Caminar por la ciudad podría convertirse en una forma de producir energía limpia. Las aceras capaces de generar electricidad aprovechan la presión de cada pisada mediante sistemas piezoeléctricos o electromagnéticos para convertir el movimiento en corriente. Aunque cada paso aporta una cantidad modesta de energía, los lugares muy transitados pueden beneficiarse de esta innovación. En este artículo se explica cómo funcionan estas aceras inteligentes, cuáles son sus limitaciones, en qué contextos resultan útiles y qué perspectivas tienen de convertirse en parte de las ciudades sostenibles del futuro.

¿Qué son y cómo funcionan las aceras que generan energía?

El concepto de aceras que producen electricidad, descrito en un reportaje de Wired, se basa en transformar la energía mecánica de la pisada en corriente eléctrica. Existen dos aproximaciones principales: la piezoeléctrica y la electromagnética. En el primer caso, materiales como el cuarzo modifican su estructura cuando son comprimidos y generan pequeñas cargas eléctricas. Si esta compresión y descompresión se repite de forma constante, la energía acumulada se convierte en un flujo eléctrico utilizable. La segunda opción se apoya en mecanismos similares a los de un generador clásico: al pisar el suelo, pequeñas piezas móviles se desplazan, y ese movimiento hace girar bobinas dentro de un campo magnético, induciendo corriente eléctrica.

Ambas tecnologías comparten un objetivo común: recuperar parte de la energía que normalmente se pierde en el acto de caminar. El sistema incluye paneles especiales capaces de soportar tránsito constante, mecanismos internos que convierten la presión en energía eléctrica y dispositivos de almacenamiento o conexión a la red que permiten aprovechar la electricidad obtenida. La idea no es sustituir a las fuentes de generación tradicionales, sino añadir una capa de autosuficiencia y aprovechar espacios urbanos que hasta ahora eran pasivos.

Cuánta energía se produce y cuáles son sus limitaciones

Las expectativas suelen ser altas, pero los cálculos revelan tanto potencial como limitaciones. Según la estimación publicada por Wired, una persona de unos setenta kilos, caminando y comprimiendo la superficie unos dos centímetros por paso, podría producir en condiciones ideales alrededor de 13,7 vatios. Sin embargo, como ningún sistema es perfecto, la eficiencia real baja considerablemente, situándose en torno al 10 %. Esto reduce la producción a poco más de un vatio por persona. Si se piensa en términos colectivos, cien personas caminando de forma continua podrían generar unos 500 vatios, suficientes para iluminar varias zonas de tránsito, aunque insuficientes para alimentar instalaciones más exigentes como sistemas de climatización o señalización digital.

A pesar del entusiasmo que despiertan estas cifras, los obstáculos son considerables. Los materiales piezoeléctricos y los sistemas electromagnéticos incorporan componentes de alto coste. Además, el desgaste constante, la humedad, las variaciones térmicas y la acumulación de suciedad reducen la durabilidad de los pavimentos. Otro aspecto crítico es la irregularidad del flujo energético: cuando hay pocos peatones, la generación cae drásticamente, lo que obliga a contar con respaldo energético externo. Estos factores hacen que la implementación masiva todavía esté en fase de prueba y que la mayoría de los proyectos se concentren en lugares donde la densidad de peatones es especialmente alta.

Aplicaciones reales y posibilidades futuras

Aunque las limitaciones son evidentes, existen experiencias que muestran cómo este tipo de pavimentos puede integrarse en espacios urbanos. Empresas como Global Energy Harvest en Japón han desarrollado suelos piezoeléctricos que capturan la presión de cada paso, mientras que la compañía británica Pavegen ha diseñado módulos con pequeños volantes internos que funcionan como generadores electromagnéticos. En ambos casos se han realizado pruebas en estaciones de tren, aeropuertos, campus universitarios y estadios, con resultados prometedores.

El uso de estas tecnologías no se limita a la producción de electricidad para iluminación. Pueden servir también para alimentar sistemas de señalización, sensores urbanos, cargadores de baja potencia o incluso para reforzar la imagen de una ciudad comprometida con la sostenibilidad. El concepto encaja perfectamente con la idea de “ciudades inteligentes”, en las que la infraestructura no solo cumple una función tradicional sino que también contribuye a la eficiencia energética. En el ámbito español, incluso empresas energéticas como Repsol han mostrado interés en iniciativas de este tipo, planteando hace algunos años la posibilidad de explorar la viabilidad de pavimentos generadores de energía como parte de su estrategia de innovación. Aunque aquel interés no se tradujo en proyectos de gran escala, refleja que la idea ha captado la atención de compañías acostumbradas a liderar la transición energética.

A medida que mejoren los materiales y los costes de fabricación se reduzcan, es posible que los pavimentos generadores de electricidad se conviertan en una solución más atractiva. El reto es lograr que su implementación no dependa únicamente del valor simbólico o de marketing, sino que aporte una utilidad tangible y que se mantenga de forma eficiente en el tiempo.

Viabilidad real y reflexiones críticas

La gran pregunta es si estas aceras podrán ocupar un papel relevante dentro del conjunto de fuentes energéticas urbanas. Desde el punto de vista medioambiental, recuperar energía que de otra manera se perdería tiene sentido, ya que permite reducir mínimamente el uso de combustibles fósiles y complementar la energía solar o eólica en contextos específicos. Sin embargo, los cálculos sugieren que, incluso desplegadas de forma masiva, su contribución a la red eléctrica sería modesta en comparación con otras tecnologías renovables. Su verdadero valor puede residir en el impacto simbólico y educativo, mostrando a los ciudadanos que la energía está en todas partes y que incluso un gesto cotidiano como caminar puede formar parte de la transición energética.

En el plano económico, el coste inicial de instalación y el mantenimiento siguen siendo un obstáculo. Para justificar la inversión, es necesario que los beneficios superen el gasto, algo que todavía está en discusión. La integración con infraestructuras urbanas inteligentes, que combinan pavimentos generadores con sistemas de gestión de energía, sensores y almacenamiento distribuido, puede ser la clave para mejorar la rentabilidad. La aceptación pública también juega un papel fundamental, ya que estos sistemas deben integrarse en el espacio urbano sin afectar la comodidad ni la estética.

En definitiva, aunque hoy en día la generación eléctrica mediante pasos humanos no puede considerarse una alternativa de gran escala, sí representa una innovación que podría enriquecer la oferta energética de las ciudades del futuro. Con avances tecnológicos y reducciones de costes, las aceras energéticas podrían evolucionar de proyectos piloto llamativos a soluciones prácticas integradas en espacios urbanos de alto tránsito.

Conclusión

Las aceras que generan electricidad ofrecen una visión inspiradora de cómo la vida cotidiana puede convertirse en fuente de energía renovable. Su funcionamiento se basa en principios piezoeléctricos y electromagnéticos que transforman el movimiento humano en corriente, aunque con una eficiencia limitada. El interés de empresas y gobiernos en explorar estas tecnologías indica que, pese a sus limitaciones, no se trata de una idea anecdótica. El futuro de estas aceras dependerá de la innovación en materiales, de su capacidad para integrarse en la infraestructura urbana y de su aceptación social. Más allá de su impacto energético directo, su mayor valor quizá resida en recordarnos que cada paso puede contribuir, aunque sea simbólicamente, a un mundo más sostenible.

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