermos y, además, detectó a una persona que aún no había sido diagnosticada, pero que un año después recibió la confirmación médica. La prensa mundial no tardó en hacerse eco de la historia, recogida en un reportaje de BBC Future.

Este hallazgo abrió una nueva vía de investigación: si una persona con una sensibilidad olfativa excepcional era capaz de anticipar diagnósticos, quizá la ciencia podía replicar este “don” mediante tecnología. Así nació un campo multidisciplinar que explora la relación entre los compuestos químicos que emitimos y las enfermedades que padecemos.

La huella química del cuerpo: los compuestos orgánicos volátiles

Nuestro organismo es una fábrica constante de moléculas. En cada proceso metabólico se generan compuestos que, en algunos casos, son volátiles y se liberan a través de la piel, la respiración, la orina o incluso las heces. Se trata de los llamados compuestos orgánicos volátiles (VOCs).

Cuando el metabolismo cambia debido a una enfermedad, la composición de estos VOCs también se altera. Eso explica por qué la diabetes puede provocar un aliento con aroma afrutado o a “manzanas podridas”, debido a la acumulación de cetonas; o por qué el fallo renal puede generar un olor a amoníaco o pescado. En el caso de enfermedades hepáticas, se ha descrito un olor sulfuroso o rancio, mientras que infecciones como la tuberculosis pueden hacer que la piel y el aliento huelan a cartón húmedo o cerveza rancia.

Aunque algunos olores son tan evidentes que cualquier persona puede percibirlos, la mayoría de los cambios son sutiles y requieren un olfato entrenado —humano o animal— o bien instrumentos científicos. En el caso del párkinson, los investigadores han identificado unas 30 moléculas lipídicas que se alteran de forma sistemática en los pacientes. El reto es trasladar este conocimiento a una prueba sencilla, como un hisopo de piel, que permita detectar la enfermedad en fases tempranas, incluso años antes de los síntomas motores, según estudios apoyados por la Michael J. Fox Foundation.

Entre perros, máquinas y superolfatos humanos

Los perros poseen un olfato hasta 100.000 veces más sensible que el humano, y desde hace años se entrenan para detectar cánceres de pulmón, mama, ovario o próstata con tasas de acierto sorprendentes. En un estudio, lograron identificar el cáncer de próstata en muestras de orina con un 99 % de éxito. También han sido adiestrados para anticipar crisis epilépticas, detectar malaria o identificar el párkinson en fases iniciales.

No obstante, entrenar perros especializados requiere tiempo, recursos y no todos los animales sirven. Por eso, científicos como Andreas Mershin, antiguo investigador del MIT y cofundador de RealNose.ai, trabajan en replicar la capacidad olfativa canina mediante dispositivos electrónicos. Su objetivo es desarrollar “narices robóticas” capaces de diagnosticar enfermedades de forma rápida, barata y no invasiva, sin necesidad de procedimientos dolorosos como biopsias.

La propia Joy Milne, que posee hiperosmia hereditaria, representa un ejemplo extremo de lo que la biología puede ofrecer. Su capacidad innata sirve como inspiración para trasladar esa sensibilidad a la tecnología. El futuro apunta hacia pruebas portátiles que, con una muestra de sudor, aliento o piel, puedan detectar desde un cáncer incipiente hasta una infección parasitaria.

Aplicaciones médicas y retos de futuro

El potencial de estas investigaciones es enorme. Un diagnóstico temprano aumenta las posibilidades de éxito de cualquier tratamiento y reduce costes sanitarios. En enfermedades neurodegenerativas como el párkinson, donde los síntomas clínicos aparecen cuando el daño neuronal ya es avanzado, una prueba basada en olores podría marcar la diferencia entre ralentizar la progresión o enfrentarse a un deterioro irreversible.

También se exploran aplicaciones en lesiones cerebrales. Investigadores del Monell Chemical Senses Center han observado que los traumatismos craneales liberan cetonas detectables en la orina pocas horas después del golpe, lo que abre la puerta a tests rápidos para deportistas en deportes de contacto. En el ámbito de las enfermedades infecciosas, estudios en Kenia mostraron que los niños con malaria desprendían un olor “afrutado y herbáceo” que atraía a los mosquitos, lo que no solo permitiría diagnosticar sino también diseñar trampas olfativas para controlar la propagación.

Sin embargo, los retos no son menores. Los VOCs varían según dieta, entorno o genética, lo que complica obtener patrones universales. Además, aún falta estandarizar tecnologías de detección que sean fiables, accesibles y aprobadas por organismos como los National Institutes of Health (NIH). Pese a ello, la dirección está clara: el olfato, ya sea humano, canino o electrónico, se perfila como un aliado insospechado de la medicina del futuro.

Conclusión

El olor corporal, a menudo visto como un detalle trivial o socialmente incómodo, está emergiendo como un biomarcador valioso de la salud. Lo que comenzó con la intuición de una enfermera escocesa ha desencadenado una revolución científica que une neurología, química y bioingeniería. Aunque aún estamos lejos de sustituir las pruebas convencionales, es probable que en un futuro cercano un simple hisopo de piel, una muestra de aliento o un dispositivo portátil permitan diagnosticar de forma temprana enfermedades graves. Lo invisible a los ojos puede ser evidente a la nariz, y la medicina está aprendiendo a escucharlo.

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