La tarjeta SD lleva más de dos décadas siendo un formato omnipresente en cámaras, grabadoras de audio, drones, consolas portátiles y un sinfín de dispositivos electrónicos. Su tamaño reducido, su bajo coste y una compatibilidad casi universal la convirtieron durante años en el estándar de facto para el almacenamiento extraíble. Sin embargo, en un contexto dominado por sensores de alta resolución, vídeo 4K y 8K, ráfagas fotográficas cada vez más exigentes y flujos de trabajo profesionales muy intensivos, resulta razonable preguntarse si las tarjetas SD siguen estando a la altura de las necesidades actuales.

Este artículo analiza el estado real del formato SD, sus limitaciones técnicas, los intentos de modernización impulsados por la SD Association y la creciente presión de alternativas como CFexpress. Lejos de discursos grandilocuentes, el objetivo es poner cifras sobre la mesa, explicar por qué muchos usuarios perciben un estancamiento y evaluar si las SD tienen margen de mejora o si su papel quedará cada vez más relegado a usos secundarios.

Un estándar veterano con una evolución irregular

Las tarjetas SD nacieron a finales de los años noventa y, desde entonces, han pasado por múltiples revisiones que han ido ampliando capacidad y velocidad. SD, SDHC y SDXC definieron rangos de almacenamiento que hoy alcanzan hasta 2 TB de forma teórica, mientras que los estándares de velocidad intentaron acompañar la evolución del hardware. El problema es que esa progresión no siempre ha sido homogénea ni rápida.

Durante años, la mayoría de cámaras siguieron dependiendo del bus UHS-I, limitado a 104 MB/s, incluso cuando ya existían tarjetas capaces de ofrecer velocidades sostenidas superiores. UHS-II, con su segunda fila de contactos y un máximo teórico de 312 MB/s, tardó casi una década en popularizarse y todavía hoy está ausente en muchos dispositivos de gama media. En términos prácticos, esto ha provocado que sensores de más de 40 megapíxeles o grabación de vídeo a altos bitrates trabajen muy cerca del límite del formato, forzando buffers grandes y tiempos de vaciado prolongados.

El cuello de botella de la interfaz

Uno de los puntos más críticos en el debate sobre el futuro de las SD es la interfaz física. A diferencia de otros formatos más recientes, la tarjeta SD arrastra decisiones de diseño pensadas para otra época. El ancho del bus y la frecuencia de operación condicionan de forma directa el rendimiento máximo alcanzable, y aunque el estándar ha ido añadiendo modos más rápidos, la compatibilidad hacia atrás ha limitado la adopción de cambios más agresivos.

Para ponerlo en contexto técnico, una tarjeta UHS-I rápida puede rondar los 90 MB/s reales en escritura sostenida, mientras que una UHS-II de gama alta se mueve en el entorno de los 250 MB/s. Estas cifras son suficientes para fotografía convencional, pero se quedan justas cuando hablamos de grabación continua de vídeo 4K a 400 Mbps o flujos RAW de 8K, donde el margen operativo es mínimo y cualquier caída de rendimiento provoca interrupciones. Este problema se analiza con bastante detalle en el artículo de DPReview, que sirve de punto de partida para esta reflexión sobre el formato SD.

SD Express: el intento de ponerse al día

Conscientes de estas limitaciones, los responsables del estándar introdujeron SD Express, una especificación que abandona el bus tradicional y adopta líneas PCI Express junto con el protocolo NVMe, muy similar al utilizado en los SSD modernos. Sobre el papel, esto permite un salto enorme en rendimiento. SD Express basado en PCIe 3.0 x1 puede alcanzar hasta 985 MB/s, mientras que las variantes más recientes con PCIe 4.0 x2 prometen cifras cercanas a los 4 GB/s en lectura.

El problema es que, a día de hoy, SD Express es casi invisible en el mercado. Apenas existen tarjetas disponibles, su precio es elevado y, lo más importante, el soporte en dispositivos es anecdótico. Implementar SD Express implica rediseñar controladores, consumir más energía y asumir mayores costes, algo que muchos fabricantes no parecen dispuestos a hacer mientras UHS-II siga siendo “suficientemente bueno” para la mayoría de usuarios. Esta falta de adopción ha alimentado la percepción de que el formato SD avanza más por inercia que por una demanda real del sector profesional.

El producto principal: la tarjeta SD en la práctica diaria

Más allá de estándares y especificaciones, conviene centrarse en el producto real que compra el usuario: la tarjeta SD convencional. En el día a día, sigue siendo un soporte fiable, económico y extremadamente versátil. Una SDXC UHS-I de 128 GB puede encontrarse a precios muy bajos y ofrece un rendimiento más que suficiente para cámaras compactas, grabadoras de sonido o sistemas de seguridad. Incluso en fotografía avanzada, muchas SD UHS-II mantienen velocidades de escritura sostenida superiores a 200 MB/s, lo que permite ráfagas prolongadas en cámaras mirrorless modernas.

Desde un punto de vista técnico, estas tarjetas utilizan memorias NAND TLC o QLC, controladores sencillos y algoritmos de corrección de errores que priorizan la compatibilidad y el coste. Esto explica por qué su rendimiento es más variable que el de un SSD y por qué las cifras publicitadas suelen diferir de las reales. Aun así, para millones de usuarios, la tarjeta SD sigue cumpliendo su función sin problemas, y ese volumen de mercado actúa como freno natural a cambios drásticos.

La presión de formatos alternativos

Mientras las SD evolucionan con cautela, otros formatos han ganado terreno en segmentos concretos. CFexpress, por ejemplo, utiliza PCIe desde su concepción y ofrece velocidades sostenidas que superan con facilidad los 1.000 MB/s. En cámaras profesionales de fotografía y cine digital, esto se traduce en buffers casi instantáneos y grabación de vídeo RAW sin compromisos. No es casualidad que marcas como Canon, Nikon o Sony hayan apostado por CFexpress en sus modelos de gama alta.

La comparación es inevitable y suele dejar en mal lugar a la SD en términos de rendimiento puro. Sin embargo, CFexpress es más caro, más grande en algunas variantes y menos accesible para el usuario medio. Este equilibrio entre prestaciones y coste explica por qué ambos formatos coexisten y por qué la SD sigue teniendo un papel relevante, aunque cada vez más orientado a la gama media y a usos no críticos.

Compatibilidad y legado como arma de doble filo

Uno de los grandes valores de la tarjeta SD es su compatibilidad casi universal. Un usuario puede insertar una SD en una cámara antigua, un portátil, un lector USB o incluso un microcontrolador con un simple adaptador. Esta continuidad ha generado un ecosistema enorme, pero también ha condicionado la velocidad de innovación. Cada nueva revisión del estándar debe convivir con dispositivos antiguos, lo que limita cambios radicales en el diseño físico.

Desde un punto de vista de ingeniería, mantener compatibilidad implica sacrificar eficiencia. Añadir nuevas filas de contactos, como ocurrió con UHS-II, complica el diseño y aumenta costes, y aun así no elimina del todo los cuellos de botella heredados. Esta tensión entre pasado y futuro está en el centro del debate sobre si las SD pueden seguir siendo relevantes a largo plazo sin una ruptura más clara con su legado.

Consumo energético y gestión térmica

Otro aspecto menos visible, pero cada vez más importante, es el consumo energético. A mayores velocidades de transferencia, mayor consumo y generación de calor. En dispositivos compactos como cámaras sin ventilación activa, esto no es un detalle menor. SD Express, al basarse en PCIe, introduce perfiles de consumo similares a los de un SSD, lo que obliga a una gestión térmica más cuidadosa.

En cifras, una tarjeta SD UHS-I puede consumir del orden de 0,3 a 0,5 vatios en escritura, mientras que soluciones basadas en PCIe pueden duplicar o triplicar ese valor bajo carga sostenida. Este factor influye directamente en la autonomía del dispositivo y en la estabilidad durante grabaciones largas, y explica por qué algunos fabricantes prefieren exprimir estándares conocidos antes que adoptar otros más exigentes.

El papel del mercado y de los fabricantes

La evolución de la tarjeta SD no depende solo de la tecnología disponible, sino también de decisiones comerciales. Para muchos fabricantes, incluir una ranura SD es una cuestión de coste y de marketing: el usuario la espera. Introducir un nuevo formato implica educar al mercado, asumir críticas iniciales y encarecer el producto. Mientras la mayoría de compradores no perciba una necesidad clara de mayor velocidad, la presión para cambiar seguirá siendo limitada.

Este fenómeno se observa claramente en la lenta adopción de UHS-II y en la casi inexistente presencia de SD Express. Incluso cuando el estándar está definido y técnicamente probado, sin dispositivos que lo aprovechen, queda relegado a una nota al pie. Un repaso a la propia SD Association y a sus especificaciones oficiales muestra esta brecha entre potencial y realidad (https://www.sdcard.org/developers/sd-express/).

Reflexiones finales

Las tarjetas SD no están “muertas” ni mucho menos, pero sí atraviesan una fase de madurez que roza el estancamiento en determinados usos. Para el usuario medio, siguen siendo prácticas, baratas y suficientes. Para el profesional que trabaja con grandes volúmenes de datos, cada vez resultan más limitantes frente a alternativas más modernas.

El futuro del formato pasa por decisiones claras: o una adopción real de tecnologías como SD Express, con el apoyo decidido de fabricantes de hardware, o una aceptación tácita de que la SD ocupará un papel secundario frente a formatos más rápidos. En cualquier caso, su longevidad demuestra que la compatibilidad y la estandarización siguen siendo valores muy poderosos en la industria tecnológica.

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