Un reciente estudio liderado por Natasha Valencic, investigadora de Harvard, ha desvelado un hallazgo sorprendente: la construcción de presas por parte del ser humano ha sido capaz de alterar la posición de los polos geográficos de la Tierra. Aunque los desplazamientos son pequeños —del orden de centímetros por año—, su existencia no solo pone de manifiesto el alcance de nuestra actividad sobre el planeta, sino que también obliga a replantearse cómo medimos ciertos parámetros geofísicos. Este fenómeno, que combina ingeniería civil, dinámica planetaria e hidrología global, demuestra que incluso las infraestructuras hídricas pueden tener consecuencias a escala planetaria.

El trabajo, publicado en Geophysical Research Letters por Valencic y su equipo, plantea que la redistribución de masas de agua a través de más de 6.000 grandes presas ha generado cambios en la orientación del eje de rotación de la Tierra. Estos efectos, que hasta hace poco se atribuían exclusivamente al deshielo o a los movimientos tectónicos, ahora deben considerar también la intervención humana como un factor de peso.

¿Qué se ha descubierto exactamente?

El eje de rotación de la Tierra no es fijo. Desde hace tiempo se sabe que la orientación del eje varía ligeramente con el tiempo, un fenómeno conocido como deriva polar. Tradicionalmente, estas oscilaciones se habían relacionado con procesos naturales como la fusión de los glaciares o la convección del manto. Sin embargo, este nuevo estudio ha demostrado que la construcción masiva de embalses ha contribuido de forma medible a esta deriva.

Concretamente, se ha estimado que los proyectos de almacenamiento de agua —desde la década de 1990 hasta el presente— han desplazado el eje de rotación en aproximadamente 0,18 milisegundos de arco al año, lo que equivale a unos 4,3 centímetros anuales. A lo largo de varias décadas, este movimiento acumulado puede tener implicaciones en sistemas de geolocalización y en la interpretación de datos satelitales relacionados con el cambio climático.

Este efecto ocurre porque almacenar agua detrás de una presa cambia la distribución de masa en la superficie terrestre. Como el planeta rota, cualquier cambio en su masa influye en su equilibrio dinámico, de forma parecida a cómo el giro de una peonza cambia si se le añade peso en un lateral.

Las presas como actores geofísicos globales

Se estima que las presas construidas por el ser humano almacenan actualmente más de 10.800 kilómetros cúbicos de agua en todo el mundo, lo que equivale a la masa de un pequeño océano redistribuido en tierra firme. Estos embalses, especialmente los más grandes como la Presa de las Tres Gargantas en China, concentran cantidades de agua lo suficientemente significativas como para influir en el momento de inercia terrestre.

En palabras de Natasha Valencic: «Lo que hacemos en la superficie terrestre puede tener implicaciones hasta en el movimiento de los polos de la Tierra. Es un recordatorio de que nuestras acciones son visibles incluso desde la dinámica planetaria.»

El estudio utilizó datos satelitales y modelos geofísicos para simular qué ocurriría si estas presas no existieran. El resultado mostró que sin la redistribución de masa hídrica debida a las presas, la dirección de la deriva polar habría sido distinta, e incluso más lenta. En concreto, los modelos sugieren que las presas han acelerado y redirigido el eje polar en un ángulo de hasta 78,5 grados respecto a su curso natural.

¿Por qué es importante este hallazgo?

Aunque a simple vista puede parecer anecdótico que los polos se muevan unos centímetros al año, en realidad este fenómeno tiene consecuencias prácticas. La posición del eje de rotación de la Tierra afecta a:

  • Sistemas GPS y de navegación satelital, que dependen de coordenadas georreferenciadas extremadamente precisas.

  • Modelos climáticos globales, ya que la deriva polar influye sobre la distribución de masas de aire y corrientes oceánicas.

  • Geodesia y cartografía, ramas científicas que necesitan conocer con exactitud la forma y orientación del planeta.

Además, este hallazgo introduce una nueva variable en el estudio del antropoceno, una era geológica no oficial marcada por la influencia humana en los procesos de la Tierra. Si hasta ahora pensábamos que solo el CO₂ o la deforestación eran relevantes, ahora se suma la hidráulica de gran escala como factor de impacto planetario.

Una comparación con otros efectos antrópicos

El desplazamiento del eje terrestre por causas humanas no es un hecho completamente nuevo. Ya en 2013, Ki‑Weon Seo y otros investigadores identificaron que el deshielo acelerado en Groenlandia también había provocado una desviación similar. Sin embargo, el estudio de Valencic es el primero que cuantifica el impacto directo de las presas.

La combinación de efectos —deshielo, extracción de aguas subterráneas y ahora almacenamiento en embalses— está generando un cambio compuesto en la rotación terrestre que no puede ignorarse. Si bien el efecto de las presas es menos dramático que el del derretimiento polar, no deja de ser acumulativo y significativo.

El caso de la presa de las Tres Gargantas

Una de las estructuras más mencionadas en este contexto es la Presa de las Tres Gargantas, en China, que por sí sola puede almacenar más de 39 kilómetros cúbicos de agua. Esta cantidad, si se considera en términos de redistribución masiva, tiene una inercia considerable.

Un informe de la NASA de 2006 ya advertía que este embalse podría haber desplazado el eje terrestre en casi 2 centímetros, aunque esa estimación era teórica. Lo que hace especial al estudio de 2025 es que se basa en observaciones satelitales de varias décadas, lo que le otorga mayor robustez empírica.

Reflexiones finales

El hecho de que la ingeniería hidráulica tenga efectos medibles sobre la rotación de la Tierra es una llamada de atención. No se trata de alarmismo, ni de pensar que los polos se van a «descolocar». Se trata de entender que nuestras infraestructuras forman parte del sistema dinámico del planeta.

La investigación de Valencic y su equipo no es solo una curiosidad científica. Es un recordatorio de que el impacto humano en la Tierra no se limita a lo visible, como los gases contaminantes o la urbanización. También afecta a fenómenos que antes pensábamos reservados al cosmos o al núcleo planetario. Y si podemos mover el eje terrestre unos centímetros al año, también podemos (y debemos) actuar con mayor consciencia sobre las decisiones de planificación y gestión de recursos hídricos.

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