El Monte Everest acumula toneladas de residuos cada temporada, desde envases y bombonas de oxígeno hasta desechos humanos congelados. Para afrontar este reto ambiental y proteger la seguridad de los sherpas, una empresa nepalí ha comenzado a emplear drones de gran capacidad, capaces de transportar basura desde campamentos a más de 6 000 m de altitud. Este artículo explica cómo funcionan estos aparatos, su efectividad, los desafíos que enfrentan y el impacto de esta innovación. Porque incluso en el techo del mundo, toca sacar la basura.

Una montaña atrapada entre residuos y desafíos logísticos

El Everest siempre fue sinónimo de épica, superación y paisajes inalcanzables. Pero en las últimas décadas, junto a las banderas en la cima, ha aparecido otro “trofeo” menos glamuroso: toneladas de basura. Se calcula que cada escalador deja de media unos 8 kg de residuos, lo que convierte la montaña en una especie de vertedero helado, versión Himalaya. Entre envoltorios, bombonas de oxígeno vacías y hasta restos humanos congelados, la limpieza se ha convertido en un desafío titánico. En la temporada pasada se retiraron 24 000 libras de basura, demostrando que la aventura más dura en el Everest ya no es llegar a la cima, sino reciclar a 8 000 metros.

Drones como innovadoras “camionetas voladoras” de recogida

La empresa Airlift Ventures decidió probar suerte con drones DJI FlyCart 30, capaces de cargar hasta 15 kg por vuelo y resistir temperaturas de –20 °C. Un aparato de unos 20 000 USD que, visto lo visto, es la “camioneta de reparto” que siempre necesitó el Himalaya. En su primera misión, lograron evacuar 660 libras de basura solo desde el Campamento 1. Y como los drones no protestan, no piden oxígeno extra ni exigen un bonus de altura, la ecuación parece clara: mejor que un ejército de sherpas cargando plásticos cuesta abajo durante horas.

Eficiencia, seguridad y logística a gran altitud

La gran ventaja es la velocidad. Según Tshering Sherpa, en diez minutos un dron transporta la basura que diez personas moverían en seis horas. Además, evita que los sherpas crucen repetidamente la Cascada de Hielo del Khumbu, una zona tan peligrosa que a menudo parece más una ruleta rusa que un sendero. Y, de paso, los drones también suben equipo, oxígeno o cuerdas a los campamentos altos. Si existiera un servicio de “Glovo Himalaya”, probablemente llevarían pizza a 7 000 m, pero de momento se conforman con los bidones y escaleras.

Limitaciones, futuro y expansión del proyecto

No todo son buenas noticias: la delgada atmósfera cerca de la cima dificulta el vuelo y aún es imposible retirar basura desde las zonas más altas. Tampoco se puede olvidar que los drones necesitan baterías, y recargarlas en un glaciar no es lo mismo que enchufar el móvil en casa. Sin embargo, los resultados han sido muy positivos: en apenas 25 días se transportaron más de 1 259 kg de material. La intención ahora es ampliar la experiencia a montañas como el Manaslu. Quién sabe: quizá en el futuro cada “ochomil” tenga su propio escuadrón de drones-basurero, y los sherpas se dediquen más a guiar y menos a hacer de recolectores de envoltorios.

Conclusión

El uso de drones en el Everest es un ejemplo de cómo la tecnología puede resolver un problema tan humano como tirar basura donde no se debe, incluso cuando se trata del techo del mundo. Estos aparatos alivian el riesgo de los sherpas, aumentan la eficiencia y ayudan a preservar la montaña. El reto ahora es expandir el sistema, adaptarlo a altitudes mayores y, sobre todo, conseguir que los alpinistas recuerden que el Everest no incluye servicio de recogida de residuos puerta a puerta.

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