Una nueva investigación liderada por la Universidad de Texas ha propuesto una técnica innovadora para construir estructuras en Marte utilizando componentes biológicos como bacterias y hongos. Este método no solo evita la costosa logística de transportar materiales desde la Tierra, sino que plantea una solución sostenible y regenerativa para el hábitat humano en el planeta rojo. El enfoque combina biotecnología, ingeniería de materiales y diseño arquitectónico, y se apoya en microorganismos capaces de producir polímeros y cementos biológicos a partir de recursos in situ, como el regolito marciano. En este artículo, analizamos el funcionamiento de esta tecnología, sus retos y ventajas, y el impacto que podría tener en futuras misiones tripuladas.
Bioarquitectura marciana: cómo transformar hongos y bacterias en ladrillos
La idea central del estudio parte de la utilización de micelio de hongo y bacterias como componentes activos en la creación de un material constructivo híbrido, conocido como Biolith™. El micelio, que es la red de filamentos subterráneos de los hongos, se comporta como una matriz estructural que se puede moldear, endurecer y combinar con otros elementos para formar bloques con capacidad portante.
A este micelio se le añaden bacterias del género Sporosarcina pasteurii, conocidas por su capacidad para inducir la precipitación de carbonato cálcico mediante un proceso llamado biomineralización. Al introducir urea y una fuente de calcio, las bacterias producen cristales que se fijan entre las fibras del micelio, creando un compuesto estructural sorprendentemente robusto. Según los investigadores, los ladrillos así formados pueden alcanzar resistencias a compresión superiores a 6 MPa, lo cual los sitúa en niveles similares al adobe comprimido.
Además, estos biomateriales presentan propiedades térmicas y acústicas adecuadas para el aislamiento en el entorno marciano, que sufre temperaturas de hasta -120 °C por la noche y fuertes ráfagas de radiación. Como ventaja adicional, pueden autorrepararse si se mantienen condiciones mínimas de humedad y nutrientes, gracias a la actividad residual de los organismos vivos encapsulados en el material.
Aprovechar los recursos in situ: estrategia clave en exploración espacial
Una de las mayores dificultades a la hora de establecer presencia humana en Marte es el coste de envío de materiales. Lanzar un solo kilogramo desde la Tierra cuesta entre 10.000 y 50.000 dólares, lo que hace inviable transportar grandes volúmenes de cemento, ladrillos o acero. Por ello, la NASA y otras agencias espaciales apuestan por la estrategia ISRU (In-Situ Resource Utilization), es decir, el uso de materiales disponibles en el lugar de destino.
El regolito marciano, una mezcla de polvo volcánico, basalto fragmentado y óxidos metálicos, se puede utilizar como base mineral para los nuevos biocompuestos. Combinado con nutrientes traídos en pequeñas cantidades o reciclados a partir de desechos humanos, este polvo puede alimentar la producción de micelio y la actividad bacteriana. Se estima que un hábitat básico para cuatro astronautas podría construirse con menos de 2 toneladas de sustrato vivo inicial, siempre que existan condiciones ambientales controladas para cultivar los organismos.
La ventaja del sistema es que es autorreproducible: un pequeño reactor biológico inicial podría generar nuevas unidades de construcción de manera constante, reduciendo la necesidad de suministros desde la Tierra.
Ventajas ecológicas y aplicabilidad terrestre
Aunque este sistema se ha concebido para Marte, su aplicación no se limita al espacio. La producción de cemento Portland es responsable de cerca del 8 % de las emisiones globales de CO₂, lo que ha motivado una búsqueda activa de alternativas menos contaminantes. El Biolith™, al requerir temperaturas de procesado mucho más bajas y producirse mediante procesos biológicos, podría convertirse en un candidato ideal para construir en zonas remotas, desérticas o económicamente desfavorecidas en la Tierra.
Desde un punto de vista técnico, su resistencia todavía está por debajo del hormigón estándar (que supera los 20 MPa en compresión), pero es comparable al adobe reforzado y a otros materiales sostenibles. Además, su capacidad de reciclado y su potencial para la impresión 3D lo hacen atractivo para arquitecturas temporales o modulares.
Retos técnicos y logísticos
A pesar de su potencial, el sistema presenta retos importantes:
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Control ambiental: los microorganismos necesitan condiciones específicas de temperatura, humedad y pH para desarrollarse. En Marte, sería necesario diseñar bioreactores o cúpulas presurizadas para mantener la producción activa.
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Estabilidad a largo plazo: el comportamiento del micelio y los cementos bacterianos bajo ciclos térmicos extremos y radiación cósmica aún no se conoce del todo.
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Contaminación cruzada: introducir organismos vivos en otros planetas puede entrar en conflicto con las políticas de protección planetaria, que buscan evitar la contaminación biológica de entornos extraterrestres.
Aun así, los ensayos preliminares en análogos terrestres (desiertos, cámaras hipobáricas) muestran resultados prometedores. El siguiente paso será construir prototipos a mayor escala y comprobar su rendimiento en ambientes controlados similares a Marte.
Un vistazo al futuro de la construcción extraplanetaria
A medio plazo, la biofabricación de materiales como Biolith™ podría combinarse con otras tecnologías espaciales emergentes: impresoras 3D autónomas, robots de ensamblaje y hábitats inflables. Las agencias espaciales planean realizar misiones tripuladas a Marte en las décadas de 2030 o 2040, por lo que este tipo de desarrollos deben madurar rápidamente.
Además, hay un interés creciente por incorporar materiales vivos (living materials) en arquitectura y diseño. Estos materiales, que responden a estímulos, se reparan a sí mismos y pueden evolucionar con el entorno, podrían marcar una nueva etapa en cómo entendemos el hábitat humano, tanto dentro como fuera del planeta.
Reflexión final
La idea de construir casas con hongos y bacterias puede sonar extraña, pero en realidad representa un cambio de paradigma en la arquitectura y la ciencia de materiales. No se trata solo de buscar alternativas ecológicas, sino de diseñar entornos capaces de coexistir con los sistemas biológicos que los componen. En un planeta como Marte, donde todo escasea, usar lo que ya existe —polvo, energía solar y vida microscópica— podría ser la única forma viable de construir. Y lo que aprendamos allí, podría ayudarnos a edificar de manera más sostenible aquí.
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