Una nueva generación de empresas tecnológicas está introduciendo un concepto polémico en la medicina reproductiva: la selección de embriones basada en su supuesta inteligencia futura. Utilizando modelos de puntuación poligénica desarrollados a partir de grandes bases de datos genéticos, compañías como Helios Genetics aseguran poder predecir rasgos como el cociente intelectual, la salud mental o la longevidad de los futuros hijos. El proceso se aplica en ciclos de fecundación in vitro y tiene un coste elevado, que puede llegar a los 50.000 dólares por analizar un conjunto amplio de embriones. Esta práctica, que ya genera controversia entre genetistas, bioeticistas y profesionales sanitarios, plantea interrogantes científicos, sociales y éticos de gran calado: ¿es fiable? ¿es justo? ¿dónde están los límites? En este artículo analizamos el estado actual de esta tecnología, sus fundamentos, sus críticas y sus posibles consecuencias para la sociedad.
Selección genética en embriones: ¿en qué consiste esta tecnología?
La propuesta de estas startups se basa en aplicar un tipo de análisis genético conocido como puntuación poligénica. Este método combina la información de múltiples variantes genéticas (a veces miles) para calcular una puntuación que estima la probabilidad de que un individuo desarrolle ciertos rasgos complejos, como una mayor inteligencia, una vida más larga o un menor riesgo de padecer enfermedades como Alzheimer, diabetes o depresión.
En el contexto de la fecundación in vitro, las clínicas extraen células de los embriones creados en laboratorio y envían su material genético para ser secuenciado. A partir de ahí, empresas como Helios Genetics ofrecen a los progenitores la posibilidad de comparar las puntuaciones de cada embrión y elegir aquel con el perfil más “favorable” según el criterio deseado. En el caso más controvertido, ese criterio es el cociente intelectual. Según documentos internos filtrados, el servicio puede alcanzar precios de hasta 50.000 dólares cuando se analizan grandes lotes de embriones —por ejemplo, 50 o 100—, lo que limita su acceso a familias con alto poder adquisitivo.
Este tipo de servicio, aún limitado a algunos países como Estados Unidos donde no existe una regulación estricta, es ilegal en otros muchos como Reino Unido, donde la legislación prohíbe expresamente la selección de embriones por características no médicas. A pesar de ello, estas compañías afirman que su enfoque es ético porque no modifican el genoma, sino que simplemente informan a los padres para que tomen decisiones “mejor fundamentadas”.
Precisión científica: ¿qué puede realmente predecirse?
Uno de los principales puntos de fricción en este debate es la fiabilidad científica de las puntuaciones poligénicas, especialmente cuando se aplican a rasgos tan complejos como la inteligencia. A diferencia de las enfermedades monogénicas —causadas por una mutación específica en un solo gen—, los rasgos como el cociente intelectual dependen de la interacción de miles de genes y, sobre todo, del entorno social, educativo y emocional.
Los expertos en genética advierten que estas puntuaciones ofrecen una probabilidad, no una garantía. Es decir, un embrión con una puntuación teóricamente alta en inteligencia no está predestinado a ser más brillante, ni mucho menos a tener éxito académico o profesional. Además, la mayoría de las bases de datos genéticas utilizadas para entrenar los modelos (como la UK Biobank) proceden de poblaciones europeas, por lo que su capacidad predictiva en personas de otros orígenes étnicos es limitada y potencialmente sesgada.
Tampoco hay consenso sobre cuál es la magnitud del supuesto beneficio. Algunos informes hablan de incrementos medios de 2 a 6 puntos de cociente intelectual entre embriones seleccionados frente a no seleccionados, lo cual está muy lejos de justificar decisiones clínicas o éticas tan relevantes. En resumen, aunque las puntuaciones poligénicas tienen potencial para identificar riesgos médicos significativos, su uso para seleccionar rasgos cognitivos está aún lejos de ser científicamente sólido.
Más allá de la inteligencia: un nuevo mercado genético en expansión
Aunque el enfoque de Helios Genetics ha generado especial polémica por centrarse en la inteligencia, no es la única empresa que opera en este campo. Nucleus Genomics, por ejemplo, ofrece análisis de riesgo poligénico que abordan hasta 900 condiciones diferentes, incluyendo enfermedades hereditarias, propensión al cáncer, enfermedades cardiovasculares, longevidad o incluso altura. El coste del servicio ronda los 6.000 dólares y permite evaluar una veintena de embriones por ciclo de FIV.
Por su parte, Orchid Health ha captado atención mediática por su enfoque de “optimización genética” que combina análisis de embriones con predicción de salud futura y longevidad. Con precios que oscilan entre los 2.000 y 3.000 dólares por embrión, esta empresa ha atraído inversión de fondos tecnológicos de Silicon Valley, lo que refleja un creciente interés empresarial en convertir la reproducción humana en un terreno de innovación genética.
Estas empresas argumentan que su objetivo es “reducir el sufrimiento humano” al permitir evitar enfermedades prevenibles desde la etapa embrionaria. No obstante, cada vez son más los especialistas que advierten de un deslizamiento hacia la selección por preferencias personales —como el color de ojos, la altura o, ahora, la inteligencia— que puede abrir la puerta a una forma de eugenesia del siglo XXI encubierta bajo el disfraz de la libertad reproductiva.
Consideraciones éticas, sociales y legales en juego
El uso de la genética para seleccionar embriones según su potencial intelectual plantea importantes dilemas éticos. El primero es la equidad: si sólo unas pocas familias adineradas pueden pagar estos procedimientos, se corre el riesgo de crear una brecha biológica entre quienes pueden “optimizar” genéticamente a sus hijos y quienes no. Esto podría acentuar aún más las desigualdades sociales existentes, no solo a nivel educativo o económico, sino incluso en términos biológicos.
Otro aspecto delicado es el riesgo de reducir la identidad humana a un conjunto de puntuaciones genéticas. Al seleccionar embriones en función de criterios numéricos como el IQ, se puede caer en una lógica mercantilizadora de la vida humana, donde los futuros hijos pasan a considerarse productos optimizables. Esto plantea preguntas sobre el tipo de sociedad que queremos construir: ¿valoraremos a las personas por su potencial intelectual medido genéticamente? ¿aceptaremos sólo a quienes cumplan con ciertos estándares?
Además, la regulación legal varía ampliamente entre países. Mientras que en la Unión Europea existe un marco bastante restrictivo que impide la selección no médica de embriones, en Estados Unidos las lagunas legislativas han permitido que estas prácticas avancen sin un control ético firme. Esto ha convertido a algunas clínicas en auténticos laboratorios de pruebas de ingeniería genética aplicada al ámbito reproductivo.
Conclusión
El desarrollo de herramientas para analizar genéticamente embriones y estimar su potencial intelectual representa un avance sin precedentes, pero también una amenaza latente. Las puntuaciones poligénicas son, en el mejor de los casos, probabilidades estadísticas basadas en datos aún incompletos, y su aplicación a la inteligencia humana dista mucho de ser precisa o ética. La posibilidad de que este tipo de prácticas se popularicen en ciertos sectores plantea preguntas fundamentales sobre justicia social, privacidad genética, presión parental y los límites del progreso tecnológico.
Como sociedad, necesitamos un debate abierto, informado y global que aborde los retos que implica esta nueva biotecnología. Debemos decidir si queremos permitir que el azar biológico sea reemplazado por la elección dirigida, y qué impacto tendrá eso en nuestras relaciones, nuestros valores y la diversidad humana. En lugar de correr hacia el diseño genético sin frenos, es imprescindible avanzar con prudencia, regulaciones claras y principios éticos sólidos.
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