En los últimos años, investigaciones científicas han demostrado de forma sorprendente que algunos organismos pueden sobrevivir largos periodos congelados y reanudar sus funciones biológicas cuando se descongelan. Este fenómeno ha captado la atención de biólogos, ecólogos y especialistas en criobiología, ya que implica que ciertos seres vivos no solo toleran condiciones extremas, sino que entran en estados metabólicos casi nulos conocidos como cryptobiosis. El 2025 ha traído consigo nuevos informes de organismos microscópicos recuperados de permafrost siberiano que permanecieron inactivos durante miles de años, despertando preguntas sobre la resistencia de la vida y cómo este conocimiento puede influir en múltiples campos científicos desde la biomedicina hasta la astrobiología.

Permafrost y sobrevivencia: ¿qué herramientas emplean los científicos?

El permafrost es un suelo que permanece congelado de forma continua durante largos periodos geológicos, con temperaturas que pueden alcanzar −10 °C o menos y que se extiende por amplias zonas del Ártico y subártico. Este ambiente actúa como una cámara de conservación natural para restos biológicos que se remontan a la última glaciación, cuando la Tierra estaba dominada por climas mucho más fríos. La muestra principal de la investigación más reciente se tomó de una zona siberiana donde el suelo había estado congelado desde el final del Pleistoceno, es decir, aproximadamente desde hace 11 700 años y más allá. En condiciones de permafrost profundo, la ausencia de fluctuaciones térmicas significativas y la inhibición de la actividad microbiana aceleran la preservación de tejidos y células en estados de metabolización mínima, como han explicado en Popular Mechanics.

Los investigadores que trabajan con estos materiales emplean técnicas de descongelación controlada que evitan los choques térmicos bruscos, fundamentales para impedir la ruptura de membranas celulares y la desnaturalización de proteínas. Estas técnicas, similares en concepto a los protocolos de criopreservación en laboratorio, consisten en incrementar la temperatura de las muestras a tasas controladas de, por ejemplo, 0,1 °C por hora, permitiendo que los procesos bioquímicos internos se reactiven gradualmente sin generar estrés osmótico fatal. Además, los medios de cultivo utilizados están enriquecidos con nutrientes seleccionados y factores de crecimiento que estimulan la reactivación metabólica una vez que la célula ha salido del estado de cryptobiosis, tal como señalan investigadores en AAJ English.

El análisis físico-químico de las muestras es crucial para garantizar que las células permanezcan intactas. Por ejemplo, los niveles de radicales libres y especies reactivas de oxígeno se monitorean continuamente durante la descongelación, ya que la exposición abrupta al oxígeno puede inducir daños oxidativos irreversibles en membranas y ADN. Asimismo, los protocolos modernos incluyen el uso de crioprotectores, como glicerol y trehalosa, que estabilizan lípidos y proteínas, minimizando la formación de cristales de hielo intracelulares que podrían perforar la estructura celular.

El producto principal: organismos antiguos reanimados

El hallazgo más destacado de esta línea de investigación en 2025 es la reactivación de bdelloid rotifers—minúsculos organismos multicelulares, apenas visibles a simple vista—que habían permanecido congelados unos 24 000 años en Siberia. Estos rotíferos son extremófilos, organismos extremadamente resistentes que pueden tolerar desecación, congelación y radiación, gracias en parte a un conjunto de proteínas protectoras y mecanismos de reparación de ADN. Los científicos excavaron muestras de permafrost a una profundidad de 3,5 m y, tras un proceso de descongelación controlado, observaron que estos microorganismos no solo volvieron a “vivir”, sino que comenzaron a reproducirse de forma asexual casi inmediatamente. El hecho de que reanudaran funciones biológicas completas, incluidas la locomoción y la reproducción, demuestra que la viabilidad biológica puede mantenerse incluso en condiciones extremadamente hostiles durante periodos geológicos, como detallan en Popular Mechanics.

Este “producto” de la investigación, que bien podría describirse como un organismo vivo recuperado de un estado durmiente de miles de generaciones anteriores, arroja luz sobre la capacidad de la vida para soportar largos periodos de inactividad. Técnicamente, estos rotíferos tenían su metabolismo suprimido hasta niveles indetectables, con tasas de producción de ATP prácticamente nulas, lo que permitía la conservación de estructuras celulares intactas. Al ser inducidos a la actividad biológica, sus sistemas enzimáticos, como la ATP sintasa y las vías de reparación de ADN, reanudaron funciones que habían estado detenidas durante milenios, según información publicada en AAJ English.

Más casos: nematodos y otras formas de vida antiguas

Este descubrimiento no es un caso aislado. En años recientes, investigaciones han mostrado que otros organismos multicelulares, como nematodos (gusanos redondos), han sido reanimados después de permanecer congelados durante ~42 000 años en depósitos de permafrost siberiano. En experimentos, estos nematodos empezaron a moverse y alimentarse tras ser suavemente descongelados y expuestos a condiciones ambientales adecuadas de laboratorio, con temperaturas alrededor de 20 °C y medios nutritivos específicos. El hallazgo de especies como Panagrolaimus kolymaensis, una especie nueva identificada tras análisis genéticos, indica que estos seres son capaces de entrar en estados metabólicos extremadamente bajos y luego recuperarse de forma completa, como reporta el World Economic Forum.

Estas capacidades han sido documentadas en diferentes clases de organismos, desde microorganismos como bacterias y virus gigantes revividos a partir de hielo de hace decenas de miles de años a plantas regeneradas a partir de semillas de más de 30 000 años de antigüedad. En uno de esos casos históricos, científicos rusos lograron que semillas del Pleistoceno, enterradas por ardillas árticas y conservadas en permafrost, germinaran y produjeran plantas completas con flores y semillas viables, lo que sugiere que las reservas genéticas antiguas pueden ser recuperadas y estudiadas con métodos modernos de cultivo in vitro, según informa National Geographic.

Fundamentos técnicos de la criptobiosis

La criptobiosis es un estado metabólico reversible en el que la actividad celular se reduce prácticamente a cero. Durante la criptobiosis, la tasa de síntesis de proteínas puede descender hasta un 0,001 % de los niveles normales, mientras que las funciones enzimáticas de reparación de ADN y antioxidantes se mantienen en un estado latente que evita daños acumulativos. Los organismos que atraviesan la criptobiosis suelen acumular azúcares protectores como la trehalosa, que estabiliza membranas y proteínas, y producen proteínas específicas llamadas LEA (Late Embryogenesis Abundant) que previenen la desnaturalización de componentes celulares críticos. Este fenómeno ha sido observado en tardígrados, rotíferos y nematodos, lo que demuestra que la criptobiosis no es exclusiva de organismos unicelulares, sino que puede existir también en multicelulares pequeños.

Estudios recientes han logrado cuantificar la estabilidad de macromoléculas durante la criptobiosis. Por ejemplo, las membranas celulares de nematodos preservadas en permafrost durante más de 40 000 años mantuvieron una integridad superior al 95 %, y las moléculas de ADN mostraron menos de un 1 % de fragmentación detectable, cifras que subrayan la efectividad de los mecanismos protectores naturales en entornos congelados.

Aplicaciones prácticas y biomedicina

La comprensión de la criptobiosis y los procesos de recuperación metabólica tiene aplicaciones directas en la medicina moderna. Los protocolos de criopreservación para órganos y tejidos podrían optimizarse mediante el uso de crioprotectores similares a los que emplean estos organismos. Por ejemplo, la incorporación de trehalosa y proteínas LEA en soluciones de preservación podría permitir almacenar órganos para trasplante durante semanas en lugar de días. Además, el estudio de organismos antiguos ofrece información sobre cómo reparar ADN dañado, lo que podría ser útil en terapias de regeneración celular y en tratamientos contra enfermedades degenerativas.

En biotecnología, los genes responsables de la tolerancia extrema al frío y desecación pueden transferirse a cultivos celulares para mejorar su resistencia a condiciones adversas, aumentando la viabilidad de productos biológicos y vacunas que requieren almacenamiento prolongado. La investigación también influye en la astrobiología, ofreciendo modelos de supervivencia que podrían aplicarse al diseño de experimentos en Marte o en las lunas heladas de Júpiter y Saturno, donde las condiciones de frío extremo y baja disponibilidad de agua son similares a las del permafrost terrestre.

Implicaciones éticas y de bioseguridad

Aunque la reactivación de organismos antiguos es científicamente fascinante, plantea desafíos éticos y de bioseguridad. La posibilidad de que virus o bacterias antiguos sean revividos requiere protocolos estrictos de contención. Incluso organismos aparentemente inofensivos podrían interactuar de manera impredecible con ecosistemas modernos. Por ello, los laboratorios que manipulan material de permafrost implementan niveles de bioseguridad tipo BSL‑2 o superiores, con controles de acceso y procedimientos para evitar cualquier liberación accidental.

Desde un punto de vista ético, también surge la cuestión de la manipulación de organismos que existieron antes de la civilización humana. La capacidad de alterar o estudiar genomas de hace miles de años plantea debates sobre la preservación del patrimonio biológico y el impacto de introducir formas de vida extintas en la actualidad.

Reflexiones finales

Los descubrimientos recientes reiteran que la vida es extraordinariamente adaptable y que incluso organismos simples pueden permanecer viables durante periodos que superan a la civilización humana. Aunque estos avances no significan que organismos complejos como los mamíferos puedan ser revividos con las técnicas actuales, sí demuestran que los mecanismos moleculares de sobrevivencia en condiciones extremas son más sofisticados de lo que se pensaba. Comprender estos procesos permitirá avances técnicos en medicina, conservación biológica e incluso exploración espacial, siempre teniendo en cuenta las consideraciones éticas y de seguridad que acompañan a la manipulación de formas de vida antiguas.

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